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Jueves, 16-04-09
VEREMOS si realmente Barack Obama está estrenando tantas cosas como se dice, pero ya podemos negar que su perro Bo sea el primer chucho mediático. Pero si es que el perro de Barbara Bush llegó incluso a escribir unos libros de memorias. Y para qué hablar de esa alocada jauría en miniatura que mordisquea los talones de Isabel II por los pasillos del palacio de Buckingham. A la que nos descuidemos, Obama habrá sido el primero en combatir la piratería, visitar Bagdad y tener perro. Lo que verdaderamente importaría es que fuera el primero en atajar una recesión global lo antes posible. Bueno, con el perrito Bo podrá comprobar, como todos los grandes, que hay animales con más sentido de la lealtad que los colegas de partido. Rondaba por La Moncloa un gato llamado Manolo, pero los gatos son infieles por naturaleza. A Rodríguez Zapatero quizá le hará falta un san bernardo.
Alguien -Miguel Maura, tal vez- ha contado que Pablo Iglesias llamaba Maura a su perro, por Don Antonio. Siendo primera dama de los Estados Unidos, su spaniel Millie dictó a Barbara Bush un manual sobre los secretos de la Casa Blanca. Para entonces Obama estaba haciendo el bachillerato. En las mejores fotografías de Bush padre se le ve abriendo la puerta-cristalera para que Millie salga al jardín de la Casa Blanca. Aquel era un patricio como en un relato ideal de Scott Fitzgerald. Nunca hay que perder los modos, ni cuando cae el muro de Berlín ni cuando Millie quiere hacer un pipí en los rosales. En los Estados Unidos, casi todos los presidentes de nuestro tiempo jugaron con su perro en el césped de la Casa Blanca. Incluso Nixon. Eisenhower paseaba con su Heidi, Clinton corría con Buddy, Ford palmeaba a Liberty en el Despacho Oval, Reagan gozaba con su spaniel y Lyndon Johnson tuvo un par de chuchos. Kennedy se fotografió más con el ponie de sus hijos, Macaroni. Esas fotos están en la web de la Casa Blanca.
Tiziano pintó a Carlos V con perro. El chucho olfatea la majestad del emperador y le mira con ilusión de caza. Al fin y al cabo, se atribuye a Carlos V aquello de hablar alemán con su caballo, inglés con su perro, italiano con las damas, francés para los asuntos humanos y español para con Dios. Para quienes somos más de Yuste que del Escorial, en la presentación del joven Juan de Austria al emperador la posición del perro en el haz de luz de la ventana tiene -a juzgar por el cuadro de Rosales- algo de suprema lealtad y sentido histórico. Visto así, el perro de aguas de Obama tiene más bien aspecto de darle con la patita a la consola de los videojuegos. Pasan los imperios y los perros cambian la carne de gamo por el pienso transgénico.
En toda la pintura victoriana los perros de la reina-emperadora mantienen una posición central. A uno llamado Marco incluso le permitía que se subiera a la mesa del desayuno. De todos modos, el favorito fue un terrier con el nombre de Islay. Desde esta perspectiva, el chucho de Obama es un advenedizo de las antiguas colonias. Tantos reyes aparecen en las pinacotecas con unos lebreles a sus pies que este Bo de la actual Casa Blanca parece cosa de «photoshop».
Felices los humanos con un perro para pasear por las noches aunque haya que recogerle los excrementos con un guante de charcutero de grandes almacenes. Feliz el internauta que cibernavega con perro posado a sus pies. Felices los momentos libres del político todopoderoso que retoza con su perro entre los setos de palacio. Aún da tiempo para recordar la fábula de Samaniego: «¡Oh, qué docto perro viejo!/ Yo venero su sentir/ en esto de no seguir/ del enemigo el consejo».
vpuig@abc.es
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