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Actualizado Martes, 07-04-09 a las 15:10
Como un gorrioncillo ha dicho adiós. Con un leve temblor y un último aleteo de sus alas. Ha dejado de volar, ha dejado de cantar de rama en rama, ha callado su discreto gorjeo, y duerme ya el trino de Mari Trini, la voz que tantas veces nos hizo compañía, tantas décadas disco a disco a nuestro lado, canción a canción, en las que como en un hombro amigo apoyamos nuestras penas, ahora que ya no volverán a asomar a su pico aquellos versos, aquellos poemas que escribió “huyendo de la soledad, cuando la vida se apaga y las manos tiemblan ya...”.

Sesenta y un años que hoy parece que se nos han ido en un suspiro, más de cuatro décadas de música, sesenta y un años que estuvo con nosotros María Trinidad Pérez de Miravete, aunque nosotros siempre preferimos llamarla Mari Trini, siempre ahí, a pesar de que tantas veces nada sabíamos de ella, de esa música que siempre tuvo el don de meterse entre los pliegues de nuestras idas y venidas por la vida.

Ayer, en un hospital de su tierra murciana, el ave carroñera de la muerte cobijó a Mari Trini bajo sus plumas podridas. El mismo pajarraco de mal agüero que ya la acorraló con siete años, que la dejó otros siete recluida en el nido de su cama, que la puso en el trance de la extremaunción. Pero en esa cama anidó su música, se hicieron imprescindibles los versos de su querido y admirado Neruda, y en ese lecho también aprendió que el mejor medio de viajar es la mente, y fue entonces cuando empezó a escribir esos poemas huyendo de la soledad, y preguntándose “quién a los 15 años no dejó su cuerpo abrazar” y se puso a levantar su casa de “lluvia, amor y fuego”.

Sus comienzosY en cuanto pudo, principios, muy principios de los sesenta, dejó atrás, ligera, ligerísima de equipaje, un hogar dividido y unos padres separados, y para Madrid que se fue siendo una adolescente, con la guitarra al hombro, un vestido negro y unas camperas. La misma adolescente (luego ella contaría que tuvo que hacer un viejo truco con unos algodones bajo la ropa interior) menuda y delgadita que hechizó a Nicholas Ray, que vio en ella a una rebelde con unas cuantas causas, y que se la llevó a Londres, a aquel Londres de los sesenta, cantante y sonante, para que Mari Trini aprendiera y se curtiera.

Y dicho y hecho: aprendió y se curtió al lado de Peter Ustinov, de Polanski, de Paul McCartney y hasta de la Dietricht. Amistades de las que se aprende a vivir y se aprende a cantar y contar. Y luego París, claro. El París de Gilbert Becaud y de Jacques Brel (“Ne me quittes pas”, por supuesto), el París de Adamo y Silvie Vartan, aquel París en el que la Piaf acababa de decir adiós a la vida en rosa, la Piaf, a la que nadie entre nosotros la cantó nunca como Mari Trini, nunca el francés y aquel “Non je ne regrette rien” nos sonó tan bien, tan rotundo, tan hondo, tan profundo y desgarrado. Y el gorrión aprendió a volar solo, y a volar alto, y cruzó los Pirineos, y Aute y Patxi Andion también le prestaron sus versos, y llegaron sus primeros discos, que ahora más que nunca se antojan inolvidables: Mari Trini (1969), Amores (1970), Escúchame (1971), Ventanas (1973)… repletos de palabras enteras y verdaderas, cuando por aquí hablar y cantar estaba tan mal visto, cuando eran verbos materia de sospecha, cuando una simple palabra bastaba para sanarnos de tanto hastío, de tanta oscuridad.

Su intenso vueloY volaba Mari Trini, y volaban los premios, las giras, los programas de televisión, y tantas canciones que se iban haciendo un hueco en nuestra memoria: “Te amaré, te amo y te querré”, “Un hombre marchó”, “Ayúdala”, “Cuando me acaricias”, “Yo no soy ésa”, “Amores”, aquellos “amores que se vuelven viejos antes de empezar a amar, porque el amor es un niño que hay que enseñar a andar”. Y más álbumes, siempre reinventándose a sí misma, convertida de hecho y por derecho en una de las más personales e intransferibles voces de nuestra canción de autor, cuyas siempre emotiva y emocionadas maneras y versos seguía plasmando en álbumes como El tiempo y yo (1977), Solo para ti (1978) y sobre todo A mi aire (1979) y Una estrella en mi jardín (1982). “No hay naufragios. Solamente hay estrellas. Y a mi se me ha caído una estrella en mi jardín. Las dos cosas. Una noche una estrella cayó en mi jardín y se quedó conmigo. Lo voy a decir cantando. ¿No crees?”, le contó entonces a Adolfo Marsillach.
Nunca la política metió la mano entre sus pentagramas, porque ella siempre prefirió cantarle a la independencia, a la infancia perdida, a las despedidas, a esas cotidianas imprescindibles para seguir caminando por las aceras de la vida y cantándole, sobre todo, al amor, porque, como ella decía, “siempre hay que cantarle al amor y al mar”.
Discreta, ardiente defensora de su intimidad, luchando siempre a brazo partido por cada milímetro de su vida, Mari Trini siguió cantando mientras pasaban a su lado, efímeros, fugaces, los modos y las modas, siguió cantando canción a canción, verso a verso, discos que rellenaron muchos huecos, que por centenares y centenares de miles (diez millones llegó a vender) se fueron apilando en las estanterías de nuestra alma, a cuyas puertas de vez en cuando, discreta, delicada y tiernamente Mari Trini volvía y volvía a llamar. Como un gorrión ha dicho adiós. Ahora, con sus canciones en el pico, de rama en rama por las arboledas del cielo.
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