Superados (o al menos atenuados) los prejuicios sobre su literatura, Corín Tellado ha entrado en las librerías y se codea en los «estantes nobles» con su buen amigo Mario Vargas Llosa y demás tótems contemporáneos. Aunque no necesita redenciones después de seis décadas de éxito.
Corín Tellado: «No concibo mis historias de amor sin lujo»
La escritora, durante la entrevista realizada por ABC. Foto: MIGUEL MORÁN TURINA
Sus libros, en la red
A Corín Tellado no le impresiona que Cabrera Infante la considere el detonante de su vocación literaria, ni que Vargas Llosa elogie abiertamente su fibra narrativa. María del Socorro Tellado, nacida en Viavélez (Asturias) en 1927, publicó sus tres primeras novelas en 1947 y eclosionó en las décadas de los cincuenta y los sesenta. Un éxito sin fisuras plasmado, a día de hoy, en cinco mil títulos, algunos de ellos «colgados» en la tienda virtual de www.corintellado.com, su página web. Se declara —aunque con sordina, pues piensa que la gente no termina de creerlo— capaz de armar un argumento en cinco minutos, de escribir una novela larga en cinco semanas y una corta en ocho días. Hija de marino y única mujer de cinco hermanos, rompió las pautas tradicionales de su época y se separó a los cuatro años de casarse. Hoy vive en el centro de Gijón, cerca de sus dos hijos y sus seis nietos y echa un pulso diario a los achaques. Continúa trabajando a espaldas de los denuestos de intelectuales de muchos humos y pocos lectores porque hace tiempo que dejó atrás el tabaco (cinco paquetes diarios) y las frustraciones.
Actualizado Sábado, 11-04-09 a las 14:01
Ímpetu, aspereza, ternura. Mar de fondo de una vida profunda, feraz. Cinco mil novelas (sí, sí, no hay gazapo en este dato ni negros en la trastienda de este estajanovismo literario) y millones de lectores en todo el mundo. Pasiones de mujeres («bellísimas, incitantes, de senos túrgidos») que rompen en los abruptos acantilados de la seducción masculina y cobran forma en su singular cóctel literario, basado en algunos de los ingredientes eternos de la naturaleza humana. «Al fin y al cabo, el mundo cambia pero los sentimientos no», dice en el salón de su casa de Gijón, al borde de un malecón de barquitos de recreo, de un Cantábrico brumoso y en calma.

La diálisis, a la que vive atada tres días a la semana desde hace años, la condiciona, pero no ha logrado someterla. Ahora escribe dictando, pero continúa, infatigable y lúcida, en el filón de los sueños románticos. Así ha llegado a las librerías «Amargos sentimientos», de la editorial Martínez Roca, primer título de una colección para la que Corín se ha comprometido a entregar tres volúmenes más.
Veo que le sobran las energías para acometer esta colección para librerías...
Naturalmente. Ahí tengo listas las galeradas del segundo libro, que se publicará en noviembre. Se titulará «Agencia matrimonial». Y además de estas cuatro novelas apalabradas, tengo en marcha la quinta, muy bonita, distinta a todas las que he hecho hasta ahora...
Cuéntenos...
Es diferente porque la protagonista es una borracha, una alcohólica. La historia indaga en por qué es alcohólica, quién la alcoholiza y quién sostiene ese alcoholismo... Todo un océano de cosas en el que caben los homosexuales y hasta las revistas del corazón. A mí, lo que más me gusta ahora es escribir largo. He escrito muchísimas novelas cortas, pero ya no me satisface eso.
Como buena observadora, se nutre de la realidad y se adapta a los tiempos... En «Amargos sentimientos» uno de los protagonistas recurre a la viagra, sin mucho éxito, por cierto...
Como que a mí no me interesaba que las pastillas tuvieran éxito para el curso de la historia. Ya me lo decía Mario Vargas Llosa, «tú argumentas muy bien». Y es cierto porque mis lectores no se pierden. Yo los encamino, y por ahí marchan ellos. Sin embargo, la novela cobra a veces vida propia. Cuando hice «Amargos sentimientos» yo no tenía ni idea de que existiera el personaje de la hija. Nació por si sola. A semejante golfa no la tenía prevista. Es maravilloso sentarse a dictar y que broten así las cosas...
¿Cómo se escribe dictando?
Surgió a causa de mi enfermedad. Hasta entonces, escribía a máquina, pero después ya no me vi con fuerzas. Fue mi nuera la que me animó... «Corín, que seguro que tú sabes dictar..» y, sí, pude. Pude volver a escribir. Ahora elaboro un esquema previo sobre el que voy anotando lo que no está detallado, y dicto.
A la vista de que sus novelas se desarrollan igual en grandes plantaciones de algodón de Georgia que en mansiones de Malibú... ¿El lujo es un ingrediente imprescindible para una buena historia romántica?
