Viernes, 13-03-09
Como César Vallejo, uno de sus maestros, Blanca Varela pasó por París, pero no para morir en un jueves memorioso sino para encontrar, en el surrealismo, en André Breton y Octavio Paz su propia voz. Fue su verdadero inicio en una obra cuyo crecimiento, a diferencia de tantos otros poetas, no fue espacial, con tentativas desechables, sino un descenso, mineral y cierto en el misterio de la existencia. Ese misterio de fronteras era ella misma, sin duda, pero sobre todo el horizonte siempre alterado de los otros. Su poesía está sostenida por una voz que viene de Quevedo, de una materia regida por una estricta economía. Sin embargo, Blanca Varela era una mujer locuaz, amante de la conversación, siempre a punto de perderse en una frase. Como Antonio Machado, mantenía una tácita sospecha sobre los juegos verbales, sobre la fantasía. En este sentido estaba lejos del surrealismo.
Hace años tuve el honor, en México, de poder defender su obra para el premio Octavio Paz y ahora escribo estas líneas apresuradas con el sentimiento de que su desaparición, aunque esperada, no mermará una de las obras más decantadas y esenciales de la poesía de lengua española de la segunda mitad del siglo XX. Ahora, ya sin nosotros, sin sus amigos y lectores, ha tocado un puerto que quizás no existe, del que no podrá darnos su testimonio. Nosotros sabemos del puerto seguro, aunque inquietante, de su poesía.
Poeta
y crítico

