
Sábado, 28-03-09
Si pudiera escoger un mundo elegiría el del juego de cuando era pequeña. Cuando sólo existía el presente. Ese mundo permitía soñar a ser personas y seres, con la imaginación viajábamos, nos vestíamos, hablábamos y nos movíamos. La palabra no tenía tabús ni esquinas ni dobleces, surgía de forma espontanea, opinábamos de todo y de todos. Nos servía para soltar lo que adentro se agitaba. Nos las ingeniábamos para que un objeto se convirtiera en muchas cosas, en ese momento y en ese lugar...
No había límites, aunque sí ciertas reglas, como en todos los juegos. Se trataba de creer lo que estaba pasando, tanto para los que escuchaban como para los que servían el juego. Porque el juego era compartido por todos los que lo formábamos. Sin darnos cuenta buscábamos la manera de entendernos, de ayudarnos y de avanzar. Así, alimentábamos el alma. Aprendiendo a vivir en grupo, buscando la comunicación y el acercamiento con el otro, dejándonos sorprender por las emociones y las ideas propias y por las de los demás. No siempre resultaba fácil, surgían asperezas o desencuentros, y entonces, buscábamos la manera de reencontrarnos para poder seguir jugando.
Con el tiempo, me he dado cuenta de que existe ese lugar de juego que tanto me enseñó. Que hay un sitio donde se puede soñar y que no se debe de comparar con nada. Que el disfrute no está reñido con el aprendizaje. Sólo se necesita buscarlo. No está lejos y sus reglas son accesibles. Que mejora la calidad de vida. Sigo pensando que es necesario y que hay que permitirse esos momentos...
El teatro es ese juego de cuando éramos niños, celebremos que esté vivo, animemos ese juego y permitámonos jugar en él.
Directora

