Valoración:
Camps. El chico del Poble Nou
Domingo, 22-03-09
A Francisco Camps no le castigaron «ni en el colegio». El presidente de la Generalitat Valenciana se retrotrajo el pasado 19 de febrero a la infancia. A las seis de la mañana de ese día, tuvo noticia por sus colaboradores de que su nombre aparecía ligado a la investigación de la Operación Gürtel, instruida, se ignora con qué grado de rigor, por el juez Baltasar Garzón. Aquel recuerdo infantil, participado al presidente de la Diputación de Valencia, Alfonso Rus, fue algo así como una descarga de conciencia tras dar lectura a una declaración institucional entre los muros seculares del Palau de la calle Cavallers, sede del Gobierno valenciano. En esta declaración, en la que tuvieron mucho que ver los oficios de Federico Trillo, desmintió de plano las acusaciones que le sitúan en un chusco escenario trabado de prebendas y dádivas, se defendió desde la convicción plena de su inocencia, citó a Bertolt Brecht y, sobre todo, valoró la causa en la que se ha visto envuelto como «un extraño proceso de secreto de sumario (...) abierto a todo un partido político», el PP, cuyas siglas tiene interiorizadas hasta la médula.
Más de un cuarto de siglo de militancia en esa formación y un cúmulo de responsabilidades públicas —concejal, consejero autonómico, secretario de Estado, vicepresidente del Congreso, delegado del Gobierno y, hoy, presidente regional— sobrevenido en un marco de progresión lógica no han conseguido borrar esa mota de candor que explica la fugaz acometida en su memoria del tiempo feliz, transcurrido entre Poble Nou, una pedanía situada a las afueras de la ciudad de Valencia que confirma punto por punto el tópico de las novelas regionalistas de Blasco Ibáñez, y el Colegio de Jesuitas de la ciudad del Turia, donde, a decir de quienes compartieron con él pupitre, siempre se comportó como un alumno ejemplar.
Procedente de una familia de la huerta valenciana, el presidente regional se ufana de tener «documentados» a todos sus antepasados en esa zona. En concreto, en la alquería Felip, así llamada por el primer miembro de la familia Camps que habitó en ella. Sus familiares ha gestionado negocios relacionados con el transporte en autobús y otros —extrañas ironías de la vida— vinculados al pequeño comercio textil. Está muy orgulloso de que su madre, de origen aragonés, todavía trabaje.
Ese valor del trabajo, una firme rectitud de comportamiento y un acendrado sentido de la responsabilidad han constituido pautas de conducta asimiladas que ha venido aplicando con posterioridad al ejercicio público.
Sus comienzos no fueron precisamente fáciles: militante desde 1982 en Nuevas Generaciones de la entonces Alianza Popular, el veneno de la política le fue inoculado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia. Allí compartió sus inquietudes con el hoy vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, y Gerardo Camps, vicepresidente económico del Gobierno valenciano. Con ambos sigue manteniendo hoy una relación que trasciende la mera militancia política o el poder.
La divisoria que no se debe pasar
Pero, con todo, ha tenido que aprender a sufrir: de algún modo, su trayectoria es un master en esa materia. Sólo que, ahora como nunca, el padecimiento supura por una herida abierta sobre un tejido personal de valores que enlazan con conceptos ajenos a la política, como la familia, las convicciones morales y, sobre todo, la normalidad, la ansiada normalidad en la vida cotidiana.
Es lo que él mismo define como «la línea divisoria que nunca se debe pasar». Un par de veces se la han cruzado desde que dirige los destinos de la Comunidad Valenciana. La instrumentalización política del accidente del metro de Valencia, en julio de 2006, fue la primera de ellas, y seguramente la más lacerante. Sufría lo indecible cada vez que la oposición proclamaba —incluso contra el criterio judicial, que decidiría el archivo del caso— que el siniestro, en el que fallecieron 43 personas, podía haberse evitado.
Nunca olvidará aquellos días de sentimientos encontrados en la que una Valencia de luto recibió al Papa Benedicto XVI, él que es profundamente religioso. Los preparativos de la visita del Pontífice le mantuvieron embebido durante semanas. En aquel acontecimiento confluyeron el presidente y «Paco», el que carece de ambiciones, el que come los sábados con los padres y los domingos con los suegros, el que se para con todo el mundo en cualquier calle de la Comunidad Valenciana, el que adora, en definitiva, esa normalidad que le proporcionan su familia y unos hábitos de vida inocuos, cuando no decididamente austeros sin necesidad de que lo confirme José Tomás García, el controvertido (y supuesto) sastre cuyo testimonio mantiene últimamente en un sinvivir a la clase política de la Comunidad Valenciana.
La línea se la están cruzando también ahora. En el plazo de un mes se ha sacudido la estupefacción inicial y superado un cierto abatimiento anímico para convencerse decididamente de que la «triple P» —paciencia, perseverancia, prudencia— por él siempre invocada le servirá para soportar «este ratito largo» del que, no tiene dudas, saldrá reforzado. «Pero que nadie espere que arremeta contra el juez, menos que acredite el pago de sus trajes si no es el momento oportuno», dicen quienes lo conocen.
