Martes, 31-03-09
Cuando el otoño de 1943 emprendió la escritura de «Rebelión en la granja», el moralista Orwell era cianuro para unos lectores editoriales hipnotizados por el comunismo disfrazado de antifascismo. Encontrar un demócrata convencido era como buscar una aguja en un pajar. Cuando Orwell convirtió a Stalin en el cerdo Napoleón resonaba la sentencia preclara de otra «aguafiestas», Simone Weil: «No hay dos naciones con una estructura más parecida que Alemania y Rusia: se amenazan con una cruzada internacional y fingen, cada una, tener a la otra por la Bestia del Apocalipsis».
La frase con que T. S. Eliot justifica la negativa a publicar «Rebelión en la granja» refleja la resignación occidental ante el estalinismo rampante: la misma que había permitido a Hitler rapiñar media Europa. La obra de Orwell, aducía Eliot, «va contra la corriente del momento». Para el editor Víctor Gollancz, «Rebelión en la granja» era demasiado hostil con el comunismo y Jonathan Cape, «aconsejado» por un amigo del Ministerio de Información (desenmascarado luego como espía soviético), también dio calabazas al libro: la fábula era demasiado explícita con una URSS aliada contra Hitler. Cape coincide sospechosamente con Eliot. La corriente del momento: «No hay duda de que la elección de los cerdos como la casta gobernante molestará a muchos, y particularmente a cualquiera que sea un poco susceptible, como sin duda son los rusos». Tras anotar en el margen de la carta «tus cojones», Orwell lamentó en una reseña del «Observer» la sumisión del escritor a la arbitrariedad editorial.
Incómodo para la democracia liberal por su socialismo, para el comunismo por su libertarismo y para los anarquistas por su aristocratismo, el ejemplar Orwell no encajaba en un repertorio zoológico con jerarquía porcina. Desde 1938, cuando escribió «Homenaje a Cataluña», la fábula orwelliana se hizo cínica realidad. Una década después, el cerdo Stalin hozaba en la piara de las «democracias populares» y las hormigas se adaptaban a un statu quo tan inmoral como práctico: «Cuando se considera su osadía, su fecundidad, su capacidad de vivir en cualquier clima y alimentarse de casi cualquier cosa y, sobre todo, su incuestionable lealtad a su propia especie, se acaba pensando que es preferible que las hormigas no sean más grandes...», ironizará Orwell. En 1948, el cerdo pasó de la granja a las pantallas del «Big Brother» en «1984». Y el hormigueo conservador eliotiano mereció el Nobel de aquel mismo año. Nunca la zoología fue más elocuente.

