Blanca Varela fue una limeña que reunía en su carácter todo el coraje y radicalidad que fue posible a las mujeres que, nacidas en el primer tercio del siglo XX (1926), harían posible, además de (en su caso) una de las obras literarias más sólidas del periodo, que la mujer como grupo social lograra los avances económicos, culturales y sentimentales que hoy parecen algo natural, cotidiano y no discutible.
Destacar esta cuestión en el primer párrafo quiere poner de relieve que hablar de una de las mayores poetas de la lengua no supone una diferenciación de género y que, en esa selva del lenguaje que sería una hipotética antología de la poesía en español de la segunda mitad del pasado siglo, su obra ocuparía un primerísimo lugar.
Durante su periodo de formación en la Universidad de San Marcos, en Lima, se relacionó con los que habrían de formar parte de la generación poética del 50 en aquel país, autores de la talla de Jorge Eduardo Eilson, Carlos Germán Belli o Sebastián Salazar Bondy y, particularmente, con Emilio Adolfo Westphalen, al que consideraba su maestro y el admirado amigo que compartía con ella una actitud de extrema exigencia con el lenguaje y, como afirma Adolfo Castañón en el prólogo a su poesía reunida (Donde todo termina abre las alas. Galaxia Gutenberg), «el imperativo ético de la inteligencia».
Su primer libro, Ese puerto existe (1959), que apareció con prólogo de Octavio Paz, fue compuesto durante su estancia en París, ciudad en la que vivió junto al pintor Fernando Szyszlo, se relacionó con artistas como Giacometti o Léger y trabó una prolongada amistad con Simone de Beauvoir. En este primer libro se explicita la poética abrasiva, ascética y recurrente de Varela, descreída de todo discurso contemporizador, de toda fe que vaya más allá de la continua pregunta y que abarcará toda su obra. Luz de día, Valses y otras falsas confesiones, Canto villano, Ejercicios materiales, El libro de barro y El falso teclado componen el resto de su obra. Una obra abierta, como el periodo histórico que le tocó vivir, a la utopía y al desengaño más atroz, una obra que disecciona los sentimientos y las actitudes con la radical vehemencia de no mentir.
Colaboración con Valente
Con España, donde le otorgaron el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2007, se relacionó de manera literaria más frecuentemente a partir de 1991, año en el que realizó su primera lectura de poemas en la Residencia de Estudiantes en Madrid, un lugar al que, afortunadamente para los jóvenes que acudían a escucharla, regresaría en varias ocasiones. Otra vez, la admiración que sentían por su obra Octavio Paz o Jose Ángel Valente hizo posible que haya sido editada y conocida entre nosotros.
Uno de los últimos trabajos literarios fue precisamente su colaboración en la antología Las ínsulas extrañas, en estrecha colaboración con Valente, una obra que recoge la poesía en español (de América y de España) desde la Generación del 50, hasta lo que, entre nosotros, representan generacionalmente los Novísimos. Una emulación de la mítica Laurel, publicada en México en 1941 y que, como aquella, intenta demostrar que la poesía vive en la lengua y no en los territorios, un principio que Varela compartió al huir en sus poemas de cualquier localismo, incluidos en primer lugar el sentimental y el ideológico.

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