Lo confirmó él mismo en el Foro que este periódico celebró en Madrid el pasado 10 de marzo, donde urdió por otra parte un discurso territorial de profundo calado. A preguntas del director de ABC, Ángel Expósito, dijo: «Claro que pago mis trajes». Nada más... y nada menos: «No lo hubiera asegurado sin contar con la certeza de que está en condiciones de demostrarlo».
Para desesperación de algunas personas de su equipo, el presidente valenciano maneja con singular destreza los tiempos, lo que le preserva de los pasos en falso, pero le genera también algunas críticas por abonarse a dilaciones en apariencia innecesarias. Se le ha reprochado una excesiva dosificación de su liderazgo, pero es esa estrategia la que al fin y al cabo le ha permitido, no sin enormes dificultades iniciales, convertirse en el presidente valenciano más votado de la historia.
«No me pidas para ti lo que yo no te pediría para mí». La frase, si se quiere hasta un poco cortante, se la espetó Camps a un empresario que acudió de los primeros a felicitarle una vez resultó elegido presidente de la Generalitat Valenciana (mayo de 2003). Con ella, marcaba las distancias con unas formas políticas más extrovertidas, menos regladas, quizá no tan mortificantes para quien asume el cargo como una misión de veinticuatro horas diarias y con un respeto casi sacro por el significado de la institución que representa. Esto es clave para la correcta aprehensión del personaje: la institución ante todo.
Zaplana como contrapunto
Las proverbiales desavenencias de Camps con Eduardo Zaplana, su predecesor al frente del Gobierno autonómico, han contribuido a fijar sus coordenadas políticas desde que el ex ministro trazara de un modo expeditivo el camino de la sucesión antes de marcharse a Madrid llamado por José María Aznar. Pero Zaplana nunca se fue del todo. Le costaba. Mucho. Una enormidad. Entonces comenzó una larguísima partida de ajedrez. En el ínterin, desaires, zancadillas, hasta un plante en las Cortes regionales promovido por los afines del también ex portavoz parlamentario del PP, hoy reducidos a taifa en la provincia Alicante.
El jaque mate del duelo comenzó a tomar cuerpo en el mes de abril de 2004. Tras la convulsa derrota electoral del PP, Zaplana renunciaba a la presidencia del partido en la Comunidad Valenciana. El debate previo fue abierto por algunos de los más reputados políticos locales, caso del consejero Rafael Blasco, aún hoy en labores de gobierno. Éste, con un lejano pasado en las filas del PSOE, describió al presidente valenciano como alguien «de fiar». Empleó para ello una frase antológica: «Yo le compraría un coche de segunda mano». En aquella época, Camps contaba con un vehículo más que habituado al taller. Lo sustituyó hace unos meses por uno familiar de gama media, cuando el viejo ya había rendido servicios durante ¡trece años!
En noviembre de 2004, fue elegido en Castellón presidente del PP de la Comunidad Valenciana con un puñado apreciable de votos en blanco: el emitido por los zaplanistas. El pasado 18 de octubre, conjurado ya para siempre el peligro de las tutelas, se produjo la reelección en Feria Valencia, el mismo escenario en el que, cuatro meses antes, Mariano Rajoy renovó la confianza de su partido. En esta ocasión, el nivel de respaldo a la candidatura de Camps alcanzó el 98 por ciento.
Su hegemonía al frente del PPCV ha fraguado sin puñetazos en la mesa, sin aspavientos, mediante la aplicación de esas dosis de paciencia que ha incorporando como aliada principal a su gestión política. Su auténtico golpe de autoridad se ha limitado en lo esencial a permitir que las cosas maduren por sí solas hasta hacerlas caer por su propio peso. Hoy es, junto a Esperanza Aguirre, el referente territorial más consolidado del Partido Popular.
El último estertor de la discrepancia interna en la familia popular valenciana se produjo en diciembre pasado, cuando el candidato a la presidencia en Alicante que representaba la línea oficial se quedó a cinco votos de la victoria. Manuel Pérez Fenoll, alcalde de Benidorm, dispuso del respaldo del aparato regional de la formación, no así de la complicidad del Gobierno autonómico: Camps prohibió a sus consejeros meter en la liza a la institución. De haberlo permitido, acaso hoy el zaplanista José Joaquín Ripoll no presidiría el PP en esa provincia. Pero todo es cuestión de tiempo.
Siempre el lado positivo<QA0>
«Esperanza ha roto la bilateralidad que pretendía Montilla». Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid se declaró «encantada» con la reunión en la que las pasadas navidades revisó el modelo de financiación autonómica con el presidente del Gobierno, Camps optó por ver el lado positivo. Siempre lo hace. En aquellos días, recibió varias llamadas de otros dirigentes populares «preocupados» por el hecho de que el «desmarque» de la madrileña pudiera dificultar la estrategia nacional del partido en ese asunto. Les dijo a todos lo mismo: Aguirre había contribuido a abrir el debate, lo que permitía a cada comunidad autónoma reclamar lo que consideraba justo. En la mañana del día de Nochebuena, se entrevistaba con Rodríguez Zapatero para hacer lo propio. Lo de ver la botella medio llena es algo prácticamente congénito en el presidente valenciano.
