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Martes, 17-03-09
LLEVO tiempo preguntándome ¿pero puede ser tan difícil estimar cuántos médicos precisará España en un futuro inmediato que las posturas de colectivos a los que por fuerza ha de suponerse bien informados puedan variar tanto? Porque hay opiniones que rebasan todos los gustos, desde los que mantienen que se avecina un déficit superior a los cien mil a los que piensan que el número actual es suficiente y que el problema es el de distribución entre las diferentes regiones al que se une la creciente emigración de titulados a otros países en busca de mejores condiciones de trabajo y de consideración social.
Para intentar poner un cierto orden en este galimatías voy a aplicarle el más rudimentario sentido común.
El comienzo de este análisis no resulta tan fácil, no obstante, tal vez porque las divergencias empiezan en los datos básicos. Pero si parto de unos valores arbitrariamente elegidos bastará su sustitución por los reales para llegar a conclusiones válidas si el razonamiento empleado es legítimo. Y podrán tenerse en cuenta las diferentes posibilidades determinando eso que ahora está tan de moda que es una horquilla.
Supongamos que el número total de médicos ejercientes en España sea el de uno cada trescientos habitantes. Si es adecuado o no a las necesidades actuales depende del desarrollo socio-económico de nuestro entorno; no es lo mismo considerar una sociedad en la que la práctica médica se reduce a una actividad elemental (ejemplo de un país muy atrasado en el que la única atención disponible es la de un médico general) para la que puede bastar, digamos, un médico cada diez mil habitantes que una población rica que puede permitirse el lujo de haber desarrollado múltiples especialidades y subespecialidades con lo que en la atención al menor problema de salud de un solo enfermo se aúnan los esfuerzos de muchos profesionales expertos en campos diferentes y en que por tanto se precisará de muchos más médicos para el ejercicio cotidiano. Nuestro dato inicial debe ser comparable al de sociedades desarrolladas como las de USA, Reino Unido, Francia, Alemania, etc, y por tanto derivado de datos de esos países publicados recientemente.
Un médico cada trescientos habitantes para una población de cuarenta millones supone un total de 133.000 (es el caso de toda España).
Aceptemos una edad media de 23 años del nuevo médico al obtener la licenciatura. Si a ello añadimos cuatro años de formación especializada MIR y un curso dedicado a la preparación del correspondiente examen (en España no se puede ejercer en el sector público y en muchos ambientes privados sin algún título de especialista) nos ponemos en los 28. Suponiendo que la edad media de retiro es de 65 años, tenemos un tiempo de actividad profesional de 37 años.
Siendo realistas debemos considerar esta cifra como un máximo que ha de ser minorado en consideración de fallecimientos y abandonos de la práctica que pueden tener lugar por razones muy diferentes en las que no entraremos. ¿Lo dejamos por tanto en 30 años efectivos?
Si tenemos que renovar un total de 13.3000 médicos cada treinta años necesitaremos introducir en el sistema 4.400 nuevos profesionales por año. Seamos generosos y consideremos que el futuro desarrollo social y la complejidad creciente del ejercicio de la Medicina hacen subir esta cifra a 5.000. ¿Cuántas plazas deben ofertar anualmente nuestras Facultades para cumplir estos objetivos? Afortunadamente ya han pasado los tiempos en que cursar estudios universitarios era un deporte y sólo se graduaba un pequeño porcentaje de los que empezaban una carrera. Pero no todos los titulados en Medicina se dedicarán a la asistencia; hay que contar también con los que escogerán el camino de una u otra ciencia básica como son la bioquímica o la genética por mencionar algunas así como los atraídos por la creciente oferta de puestos en Higiene y Sanidad, gestión, etc. ¿Y la mortalidad estudiantil, la ponemos en un 20 por ciento?
Llegamos así a una estimación total máxima de unas 7.000 plazas anuales de nuevo ingreso a distribuir entre el total de nuestras Facultades de Medicina. De acuerdo con el mismo razonamiento en nuestro sistema la oferta de plazas MIR debe rondar las cinco mil por año. No podemos permitirnos el lujo de no formar un número suficiente de médicos para el servicio de la Sociedad española pero un exceso irracional en este número supone no sólo la devaluación de la profesión tanto en su rendimiento económico (un profesional de larga y difícil formación como es el médico debe disfrutar al menos de lo que se llama un buen pasar) como en su consideración social, lo que automáticamente habría de conducir a desviar a lo mejor de nuestra juventud a otros campos más rentables. Piénsese en el daño social que supone una profesión médica de pobre calidad para cualquier población moderna. Y sin olvidar el despilfarro que representa para las arcas estatales (o autonómicas lo que viene a ser los mismo) invertir en formación para al final engrosar el número de parados de alta cualificación y por tanto de difícil reconversión.
Si estamos ofertando al menos las siete mil plazas anuales para estudiantes de nuevo ingreso en Medicina a que me he referido y aún nos faltan profesionales para cubrir nuestras necesidades, tendremos que preguntarnos ¿Dónde están los que faltan? Cabe que una mala distribución pueda convertir este problema en regional en cuyo caso las autoridades sanitarias deberían incentivar los puestos de las zonas deficitarias. Si por el contrario el problema es global, la respuesta sólo puede ser que una parte de los nuevos titulados se han ido a otros climas más favorables.

En este caso la solución no puede estar en aumentar irresponsablemente su número sino por el contrario en construir un ambiente más estimulante capaz de retenerlos en nuestro medio. Ellos estarán contentos porque la emigración forzada es un castigo (y de los más crueles, destierro se ha llamado) y los enfermos en potencia tendremos garantizada una buena asistencia.
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