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Publicado Sábado, 11-04-09 a las 13:57
EN 1967 la revista Mundo Nuevo, que se editaba en París, preparaba un número especial dedicado por entero al erotismo en la literatura y me pidió una colaboración. Hacía rato que el estudio del erotismo vino a interrumpir con su metafísica la física de la lectura feliz «con una sola mano» ­como dicen que dijo Jean-Jacques Rousseau, tal vez en sus Rêveries du promeneur solitaire (Ensueños del paseante solitario) o en otras partes más íntimas. Por esas intimidades, creo, el Dr. Johnson lo llamó «un hombre malo». (¿Pensaba en Rousseau cuando Dalí se declaró el Gran Masturbador?) Fue Miriam Gómez, como otras veces, quien me sugirió el tema de Corín Tellado como pornógrafa inocente. En todo caso mi hija mayor, Anita, de doce años, ya era entonces una transgresora. Sus libros, los que leía ella y escribía La Tellado, previa y convenientemente (qué palabra tan larga) bowdlerizados (como lo fue Shakespeare por los puritanos del siglo XVII), llevaban un sello estampado con una calificación «de nuestro asesor moral». La calificación en jeroglíficos, no para egiptólogos sino para moralistas, llevaba un cuadro con las siluetas de un hombre, una mujer y una niña, esta última cruzada por una equis fatal pero ad hoc, que indicaba con precisión que el volumen era sólo «Para personas formadas». ¿Era mi hija una persona deformada? No lo sé. En todo caso declaraba yo que su lectora de Londres quizá fuera, como la novelista, una naïve: «Una primitiva por sofisticar». Es decir, así era mi hija. Ya yo especificaba que las lectoras de Corín «tienen esa inocencia o fracasan en su lectura». Mi hija era una lectora inocente.
Para probarlo entrevisté a Anita para una addenda a la que nadie hizo mucho caso. Se advertía que era una entrevista con una lectora típica de Corín Tellado, con interpolaciones de mi hija menor, Carolita, de ocho años, a quien el entrevistador (es decir, yo) calificaba de intrusa. Aquí va un fragmento de dicha entrevista.
Anita (con un librito en la mano): Ésta se llama El amor llegó más tarde. La mujer bebida con champán no sabe lo que le ocurrió. Perdió el conocimiento (s ic) de las cosas y de pronto va a tener un hijo sin saber cómo, pues no tuvo intimidad (sic) con ningún hombre.
Carolita: ¿De dónde proviene (sic) el hijo?
Anita: ¡Caramba, niña, no hagas preguntas tan directas!
GCI: ¿Y ésta?
Anita (tomando el libro): Ah, ésta es El destino manda, de una viuda cuyo matrimonio no se consumó.
Carolita: ¿Qué cosa es un matrimonio que no se consumó?
Anita: ¡Niña! ¡Está bueno ya! (Componiéndose.) El matrimonio no se consumó y esta muchacha luego se casa con el hermano del marido de ella y su amiga estaba enamorada de su esposo y su esposo la plantó para casarse con ella.
GCI (aparte): Es posible que el lector no entienda el argumento. Pero se trata de comprender, no de entender. No muy diferente cosa son las comedias de enredos, el vodevil y aun el Shakespeare de La comedia de los errores.
Anita: Esta muchacha, llamada Sibila Conti, vivía con una tía modista... Entonces se fue para una pensión para señoritas y luego se fue de señorita de compañía con una señora rica. Entonces un día la señora rica va a un balneario y ella conoce allí a un hombre...
GCI: ¿Quién es ella?
Anita: Sibila Conti. Ella ya estaba prometida a un hombre, un señor que se llamaba Roberto Mendizábal. Entonces esta muchacha conoce a un hombre que se llamaba Ray Morgan...
Carolita: Es inglés.
Anita: ...en el balneario. Entonces ese hombre ella lo conoce y él la besa en el balneario sin más explicaciones ni nada. Siempre se besan así, forzados o algo así...
Carolita: ¡Qué frescura!
