La cofradía de la Vera-Cruz, casi al completo, a su paso por el Puente Romano en la tarde de ayer. VALERIO MERINO
Martes, 07-04-09
POR LUIS MIRANDA
SALIÓ y pareció como si toda la vida lo hubiese hecho, como si no hubiese pasado ni un solo año desde aquel frío día de diciembre en que llegó al barrio que era es suyo. Salió y puso un punto y aparte en una historia de más de veinte años que se ha escrito con las letras de oro del paso de misterio y con las puntadas que brillaban en su saya. Salió y arrancó un aplauso, y convocó a la voz de las saetas y arrebató en los instantes fugaces antes de que se marchara con tanta elegancia como rapidez siguiendo su camino para que la conocieran por fin en toda la ciudad.
No es que fuera su día, es que era su año. La Semana Santa en que tenía que salir la Virgen de la Estrella. No por haber visto el paso y no por esperarlo sorprendió menos. Se asomó con decisión a la rampa de la calle Joaquín Sama Naharro, dejó ver su bambalina de un hermosísimo color azul y al rato el rostro dolido y hermoso de la Virgen, por vez primera en la Semana Santa. Bajó y un cerrado e intenso aplauso recibió a la Virgen donde tanto la echaban de menos.
«La Estrella Sublime», con el auxilio de las cornetas de la agrupación musical, fue la primera marcha que le ofrendó su banda. La Virgen de la Estrella avanzaba y de las azoteas volaban pétalos y piropos, y había que esperar antes de fijarse en la catedralicias proporciones de su paso de palio, en los varales de plata y en las casi 130 piezas de candelería, porque lo fundamental era rezarle en un Lunes Santo que amenacía para Ella, que apareció resplandeciente con hermoso tocado en un palio que no podía ser más que de barrio.
Las mismas calles que acogieron, otra vez impresionante y majestuoso, el misterio del Señor de la Redención, la recibieron a Ella, que caminaba con «Coronación de la Macarena» y «Pasan los campanilleros» mientras Fernando Morillo-Velarde demostraba que no acusaba la larga inactividad del martillo. En el respiradero frontal, todavía de malla, una vara enlutada recordando a José Luis Sánchez Garrido, el sacerdote que acogió a la hermandad en San Fernando y que falleció el año pasado.
Si el Domingo de Ramos era el día de la iniciación, el Lunes Santo era el de la confirmación de la Semana Santa, casi el del hábito de ver procesiones.
Se abrió en el sol rabioso de la avenida Agrupación Córdoba cuando salió la Merced, mezclando su gusto por ganar metros con su darse al barrio en el que vive. Tronaban las cornetas en homenaje al Señor de la Coronación de Espinas y el sol brillaba con mucha fuerza en el oro del paso, adornado con claveles de color rojo sangre.
La Merced está decididamente prendada del color blanco y hoy ya es raro imaginarla con un manto de otro color. Exquisitas rosas blancas en los laterales y otro tocado apropiado para que una imagen de barrio arranque piropos entre los suyos. A plena luz del día, el barrio rezaba a sus imágenes, pero también buscaba entre las filas de nazarenos, en las cuadrillas y en la banda a los amigos que participaban con la hermandad.
Eran las mismas horas en las que los ríos de nazarenos partían de las iglesias de cuatro puntos de la ciudad.
Dos de ellas buscando el corazón puro de la Semana Santa de Córdoba: la Catedral. La Vera-Cruz volvió a madrugar y cruzó el puente ilusionada. Traía el estreno de la magnífica bambalina frontal de la Virgen del Dulce Nombre, la siguiente página escrita de un palio cada vez mejor. Manuel Solano la bordó según un audaz diseño de José Manuel Martínez, con piezas tan sorprendentes como la área y graciosa crestería.
La tarde era larga, muy larga, y a determinadas horas las candelerías iban pidiendo paso aunque el sol no terminaba de querer marcharse. El Patio de los Naranjos estaba lleno de gente, que disfrutaba tanto del paso de la cofradía como de la tarde incomporable. En el crepúsculo dorado y hermoso la Sentencia salía de la Catedral. Con el Señor llegaba una de las grandes sorpresas del día, porque comparecía con su antigua túnica bordada en oro por primera vez desde 1995.
Si alguna vez había parecido nuevo, el misterio se consagraba como clásico con el oro viejo en la prenda del Señor. Estrenaba el conjunto el nuevo suelo, aunque sólo fuera apreciable desde arriba, y avanzaba con mucha majestad al son pletórico de las cornetas. La Virgen de Gracia y Amparo llevaba en el frontal pequeñas jarras de calas blancas, otra de las sorpresas del día. Deleitó de nuevo la banda de Alcalá de Guadaira, pero cuando la candelería empezó a iluminarla el sino del Lunes Santo había comenzado a cambiar.
Y eso que todavía no se había hecho de noche cuando empezaron a salir los nazarenos negros. Los primeros eran los del Via Crucis. La costumbre de escuchar los tambores evocaba a la música, pero estos eran roncos y duros. Tras la alta cera tiniebla, impresionante como los largos capirotes de los nazarenos, llegaba el Señor, tumbado a hombros de sus hermanos. «Señor, pequé, tened piedad y misericordia de mí», decía la voz ante la cual ya nada podía ser igual.
A las nueve, con las últimas luces, Ánimas se preparaba para salir, deseando que la noche la envolviera cuanto antes para volver a estremecer al lado de su iglesia de San Lorenzo. Sobrecogedor iba el Cristo sobre un monte de paños funerarios, el adorno en el que la cofradía es más fiel a ella misma. Otra vez la calavera coronada, símbolo de la Muerte que reinaba en el mundo antes de la llegada de Cristo. La Virgen, con rosas, aliviaba con su luz la impactante estampa del Señor, mecido por gregoriano y oraciones.
Con la plaza de San Lorenzo en penumbras, las tinieblas se habían hecho del todo con Córdoba. Las cofradías tenían que volver a sus casas y las de barrio lo harían en son de multitudes, pero desde que se hizo la noche y se llenó de oraciones, nada volvería a ser igual.

