Domingo, 12-04-09
SURGIDO de la alarmante pérdida de confianza hacia su gestión, que en menos de un año ha servido para dilapidar el aval de los ciudadanos, y de la necesidad de Rodríguez Zapatero de escenificar un gesto ante la sociedad, el nuevo Gobierno se ha estrenado envuelto en el mensaje, casi eslogan, de la cohesión de España, y no sólo en su vertiente social, la más explotada por el jefe del Ejecutivo, sino también en la territorial, lo que representa una novedad en el discurso socialista porque, hasta ahora, el PSOE despreciaba toda advertencia que alertara sobre la desarticulación del Estado. El problema del Ejecutivo es ganarse el crédito que no tiene para impulsar realmente una acción política de cohesión, después de cinco años de ejecutar una estrategia fundamentalmente basada en la disgregación del interés nacional, para sustituirlo por una amalgama de intereses y pactos locales a la medida del poder socialista. Desde 2003, cuando Rodríguez Zapatero bendijo con entusiasmo la alianza del socialismo catalán con el separatismo republicano, la apuesta del PSOE ha sido el pacto con los nacionalismos y la implantación de un modelo confederal. Precisamente, la víctima principal de esta decisión ha sido la cohesión nacional: el Gobierno suprimió la construcción de trasvases -ejemplo modélico de solidaridad nacional-, ha atizado la inmersión lingüística en detrimento del castellano, ha disuelto la posibilidad de un modelo común educativo y ha derogado el principio autonómico de organización del Estado con el estatuto catalán.
No basta con hablar de cohesión. Ahora el Gobierno tiene que decir qué va a hacer para recomponer los instrumentos institucionales y políticos necesarios para que esa cohesión no sea su enésimo espejismo retórico. La crisis económica aprieta cada día más y resulta necesario recuperar un Estado que el socialismo ha colapsado en buena medida, porque la igualdad y la solidaridad sólo son posibles cuando hay instituciones nacionales que puedan hacerlas efectivas. La cohesión es compatible con la organización autonómica, siempre que el Estado autonómico no sea objeto del papanatismo políticamente correcto que se tapa los ojos ante las claras disfunciones que ha causado la hipertrofia autonómica. La cohesión nacional como objetivo reclama la coherencia como método. Es un objetivo que no se puede alcanzar pactando con nacionalistas, sin un proyecto de España bien definido y sin apoyos parlamentarios estables. Para una empresa así, el PSOE debe asumir que el balance de su gestión es contraindicado para tal propósito.
El abrazo a la cohesión llega un poco tarde, pero aún puede dar resultados en beneficio del interés general si Rodríguez Zapatero ofrece al PP -sinceramente y no como táctica de evasión, que es lo que ha hecho hasta ahora- un plan de pactos de Estado por escrito, con contenidos y compromisos, sobre educación, infraestructuras, justicia y economía. Todo lo que no sea retomar el consenso entre los dos grandes partidos, abandonar los acuerdos con nacionalismos extremistas -¿qué cohesión es posible cuando el gobierno socio-nacionalista de Baleares depura la clase médica con la imposición del catalán?- y convenir fórmulas para la recuperación de competencias a favor del Estado será otro más de los juegos malabares del Gobierno socialista para ganar unas semanas de margen ante la opinión pública.

