Martes, 31-03-09
Estábamos con el tamayazo en la Asamblea de Madrid, en plena comisión de investigación —se dice que un camello es un caballo diseñado por una comisión de investigación—, cuando el inmobilista (con «be») y comunista Machota, perdido en la enmarañada selva de las metáforas, preguntó: «¿El señor Tamayo era Bellido Dolfos, siguiendo el mandato de doña Urraca para asesinar a su hermano el rey Alfonso en los muros de Zamora?» Y el popular Beteta repuso: «¡Sancho, Sancho! Hay que estudiar un poco». Ante lo cual, mirando al tendido, Machota dio su manoletina —el pase bufo por excelencia en los toros, según Dominguín— inmortal: «Me es igual. Pues Sancho. Es que yo no fui a clases de Religión». Lo de Machota, como saltaba a la vista, eran las matemáticas. El regocijante episodio de Machota me ha vuelto a la cabeza con ocasión del comentario del jefe del Nuevo Socialismo, Gómez («yo soy el Gómez de Madrid»), sobre la manifestación contra el aborto en la capital: «¡Vale ya de intentar imponer creencias religiosas!» Para que entendamos el lenguaje del Nuevo Socialismo: si a Largo Caballero, el Viejo Socialismo, le espeluznaba el programa nazi del aborto y la eutanasia era por sus creencias religiosas, que harían del Lenin español una beatona haciendo correr los «dieces», sin ostentación, bajo su mano blanca y pequeña, en un rosario de cuentas de lapislázuli, mientras mueve tenuamente los labios. ¡Oh, Gómez, ogro de la almadraba, donde los atunes tiemblan como fetitos de catorce semanas con sólo oír ese nombre, Gómez! Denle una «rondanjita» de atún y Gómez se postulará como el nuevo Unamuno, el plenipotenciario en el extrarradio madrileño de todos los recalcitrantes de la cultura religiosa del Occidente: los existencialistas dinamarqueses, los calvinistas ginebrinos (para los «gin-tonic», ninguna como la Emegé), los cuáqueros y hugonotes medio jansenistas de Francia... La elocuencia de Gómez tiene esa punta de berbiquí que sólo tiene la elocuencia religiosa. Gómez sabe igual que Chesterton que las creencias religiosas y filosóficas son, en realidad, tan peligrosas como el fuego, y que nada puede quitarles esa belleza del peligro: «Pero hay una sola manera de guardarnos realmente del excesivo peligro que entrañan, y es estar impregnado de filosofía y empapado de religión». Como Gómez, aunque su filosofía sea parda, y su religión, Parla.