Para mí sí, con toda sinceridad. En una ocasión hice una novela en la que eran todos pobres y miserables, y no se vendió. Cuando preparé para televisión la serie «Ambiciones» ocurrió que marchó muy bien hasta que empezaron a no hacerme caso y a introducir en la trama a un enfermo, a otra que tenía cáncer... No vale. Los amoríos, los intercambios, los enredos sí me gustan. Por eso me ha entretenido mucho, se diga lo que se diga, «Hotel Glam». Y sin embargo no me está gustando nada lo de Miki, Karina... Con lo del baúl de los recuerdos me voy a la cama, qué quieres que te diga.
¿Por qué siempre lejanas latitudes? ¿Conoce en la vida real esos escenarios peliculeros que describe?
Pues unos sí y otros no, ja,ja. Eso nunca ha sido un obstáculo para mí. En Malibú sí he estado, por ejemplo, y si hablo de los palacetes, de cómo se vive allí, de la autopista junto a la playa es porque sé que es así, lo conozco. Pero te diré que ahora tengo en marcha una novela que se desarrolla aquí, en España. En Asturias, además, en un pueblo al que me llevará mi yerno a comer sardinas para conocerlo mejor, aunque ya tengo fotos de todo. ¡Por fin en España! Aunque cuando escribo para la revista cubana «Vanidades», con la que colaboro desde hace cuarenta años, todo es España y los personajes son siempre españoles.
Qué contrasentido ¿Busca transportar al lector a un lugar remoto o trata de evitar que encuentre referencias de lo que usted le cuenta en su entorno inmediato?
Bueno, es verdad que yo me alimento de la vida real, de lo que veo en la calle. Cuántas veces observo la memez y la hipocresía, aquí mismo, al lado, en las calles de Gijón. Cuántas de mis novelas se desarrollan, en el fondo, en esta ciudad. Pero luego lo presento en parajes remotos. Sin embargo lo hago más porque me gusta y me apetece que con una intención de disimulo u ocultación.
¿No son contradictoras con su propia vida, digna y autosuficiente, esas heroínas suyas que jamás pueden evitar sucumbir a las pasiones?
En mi vida no toco, ha habido de todo, y, desde luego, no he sido tan buena como mucha gente cree, he hecho mis pinitos, como todo el mundo. Pero conservo un carisma que no quiero perder de la manera en que lo ha perdido Sara Montiel. No renunciaría a mi dignidad, como tampoco a mi trayectoria como escritora. Si una fórmula funciona, y gusta, no hay que cambiar...
De hecho, aunque usted adapte sus tramas amorosas a la realidad actual, su lenguaje no cambia...
Mi lenguaje es eficaz y se entiende. Corresponde al hecho de adaptar la gramática a un determinado tipo de literatura. Ahora abundan los libros oscuros, esos que no consigues terminar de leer aunque lo intentes. Hay que utilizar palabras en las que los lectores entren, y si son las que ellos usan, pues muchísimo mejor. Con el lenguaje de la calle, la calle te entiende.
Pero admita que nadie habla hoy en la forma en que sus parejas se hablan...
Claro que no... de puertas para fuera. Pero en cuanto apagan la luz... Mírate a ti misma, hija (¿¿¿???). Seguro que en cuanto apagas la luz sueltas las mayores puñetas del mundo. Que esas cosas no se digan abiertamente no quiere decir que el amor no sea eso. Vaya si lo es. Y el amor que no tenga erotismo ni deseo se muere solito.
Tiene dinero en abundancia desde muy joven. ¿Qué importancia le da?
Poca, busco la calidad de vida y he ayudado mucho a mi familia, pero nunca lo derrocho ni llevo una vida como la de mis personajes. Recuerdo cuando iba en tranvía de jovencita y pensaba «si esta gente supiera que gano 28.000 pesetas» en una época en la que un ingeniero ganaba 3.000...
¿Cree que su literatura cambió la realidad de varias generaciones de mujeres españolas?
De algún modo tuve que espabilarlas. Era una época crispada, una España cerrada a todo. Si te echabas un novio y lo dejabas, ya estabas marcada. De repente yo contaba divorcios, fiestas, refinamiento. A José Luis Garci le asombra que yo reflejara esos ambientes en los años cuarenta.
A usted le molesta que la comparen con otras ilustres cultivadoras de la novela rosa como Barbara Cartland...
Bueno, los libros de Barbara Cartland están trabajados. Lo que no me gusta es que los protagonistas se besan en la mano, hacen reverencias... Eso ya está enterrado.
¿Cómo es posible escribir cinco mil novelas? ¿Son fruto de la presión editorial?
Soy muy trabajadora, me he levantado a lo largo de muchos años a las cinco de la mañana, he bregado muchísimo y ahora mismo me pregunto cómo he sido tan burra. No he tenido negros, ni quise ni hubiera podido porque mi estilo es muy peculiar. Nunca he trabajado sometida a la presión editorial. Siempre he ido adelantada con respecto a la fecha en que tenía que entregar las obras. Lo cierto es que ahora mis novelas cortas están en las librerías con el formato de los clásicos. Ya sabes, Lope también escribió mucho.

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