Anita: Entonces ella se enamora de ese hombre, Sibila Conti, y va y se casa con el que ya era su novio porque no sabía siquiera si este otro hombre la quería o no y, además, ya estaba comprometida desde antes. Carolita (no muy interesada en esta literatura ­todavía): Empieza por una carta. (Hojeando el librito.) Empieza siempre por una carta.
Anita: Cuando empieza por una carta terminan por una carta. ¡DAME! (Le arrebata el libro.) Esta muchacha se casa con ese hombre y entonces el marido lee el diario...
GCI (facético): ¿El periódico?
Anita: ¡No! El diario de ella, que ella escribió...
Carolita: Siempre escriben un diario.
Anita: ¡No te metas! El marido se da cuenta de que el diario es un grito de amor (sic) y se da cuenta de que el diario ella lo escribió sumida (sic) en su propia inconsciencia (sic) y no se da cuenta de que está enamorada, pero su marido sí. Entonces este señor, el marido de ella, no la hace su mujer...
Carolita: ¿Y cómo tú lo sabes?
Anita: ¡Cállate ya! ¡Vete de aquí!... Entonces da la casualidad que ella va a parar de secretaria del dramaturgo (sic) Ray Morgan...
Carolita: El inglés.
Anita: Está bueno, te va a pesar. (Retomando el hilo de la madeja): Entonces empiezan a traer cartas de una amiga que es la que nombramos antes (?) llamada Begoña. Las cartas son de un desconocido pero están firmadas por su amiga y esta amiga ya murió.
GCI: Perdóname, pero son tremendamente complicadas.
Carolita: Oh, sí.
Anita (mirando a Carolita pero sin decirle nada): Cantidad. Pero lo bueno es que son todas iguales y cuando una ha leído una, con solamente leer el título y la primera página ya se sabe lo que va a pasar.
Carolita: La primera página y la última página, que siempre te tengo que buscar quiénes son los principales.
GCI: ¿Por qué las lees entonces?
Anita: Porque me divierten. ¿No son todos esos libros de novelas de crimen iguales, que en todas pasa lo mismo y tú las lees?
GCI: Tienes razón.
Anita: Bueno, entonces esta mujer comienza a tener miedo...
Carolita: Como yo.
Anita: Que se vaya, papi, que se vaya o no sigo contando.
GCI: Carolita...
(Carolita, ante la mirada doble, hace mutis y Anita sigue contando con algún triunfo en su voz. Todas las marcas y señales y esos sics pedantes no son para envanecerse el padre del vocabulario de la hija, sino para mostrar al lector cómo la prosa de Corín Tellado ha calado en el pensamiento de su joven lectora.)
(Después entra Mario Vargas Llosa sonriendo.)
Vargas Llosa hizo en 1980 o 1982 una entrevista a Corín Tellado para un programa de televisión que tenía en Lima, Perú. La entrevista, que nunca vi, tomaba a Corín como la tomé yo: como La Tellado, novelista aunque, manes de la televisión, no era un ensayo sino una suerte de exégesis verbal. Corín había entrado en la literatura por dos puertas grandes.
Un día, otro día, Juan Cueto, que conocía a Corín mejor que conocía Gijón, aprovechó mi paso por esta ciudad para ser mi guía. Buscaba yo los orígenes de Antonio Ortega, gijonés que en La Habana había sido mi mentor y era un escritor considerable en Cuba pero desconocido en España ­al revés de lo que ocurría con Corín. Cuando Cueto me propuso visitarla, acepté de muy buena gana.
Con Cueto de Virgilio llamamos a la puerta del paraíso (con perros) de Corín. Siempre he respetado al perro ajeno. Cuando más mansos parecen más muerden de pronto. Se apareció entonces un edecán que amansó (aparentemente) a los perros y abrió la verja. Pasamos. Dentro estaba Corín Tellado en persona. Era una mujer de edad media (pero no, ya yo sabía, de la Edad Media), de buen ver, morena de pelo negro y muy segura de sí misma dentro de esa inseguridad que siempre ataca y define a los escritores de raza. Después de los saludos de rigor, Corín, no del todo feliz, nos brindó a Cueto y a mí (pero no a su edecán, que para entonces había dejado la escena) café. Ella, creo, encendió un cigarrillo ­o también no encendió un cigarrillo. Calmada por la presencia de otra mujer, Miriam Gómez, comenzó a conversar con nosotros con cierta agresividad incierta. Con Cueto fue aún más escueta, aunque se veía que si no eran amigos se conocían mucho.
