Domingo, 22-03-09
LA primavera ha pintado el campo de un verde glorioso, pero la belleza del cuadro esconde sombras de un drama social en ciernes. En las comarcas olivareras de Andalucía se oye el runrún de los tractores que están a punto de salir a las carreteras como una división acorazada de la protesta agraria; los aceituneros están preocupados por la caída de los precios, forzada por los hipermercados que no venden una escoba y han puesto el aceite de oliva a dos euros. «Marcas blancas igual a paro», dicen los anuncios de la patronal, inquieta porque después de muchos años de esfuerzo por competir con calidad los consumidores más tiesos pueden acabar comprando un limpiametales. Los sindicatos están en otra cuita: la quiebra de la construcción empuja a los tajos a muchos parados y se está fraguando un conflicto con los inmigrantes que hacían de jornaleros durante el tiempo de las vacas gordas. Para evitar esta pelea desgarrada por la supervivencia quieren un nuevo PER, que tiene muy mala prensa después de décadas de fraude clientelar. El Gobierno calla; ni siquiera hay ya Ministerio de Agricultura, subsumido por el posmoderno diseño zapaterista en una ambigua mezcla de «medios» -rural, marino, etcétera- que da prioridad al ambientalismo.
La apuesta por el olivar, que distribuyó notable riqueza al amparo de las subvenciones europeas y una manifiesta modernización productiva, tropieza ahora con los precios rasantes, la normativa ecológica sobre los insecticidas y la evidencia de que los dineros de la UE se van a ir hacia los países de la ampliación al Este. Fijar la población al campo empieza a ser cada vez más difícil ante la ausencia de perspectivas, y en las ciudades no hay trabajo porque las grúas de la burbuja inmobiliaria han sido desmontadas tras la caída de las hipotecas, aunque Felipe González ha gritado que hay que volver a levantarlas para salir del marasmo. Pero los ladrillos no se siembran como si fuesen cereales. Esto se desmorona y no queda hacia dónde salir corriendo.
Para amortiguar las hambres culebrinas de la crisis, en muchos pueblos los niños vuelve a recoger tagarninas por las cunetas, como en la vieja canción de Carlos Cano. El medio rural ofrece recursos espontáneos para ir tirando y vivaquear bajo la tormenta de la depresión, pero no para pagar las letras del tren de vida que circulaba durante la bonanza. Y si antes preocupaba el 2013, la fecha del punto de inflexión del dinero europeo que regaba las cosechas, ahora se trata de saber cómo demonios sobrevivir más allá de los rastrojos del verano. El problema es que las cosas del campo, que decía el poeta Muñoz Rojas, están muy lejos de los centros de decisión política, y que en Madrid esa España silenciosa sólo se hace oír cuando la desesperación agraria colapsa el tráfico en hora punta. El campo es una nación, pero no tiene estatuto de autonomía.

