Martes, 17-03-09
HA dicho Mariano Rajoy que si se concreta el cambio de poder en el País Vasco, algo tan deseable como posible, «será el mayor acontecimiento político de la Historia de España». Podría parecer una expresión excesiva o triunfalista; pero, referida a la Historia que arranca con la Constitución del 78, resulta científica y precisa. En el País Vasco, desde el nacimiento del PNV, se tiende a una inquietante confusión, la que cruza y entremezcla los valores de un partido con los de un gobierno y una patria. Incluso, si nos remontamos a los días de Sabino Arana, con los de un credo religioso. Tan anacrónico y totalitario es el concepto que la bandera y el himno del PNV son hoy los de la Autonomía, sin que ello escandalice, por la esclerosis de la costumbre, a los restantes partidos con escaño en Vitoria.
El resultado de las últimas elecciones autonómicas vascas propicia una nueva situación que, por cimentarse en la hipótesis de la alternancia de poder, parece más democrática y saludable que la perpetuación del Euzko Alberdi Jeltzalea, el partido vasco de los simpatizantes de «Dios y Leyes Viejas», que viene a ser, mejor que PNV, la traducción de EAJ. Dado que lo que han elegido los votantes de las tres provincias vascongadas no es un presidente del Ejecutivo, sino la composición de un Parlamento, a éste le corresponde ahora determinar por mayoría quién será el próximo presidente del Gobierno del País Vasco.
Si todo funciona en el sentido que hoy resulta predecible, Patxi López, el líder del PSE, encabezará ese próximo Gobierno de alternancia. ¿Deberá seguir llamándose lehendakari como lo hicieron Carlos Garaikoetxea, José Antonio Ardanza y Juan José Ibarretxe? Jon Juaristi, compañero en estas páginas, políglota acreditado, lingüista fino e intelectual hondo, acaba de recordarnos que «lehendakari es un término calcado sobre los vocablos fascistas de los años treinta que se referían al caudillaje de masas, como führer, duce, conducator y, por supuesto, caudillo, de los que es estrictamente sinónimo». Solemos darle poca importancia a los asuntos del lenguaje y, de ese modo, se termina llamándole «lucha armada» a los asesinatos más sañudos y «comandos» a los asesinos. ¿Debe un demócrata, socialista por más señas, aceptar el título de lehendakari para definir su función como presidente de un Gobierno? Hay en todo eso algo más que una cuestión de estilo.

