
ELENA CARRERAS Murakami, ayer, en Barcelona
Martes, 17-03-09
Puede que Haruki Murakami (Tokyo 1949) sea, como asegura Rodrigo Fresán, «el escritor japonés más cool» del momento, pero su alergia a los medios de comunicación empieza a ser preocupante. «No le gustan las multitudes, ni las cámaras de fotos, ni las ruedas de prensa. No le gusta nada», bromea Beatriz de Moura. No le falta razón a la editora de Tusquets: Murakami detesta saberse el centro de atención e incluso cuando Moura y su editor en catalán, F_lix Riera, se enzarzan en una partida de ping-pong de alabanzas, el autor de «Norwegian Wood» se hace el sueco para concentrarse en algo que en ese momento le debe parecer lo más interesante de la sala: sus manos.
A Murakami le gusta escribir. Y basta. Bueno, también le gusta correr solo, escuchar música -empezó como barman y DJ del Peter Cat de Tokyo-, traducir a Scott Fitzgerald y comer marisco, pero sobre todo le gusta escribir. «Cuando escribo, me puedo olvidar del mundo real. Estoy dentro de la historia, rodeado por la historia. Uno puede conocer a personas muy interesantes mientras está escribiendo», explica el autor de «Kafka en la orilla», para quien trenzar frases es como soñar pero ahorrándose molestas interrupciones. «Escribiendo puedes soñar despierto y retomar un mismo sueño día tras día, algo que no sucede por la noche», asegura.
El best-seller atípico
Murakami sueña despierto, sí, pero será un milagro si aparece sonriendo en alguna de las fotografías que le tomaron ayer en Barcelona. Al autor japonés, firme candidato al premio Nobel dese hace unos cuantos años y dueño de uno de los universos literarios más personales, alucinógenos y maleables de la creación contemporánea, le sorprende incluso que sus novelas se cuelen con relativa facilidad en las listas de los libros más vendidos de medio mundo. «¿Que por qué mis libros son tan populares en el mundo? No tengo ni idea. Supongo que las buenas historias pueden encontrar lectores en cualquier idioma», relativiza.
Acaba de entregar el manuscrito de «1Q84», «la novela más grande» que ha escrito nunca, pero a Barcelona llega siguiendo el rastro de «After Dark» (Tusquets/Empùries), la última de sus obras traducida al castellano y catalán y, según confiesa, «experimento» en el que se ha permitido probar cosas que no había hecho nunca. «La escribí como un diario y luego fui añadiendo cosas, como si hiciese un guión. No creo que lo vuelva a hacer nunca», señala sobre una telaraña de historias de personajes solitarios cuyo título hace referencia a la canción «Five Spot After Dark», del trombonista Curtis Fuller.
Y es que, por si aún no ha quedado claro, la música es una de las grandes pasiones de Murakami: habla enfundado en una camiseta en la que se intuye un viejo disco de vinilo, se ha pasado buena parte del fin de semana comprando discos en Jazz Messengers, una de las tiendas especializadas con mayor reputación de Barcelona y una de las pocas con importaciones japonesas, y sus novelas son como campos minados de canciones y referencias musicales. «Era hijo único, estaba solo en casa y tenía tres cosas que me ayudaban: los gatos, los libros y la música. Aún ahora la música me ayuda a escribir. Escribir es algo muy solitario, así que necesitas algo que te ayude a seguir haciéndolo», explica.
Esa soledad de corredor de fondo es la que, unida a las gruesas novelas de Dostoievski, Dickens y Kafka que devoraba en su infancia, articula uno de los mundos propios más aclamados e intransferibles. «Si abrierais mi cerebro encontraríais cosas extrañísimas», reconoce. Aún así, no es Murakami un autor que viva aislado en su burbuja y contempla su obra como una suerte de reivindicación del individuo. «Ser individual e indepediente en Japón es un gran problema, pero yo siempre estoy del lado del individuo, no del sistema», apunta.

