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Entran en una casa, abren la despensa y la nevera y se llevan latas de conserva, legumbres, pan y arroz. A su paso eventualmente encuentran ordenadores, televisiones, joyas, piezas de plata o cualquier otro efecto de valor, pero los desprecian. Sólo buscan alimentos para quitarse el hambre, no pocas veces para dar algo de comer a su familia. Son autores de los llamados «hurtos famélicos», olvidados desde hace décadas en España y que ahora han vuelto con fuerza.
El fenómeno se produce en toda España, aunque las tasas de delincuencia varíen en función de la zona. Los mayores aumentos son los que afectan a algunas capitales pequeñas. La razón es que la actividad está mucho más concentrada en determinados sectores, por lo que cuando éstos tienen dificultades los problemas llegan a toda la sociedad. Además, estas zonas serán pronto «exportadoras» de criminalidad, pues una gran ciudad tiene más oportunidades también para los cacos.
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