Miércoles, 18-03-09
LA presencia de Benedicto XVI en el continente más pobre del planeta tiene un significado muy especial. El Papa lleva el mensaje de Cristo a Camerún y Angola, dos países que -como tantos otros en África- padecen la terrible lacra del hambre, la enfermedad y la miseria. África sufre también por causa de guerras interminables sin que la comunidad internacional sea capaz de imponer un mínimo respeto al derecho humanitario en el trato a prisioneros y refugiados o de impedir el genocidio de grupos enteros por razones de raza o religión. La dignidad humana es una exigencia de la justicia y no sólo un ideal inalcanzable que proclaman las declaraciones de derechos para tranquilizar la conciencia del mundo desarrollado. El continente negro es la zona donde la Iglesia ha crecido con más rapidez, nada menos que 140 millones de nuevos fieles en un siglo. La expansión de ideologías revolucionarias o de doctrinas fundamentalistas perjudica la paz y el desarrollo, de manera que la fortaleza del catolicismo es una buena noticia para la lucha contra los males endémicos de ese inmenso territorio. Por ello, el Papa llevará consuelo a miles de enfermos de sida o de lepra y apoyará la labor pastoral de tantos sacerdotes que desempeñan su misión en condiciones objetivamente muy difíciles.
Benedicto XVI habló muy claro antes de iniciar esta visita al referirse a las víctimas de la injusticia. El mundo tiene una deuda que saldar con millones de seres humanos que carecen de los medios más elementales para la subsistencia y son objeto de abusos de todo tipo. El carácter ecuménico que el Papa actual quiere imprimir a su Pontificado se refleja fielmente en un viaje que demuestra la valentía de quien no elude las dificultades, sino que se enfrenta a ellas con firmeza y determinación. Nadie puede permanecer indiferente ante un drama que crece de día en día, agravado por la falta de sensibilidad de quienes podrían aliviar la miseria de tanta gente inocente. Por tanto, la presencia del Papa alcanza una dimensión histórica como prueba de que los católicos del mundo entero no ignoran la tragedia, ni cierran los ojos ante una realidad evidente. Se trata de llevar esperanza a los que sufren el desengaño de sentirse abandonados y perseguidos. Frente al oportunismo y la estrechez de miras de ciertos planteamientos políticos, el Papa demuestra una vez más el espíritu de concordia y de justicia que preside su tarea como cabeza de la Iglesia universal.

