
ABC «La Anunciación», de Fra Angelico (Museo de la Basilica de Santa Marie delle Grazie)
Jueves, 09-04-09
JUAN VICENTE BOO
CORRESPONSAL
ROMA. Si Cimabue y Giotto hubiesen podido subir ayer en Roma a los Museos Capitolinos habrían aplaudido con entusiasmo el genio de Fra Angelico, que desborda sereno pero arrollador en la exposición retrospectiva «El alba del Renacimiento». El ambiente de paz, característico de los cuadros de Fray Juan de Fiésole, envuelve al espectador sin necesidad del ligero fondo sonoro de música sacra que en realidad distrae al visitante.
La ciudad de Roma, que ha suprimido todos los acontecimientos públicos en señal de duelo por las víctimas del terremoto del Abruzzo, decidió en cambio inaugurar esta exposición precisamente como homenaje. En este marco agridulce se entiende mejor una frase escrita por Vasari: «Dicen que Fra Juan nunca tomaba el pincel si antes no había rezado. Nunca pintó un Crucifijo que no hubiese bañado con sus lagrimas».
Museos de medio mundo han contribuido a la retrospectiva organizada con motivo del 550 aniversario de la muerte del artista, precisamente en esta ciudad donde permanece enterrado en la iglesia de Santa María sopra Minerva, a pocos pasos del Panteón, donde reposa Rafael, y no demasiado lejos de la Basílica de Santa María Mayor que conserva la tumba de Bernini, cuya obra pictórica, menos conocida que la escultórica, es también genial.
El título de la exposición, «El alba del Renacimiento», subraya esa tarea de precursor de un fraile dominicano que era un gran humanista y a la vez un santo, hasta el punto de que los italianos empezaron a llamarle «Beato Angelico» poco después de su muerte en 1455 sin esperar a la beatificación formal, que llegaría sólo cuatro siglos más tarde, en 1982, con Juan Pablo II, el Papa que había sido poeta y actor. Quien haya visto «La Anunciación» del Museo del Prado conoce su dominio de la profundidad y la perspectiva, así como sus dotes para crear atmósferas serenas en las que el recogimiento de los personajes pasa de un modo misterioso al espectador. Aunque a Masaccio se le considera más realista, cabe preguntarse si no lo era también Fra Angelico, pues es posible que los rostros de María de Nazaret, de los apóstoles o de Jesucristo mostrasen la serenidad que Juan de Fiésole plasmó con sus pinceles. La devoción popular de los romanos por un pintor que se llamaba Guido di Pietro da Mugello, antes de tomar el nombre de Juan de Fiésole en la orden de los dominicos, sigue muy viva. En su tumba se encuentran casi cada día flores frescas y notas dejadas por estudiantes de Bellas Artes que viven una comunión con el pintor como si estuviese vivo.
Frescos en el Vaticano
Fra Angelico realizó la mayor parte de su obra en Fiésole, donde fue incluso prior, y en Florencia, pero los Papas le llamaron también a Roma para decorar con frescos algunas de las salas y capillas del Vaticano. Aunque un total de 59 obras no llamaría la atención en una retrospectiva de otro pintor, el número resulta impresionante si se tiene en cuenta que han pasado cinco siglos y medio desde la muerte de Fran Angelico. Y que buena parte de sus obras eran frescos, entre los que destacan docenas y docenas en el convento de San Marcos de Florencia, realizados con la ayuda de otros frailes contagiados por el genio del pintor.

