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Publicado Sábado, 21-03-09 a las 04:47
La pieza estaba compuesta para José Tomás, la tarde y la corrida de El Torreón. JT bailó el vals elegante, aterciopelado, toreando para sí, como de salón. Pero Abel ídem, Abel Valls, con una ele más, recental matador, se incorporó para no ser convidado de piedra, el que cierra el cartel y ya está, y danzó con la más guapa, con un toro lavado de una profundidad inmensa sobre la mano izquierda. ¡Joder, con Valls, qué gran fotografía para empezar, a hombros con el Dios de Piedra de Galapagar!
De JT observo en esta etapa mediterránea de Fallas y la Magdalena que el personal lo mide a través de un cliché preconcebido en espera de la tragedia, y cuando en lugar del drama fluye el toreo, como en el buen segundo, se quedan pasmadas las plazas de silencio. Respondía Castellón más y mejor al estereotipo de las cercanías que a las series a cámara lenta, las horas quietas y el mar en calma, de siete derechazos o seis naturales monumentales. Intuyo que José Tomás es consciente y que por eso, después de hacer el toreo, inició la búsqueda de la filigrana a pies juntos, el pase de las flores hilvanado con la muleta muerta en la espalda para vaciar el de pecho, como en un tres en uno de dandy. O en los cambios de mano por detrás, a pies juntos, para sacarle la izquierda por delante y coser el natural. Carece de sentido que la primera faena, premiada con una oreja, valga lo mismo que la del paradote quinto, obra de pura invención. O se quedó corta la afición de la Plana en su primero —para mí que sí—, o se pasó de largo en la siguiente —que puede que también— a pesar de que absolutamente todo lo puso el torero, hasta la maravilla de las trincherillas. Las dos no pueden valer igual —pinchazo incluido— aunque el resultado hubiera sido el mismo: puerta grande. Y abundo en un hecho que argumenta la teoría del cliché del público castellonense: se ovacionaron más las gaoneras de atragantón o las manoletinas que el toreo a la verónica hasta la boca de riego. Insisto, de todas formas, en un matiz que apunté en Valencia: José Tomás no es de faenas largas.
Antes de la instantánea feliz, el último de la corrida prendió al banderillero Vicente Almagro de terrible forma. Se quedó en la cara a la salida de un par y lo izó ensartado por el mismísimo triángulo de Scarpa. Lo tuvo arriba clavado una eternidad. Mal pintaba, pero por fortuna, pese a la gravedad, pudo ser peor.
Y entonces Valls se sumó al vals de José Tomás, con la zurda a rastras y la cintura rota, armonizando los cerca de dos metros de estatura que debe de tener el chaval. ¡Qué manera de hacer el avión el toro de don César Rincón! La faena fue perfecta de medida e intensidad, rematada con un espadazo. Su firmeza ya la había dejado patente con un tercero rajadote, al que exprimió hasta el aliento en tablas.
Esplá bailó con las más feas, dos toros que se apagaron como velas sin oxígeno. Precisamente hoy que Castellón le rendía tributo en su adiós como no fueron capaces de hacer en Valencia..
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