Como sucede a menudo con los escritores, hablamos ­pero no de literatura. Lo que recuerdo vivamente es que Corín (a quien podía llamarla Corín para entonces) estaba molesta no por nuestra visita (o tal vez fuera por nuestra visita) sino porque no la reconocían como escritora, no en el mundo de las letras sino en ¡Oviedo! Era evidente que en esta ciudad vecina y por tanto, rival­ de Gijón la ninguneaban abiertamente ­o cerradamente. No había amargura pero sí enojo porque en Oviedo la reducían a Gijón, ciudad que amaba como sólo la aman los gijonenses. ¿Se dice así? (En Barcelona había una excelente cafetería, donde hacían la mejor horchata del mundo, que se llamaba La Gijonenca.) En todo caso Corín mostraba el mismo aprecio con que Faulkner exaltaba Oxford ­no la ciudad universitaria de Inglaterra, sino su homónima del Estado de Mississippi. No se lo dije pero, peor, lo pensé. Nos despedimos: Juan Cueto con su ebullición de siempre, riéndose a carcajadas (Cueto es, con Savater, un filósofo que se ríe a quijada batiente), Miriam Gómez con solidaridad con Corín. (Después de todo ella casi me la había descubierto de nuevo, un poco como Américo Vespucio descubrió América.) Yo le di la mano y me fui tan cortado como soy siempre: siempre que conozco a un escritor y lo reconozco como un rival. Corín Tellado era mi rival en la escritura sobre mujeres amantes.
Pasó el tiempo ­y pasó, como dice Martí, un águila sobre el mar. En este caso el mar del Norte. Años después, al organizar un curso en la Universidad de verano de La Pelayo (como la llamaría Manuel Puig) en El Escorial, invité a Delia Fiallo, vieja amiga y ahora reina de la novela por televisión (llamada despectiva o cariñosamente el culebrón) y, entre otros disertantes, par inter pares, a Corín Tellado. Corín no podía asistir más que un determinado día del curso y a una hora precisa. No por exigencias de su oficio eterno, sino por una ocurrencia extraordinaria. (Todas las enfermedades son accidentes, como dicen los franceses, de parcours del recorrido de la vida.) Corín se sometía entonces a una diálisis rigurosa y sólo tendría para el curso y para mí un jueves a una hora precisa de la tarde. Despertaba curiosidad Delia (una mujer bella, a la que recuerdo en su Habana natal con sus gafas gordas por su miopía, con la belleza perturbadora de Miriam, no Gómez, sino la miope erotizante y peligrosa de Extraños en un tren), porque su telenovela Cristal era un furor en España, entonces casi no tengo que mencionarla. Pero cuando Corín llegó a mediados del curso la esperaba un público femenino ávido, entre curioso y devoto ­casi como yo en aquella tarde en Gijón. El público para ver y oír a la mujer que inventó el amor ­en las novelitas románticas.
Ésta de ahora era una mujer segura, con la seguridad que da el reconocimiento y la agresividad feminista sin serlo ella. (Era una francotiradora femenina.) Corín, como todos en el panel, se veía mayor ­y vehemente. Habló con la maestría que casi era una maestranza y no salió en hombros, pero sí por la puerta grande como una maestra. Inclusive cambió palabras incisivas con los asistentes disidentes que se atrevían a cuestionar ese arte que, como prologaba la Novela del Aire en la radio cubana (en Cuba se dice el radio pero me gusta la radio por femenina) cada día, cada noche, cada entrega: «La emoción y el romance en cada capítulo». Como quien dice, en cada novela de Corín Tellado ­y de sus epígonas. (¿Se puede decir así?)
Pero María del Socorro Tellado López, como Corín Tellado, toda una autoridad, respondió, cuando una entrevistadora le preguntó quién la había celebrado mejor ­¿yo o Mario Vargas Llosa?­, así: ­Vargas Llosa es mejor parecido.
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