«...Febril como la carta de amor de un preso/así estoy yo sin ti»
Cuando Emilio, el capellán, impartió la bendición que daba por concluida la misa recibió un atronador aplauso de los internos del centro. Durante el oficio se mantuvieron en calma, rezaron en silencio y se dieron efusivamente la paz. Uno de ellos leyó con voz clara, nítida, hermosa, una epístola de San Pablo, que conmovió a todos.
Después, el monitor Paco Herrera, que les imparte un taller de musicoterapia, les brindó la oportunidad de cantar. Ante un público formado por los también voluntarios miembros de la Asociación de Allegados de Enfermos Esquizofrénicos y de la Hermandad de los Gitanos, entre otros, Pedro, el primero en coger el micrófono, se arrancó por Sabina. Emocionado él mismo, emocionó con una canción de soledad y amor: «…Absurdo como un belga por soleares/oscuro como un túnel sin tren expreso/febril como la carta de amor de un preso/así estoy yo sin tí». Pedro estaba feliz. Aunque fuera por un día.
«Yo me tomo la medicación, pero otros presos muelen el Tranxilium 50 para fumárselo». José sonríe mientras fabula. Le quedan sólo un par de años de estancia en el centro. «Esto se acaba», dice. Otros, como Jesús, tienen cita con la libertad en 2031. Inducido por la esquizofrenia, mató a dos personas e hirió gravemente a otra en Málaga. Aunque el fiscal no presentó cargos contra su delirio, el tribunal tuvo en cuenta la enfermedad mental a la hora de buscarle destino.
Jesús estaba ayer exultante. La dirección del centro había preparado para los internos una jornada de convivencia con las familias que este andaluz de 46 años calificó como «un día en la calle». Más que nada por el entorno escogido: «Un jardín». No era el único que gustaba y disfrutaba de la naturaleza. Acurrucado en el césped dormía plácidamente un interno mientras otro, con ojos perdidos, daba cabezadas en un banco. El resto, sin hacer concesiones al sueño, disfrutaba de la fiesta junto a los suyos. Si es que habían acudido.
«Mi madre no ha llegado», comentaba entristecido un chico al director de la prisión, Sergio Ruiz. El capellán de la cárcel, Emilio Calderón, presente en la conversación, lamentaba que no todas las familias estén al lado de quienes sufren. Este hombre, párroco de la Iglesia Pío X, en la barriada de las Tres Mil Viviendas de Sevilla, resaltaba la necesidad de que estos internos, vapuleados por la locura, tengan siempre a mano una voz, un recuerdo, una palabra que les reconforte.
Palabra de Dios
A falta de otras más cercanas, él les propuso la de Dios. Les habló del Padre, de su proximidad con los que sufren. Lo hizo durante la misa, oficiada bajo una carpa, que ofreció por los internos antes de que llegara la música, el jamón y la sangría, sin alcohol, por supuesto. «Hay que pedir a Dios que los últimos sean los predilectos», dijo. Tras resaltar que la vida está por encima de la muerte, intercaló en su homilía una reivindicación terrenal: «Habrá que decir a gritos que los enfermos mentales no pueden estar en la cárcel».
En verdad, el psiquiátrico penitenciario es un híbrido a medio camino entre la prisión y el hospital. Tiene celdas enrejadas, pero su función es más terapéutica que represiva. Clara, la subdirectora, puntualiza que los internos no son presos sino pacientes, enfermos que han cometido delitos gravísimos sin ser conscientes de ello. No se busca su reinserción, sino su rehabilitación.
Sergio Ruiz admite la complejidad de conseguir el objetivo. Sobre todo porque, si lo logran, sitúan al interno en un desfiladero moral. «En los momentos de lucidez, cuando no tienen delirios, se enfrentan a la realidad y entonces sufren», explica. La realidad es el pasado, que suele estar salpicado de violencia cometida contra sus próximos. «Cuando uno de los internos es consciente de que ha matado, por ejemplo, a su madre, el dolor que se le viene encima es enorme». En cierta manera la enfermedad les preserva de la desesperación. De hecho, cuando toman conciencia de su situación la idea del suicidio entra en escena.
El centro no tira la toalla y para recuperar a estos internos ha tomado iniciativas tan novedosas como la puesta en marcha de una emisora de radio de la que se ocupan los propios reclusos.
No todos los internos ingresados soportan sangre sobre sus espaldas. Miguel tiene 25 años, una esquizofrenia por consumo de drogas que le llevó a cometer un robo con intimidación, y una madre coraje, Aurora, que ha colocado la lucha por su hijo en la prioridad de su agenda. Joven aún, de mirar sereno, esta mujer es sabia en dolores: «Al principio es caótico, pero a todo se hace una. Ahora lo veo con resignación», dice mientras acaricia con los ojos a su hijo. Miguel lleva desde los 19 años en prisión y aún le quedan 4. Está radiante junto a su madre. No parecen miembros de una familia condenada por la cuna a la marginación. «En esta situación se puede ver mucha gente de todas las clases sociales. Las drogas llevan a ricos y pobres hasta aquí».
Vuelve la «normalidad»
Acaba la fiesta, se despiden con pena los familiares y vuelve la «normalidad» tras los muros del psiquiátrico penitenciario. Hoy, José seguirá con su medicación y, si es cierto lo que cuenta, algunos de sus compañeros machacarán la suya para fumársela. Jesús Ruiz y su equipo mantendrán su lucha para recuperarles. Y Calderón, el cura, volverá a gritar sin que nadie le escuche que la cárcel no es lugar para enfermos mentales. Lo dicho: todo vuelve a la «normalidad».

