Hace casi ocho años un aneurisma de esófago truncó una de las carreras artísticas más fulgurantes de nuestro país. Lejos de vivir desde entonces como «la viuda de Juan Muñoz», la también escultora Cristina Iglesias, siempre discreta, se ha ocupado de su carrera, que no para de cotizar al alza. Ello no impide que se haya implicado de lleno en esta retrospectiva, al igual que ha hecho en toda la itinerancia. En este caso, ha trabajado codo con codo con Lynne Cooke, comisaria de la muestra en el Reina Sofía y gran conocedora de la obra de Juan Muñoz, con quien trabajó en la Dia Art Foundation. «Fue una llave para Juan en su carrera -dice Cristina Iglesias-. Gracias a su trabajo pudo llevar el lenguaje de la escultura a unos límites que hasta entonces no había logrado».
Le pedimos a Cristina que nos hable de Juan como artista. «Era exigente consigo mismo y perfeccionista a su manera. Pero no buscaba la perfección siguiendo las normas. Todo lo contrario. Era alguien contestatario, en el mejor sentido de la palabra, como se debe ser; era también progresista en el lenguaje de la escultura, del arte. Intentaba siempre crecer y construir. Siempre se estaba reinventando. Si no, se aburría...» Se habla mucho de su actitud subversiva, combativa, en permanente rebeldía. ¿Lo fue tanto en su vida como en su trabajo? «Sí, y se le echa de menos porque era de aquellos que se atrevían a decir las cosas, y las decía bien; era inteligente, dialogante y sincero».
Sus amigos le recuerdan divertido, seductor, aventurero, intuitivo, brillante... ¿Y la mujer que mejor le conoció? ¿Cómo lo recuerda? «Era de verdad así. Por eso se le echa de menos. Y no sólo en cuanto a lo que construyó en su trabajo, sino también como voz dentro de nuestra sociedad. Siempre se levantaba por todo aquello que defendía a muerte: sentirse libre y poder hablar». Fruto de ese matrimonio nacieron dos hijos: Lucía, que está estudiando Cine y Comunicación en Londres, y Diego, al que le tira la arquitectura, pero aún es pequeño, dice su madre.
Regreso a Madrid
Juan Muñoz regresa a su ciudad natal. ¿Cómo era su relación con Madrid? «Era estrecha y conflictiva a la vez. Como ocurre con la familia. Pertenecía a ese lugar, aunque se desarrolló más fuera en tiempos en que esto era más cerrado. Pero siempre estuvo aquí y esta vuelta es especialmente emocionante porque era madrileño. Aquí no es tan conocido. Estaría emocionado de poder hacer esta exposición en este museo en un momento en que están Manolo Borja y Lynne Cooke y con un proyecto en el que estoy segura que él creería y apoyaría».
Su obra maestra, aquella en la que se dejó, literalmente, la vida -la parió poco antes de morir para la Sala de Turbinas de la Tate Modern-, «Double Bind», no pudo verse en Bilbao ni tampoco se verá ahora en Madrid, pese a los intentos de Juan Ignacio Vidarte y Manuel Borja-Villel. Se pensó incluso instalarla en la estación de Atocha, pero la idea quedó descartada. «Es una instalación maravillosamente compleja y cara de montar. Quizá algún día encuentre su lugar definitivo aquí. Sería fantástico».
La escritura era una de las grandes pasiones, junto al dibujo, de Juan Muñoz. De ahí lo emocionante de que se publique una selección de sus escritos. «En momentos determinados lo necesitaba para pensar de verdad -comenta Cristina Iglesias-. Este libro va a ser importante porque se reúnen por vez primera sus escritos. Es una selección que edita Adrian Searle, gran amigo de Juan. Es una visión muy cercana de alquien que le entendía muy bien, pero podría haber otras». El escultor madrileño era también un lector empedernido: Borges, Conrad... «Tenía el don de la oportunidad; en un momento dado utilizaba algo que estaba en el aire. Tenía mucha desfachatez con todas las herramientas que tenía a su alrededor». Y es que Juan Muñoz era una esponja; lo absorbía todo y a todos: a Velázquez, Giotto, Degas, Giacometti, Borromini... «Se empapaba de todo ello, pero tenía la capacidad de hacerlo suyo. Lo hizo con su obra. Supo articular algo que estaba en el ambiente: la escultura tenía que dar un paso hacia adelante».