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El faro verde de Nueva York
Lunes, 13-04-09
El Empire State Building, una de las construcciones más emblemáticas de Nueva York, va camino de convertirse también en su gran faro verde. Los propietarios del rascacielos han decidido limpiarlo y convertirlo en un primor ecológico, con el entusiasta apoyo del Ayuntamiento y de la Iniciativa Global Bill Clinton.
El Empire tiene 77 añazos. Ese es el problema de muchos edificios e infraestructuras de Nueva York: que su juventud hace tiempo que quedó atrás y no hay plan de pensiones. Sólo el enorme carisma de la arquitectura neoyorquina consigue disimular a los ojos del espectador que está contemplando un paisaje urbano catastrófico. Cañerías vetustas y ventanas antediluvianas que no cierran bien en la mitad de los pisos o que incluso hay que abrir de par en par en pleno invierno para huir del sofoco -y del inaudito derroche- de la sistemática calefacción central (como en la Unión Soviética). Luces encendidas toda la noche en las oficinas de la zona conocida como Midtown en Manhattan (si se apagaran se descubriría la insuficiencia del alumbrado público en la calle). En muchos edificios se pierde hasta un 70 por ciento de la energía que se usa. Y la contaminación es lógicamente monstruosa.
Menor consumo
Pero, ¿qué hacer si nadie ha previsto dinero para reparar ni acondicionar nada? Se pueden exigir estándares más sensatos a las construcciones nuevas pero las antiguas son un enorme peso muerto. A no ser que alguien se arremangue como en el Empire State: de algún modo se han conseguido reunir 500 millones de dólares para reducir desde hoy hasta 2010 en un 38 por ciento el consumo energético del edificio.
¿En qué se van a gastar tanto dinero? Pues en lo obvio: en remozar los sistemas eléctricos y de ventilación, en coger por los cuernos el toro de la calefacción y en mejorar el aislamiento térmico de las 6.500 ventanas. Si se tiene en cuenta que se van a ahorrar casi 4 millones y medio de dólares al año en gasto de energía a largo plazo es una buena inversión. Más si el alcalde Michael Bloomberg y el expresidente Bill Clinton ayudan con sus formidables máquinas de recogida de fondos.
Al alcalde Bloomberg particularmente le interesa porque piensa hacer del activismo verde un punto esencial de su campaña a la reelección para un controvertido tercer mandato. Todavía no se le ha ocurrido a nadie llamarle el Chávez neoyorquino pero ya se les ocurrirá. Aunque todo parecido con el excéntrico mandatario venezolano es mera coincidencia.
También el metro
Por ejemplo, Bloomberg es empresario y multimillonario (se paga sus campañas de su propio bolsillo) y no sólo no se avergüenza de ello sino que cree que esto le dota de la mejor perspectiva práctica para resolver los problemas reales de la ciudad. Como el de la contaminación. O el del transporte público: Nueva York tiene una de las redes de metro más impresionantes del mundo, pero también una de las más sucias, degradadas y con más barreras arquitectónicas. El problema es el mismo del Empire, el metro tiene más de cien años y desde entonces no ha parado nunca. Ni ha habido nunca dinero para modernizarlo seriamente.
Entonces al alcalde se le ha ocurrido una idea brillante: gravar con un impuesto la circulación de coches privados en Manhattan de ocho de la mañana a seis de la tarde y destinar ese dinero al metro. Así mata dos pájaros de un tiro: reduce las emisiones y le quita las legañas al transporte público. Este podría incluso pasar a ser gratis para aumentar al apoyo popular a la idea. El Empire verde es sólo el principio.
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