Ese sesgo positivo se observa con especial nitidez en la distancia corta, donde se muestra como un dirigente próximo pese a una cierta tendencia hiperprotectora de su entorno. Aseguran que esa característica fue decisiva para que Bernie Ecclestone se decantara por llevar a Valencia el circo de la Fórmula Uno: una visita al Mercado Central de la ciudad acabó por convencer al magnate del deporte de las cuatro ruedas.
A otro personaje de renombre internacional, el científico indio Rajendra Pachauri, le hizo descubrir la belleza de la Albufera. Naturalmente, también la paella, a la que el Nobel cogió una tremenda afición con ocasión de la celebración en Valencia a finales de 2007 de la Cumbre Mundial del Cambio Climático.
Camps ha puesto su talento negociador al servicio de su comunidad autónoma, que ha acogido durante su mandato eventos de proyección internacional como el propio Gran Premio de Europa de F-1, la Copa América de Vela o la salida desde Alicante de la Volvo Ocean Race. Hitos todos logrados mediante la gestión personal, solo o en tándem con la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, con quien gusta decir que forma un equipo insuperable.
Los otros Camps
Hoy, y pese a haber priorizado su implicación en clave de política nacional impelido principalmente por las propias necesidades de su partido, continúa diciendo a quien quiera escucharle que la presidencia de la Generalitat colma todas sus aspiraciones políticas. No se trata de modestia, más bien de una identificación casi simbiótica con lo propio. Mucho más autonomista que Zaplana, conjuga ese sentimiento que tan buenos resultados electorales le ha proporcionado con una demostración diaria de lealtad a un proyecto nacional llamado España.
Su pasión por la historia valenciana le ha convertido en el mejor «guía» del Palau de la Generalitat, un imponente edificio gótico situado muy cerca de la catedral de Valencia. Allí, muestra personalmente el cuadro del Padre Jofré. En él se ve al cura mercedario que creó en Valencia el primer manicomio del mundo proteger a dos enfermos mentales de las iras de una turbamulta dispuesta al linchamiento. La expresiva pintura, obra de Joaquín Sorolla, preside la sala del consejo del Gobierno valenciano. Camps lleva a gala el sello social de la gestión de su Ejecutivo autonómico. Iniciativas como las controvertidas clases de Educación para la Ciudadanía en inglés son igualmente fruto de sus convicciones personales.
Luego, hay dos o tres aficiones que le están ayudando a superar una situación, la provocada por los trajes, que ha llegado a definir como «marciana». La principal de ellas quizá sea el tenis. Intenta jugar siempre que su agenda se lo permite. Lo hace en el Club de Tenis Valencia, algo parecido a su segunda casa. Es Paco, no el presidente, el que acude a ese recinto con los amigos de toda la vida. Es bastante bueno y no le gusta perder: ni al tenis, ni al pádel... ni a las canicas. En esas reuniones no se habla de política, aunque sí del Valencia, una afición inveterada que comparte sobre todo con el mayor de sus hijos.
Se cuida mucho físicamente. No es difícil verlo por el cauce viejo del río Turia haciendo ejercicio con Rafa Blanquer, el que fuera entrenador de Niurka Montalvo, hoy secretaria autonómica del Deporte de la Generalitat Valenciana.
Jornadas maratonianas
Últimamente ha redoblado el nivel de actividad política, convencido de que es víctima de una campaña esencialmente política que busca en última instancia el debilitamiento del PP en sus fortines de Madrid y Valencia. Así se lo ha transmitido a su equipo, al que somete a jornadas maratonianas, a las que faltan horas para su gusto, no tanto para el de los que le rodean.
Según éstos, sabe escuchar y delega sin problemas. No es inmune a las críticas, pero tiene muy clara las líneas de actuación de su Gobierno, trazadas por él personalmente con mucho tiempo de antelación. Lo ha demostrado en múltiples ocasiones, tanto en el ámbito interno como en cuestiones básicas para la Administración que preside, como la lucha por el reconocimiento por parte del Gobierno de la población real de la Comunidad Valenciana.
Su círculo de amistades es reducido, y es más fácil encontrarlo en un cine con su familia que, por ejemplo, en un campo de golf.
Su religiosidad parte de su escala de valores personales. La noticia de que Tomás había declarado ante el juez Garzón le sorprendió en misa. Era un domingo por la tarde. No oculta su fe, y mantiene en este sentido unos vínculos muy estrechos con el cardenal Agustín García-Gasco. Son asuntos del todo ajenos a la política empleados no obstante por la oposición política para cuestionarle como gobernante. Definitivamente ha aprendido a sufrir aunque no le castigaran ni en el colegio. Pero tiene una gran capacidad de aguante, quizá alimentada por su seguridad de que, al final, «la verdad resplandecerá». <SC70,75>
Valoración:

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...