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Miércoles, 11-03-09
SERÍA una lástima que la exigencia y el rigor, dos valores muy escasos en una España descoyuntada y fofa, se llevaran por delante, en tanto que juez de la Audiencia Nacional, a Baltasar Garzón. Desde la muerte de Leopoldo Fregoli, el italiano que convirtió en arte y espectáculo el vértigo del transformismo, nadie como nuestro prócer jienense había dominado, con tanto virtuosismo, las mañas de la especialidad. Garzón, como nos tiene demostrado, es capaz de formar parte de los tres grandes poderes del Estado en una sola fracción de la Historia. Siguiendo el magisterio de Fregoli, puede interpretar multitud de papeles y personajes diferentes. Tiene talento, voz, maneras y vestuario suficientes para conseguirlo y, de hecho, lleva más de veinte años, desde su debut en la Audiencia Nacional, acaparando los focos de la atención pública. Alguno de sus papeles, como el que interpretó como número dos de Felipe González en las elecciones del 93, ya se incluyen en la historia de la farsa.
Ahora Garzón está bajo sospecha. Sin entrar en el fondo de las irregularidades que se le atribuyen, que ya nos dirá el CGPJ, sería una gran pérdida su protagonismo como juez justiciero e implacable en la pista central del circo nacional. Ahora que vivimos todos atribulados, sitiados por la hipótesis del paro, con los ahorros mermados y sin mayores esperanzas de redención política, Garzón resulta imprescindible. Un poco por lo que nos divierte y un mucho por lo que nos une. El espectáculo, como bien predicaban los padres de Broadway, debe continuar.
En ocasiones surgen personajes como Helg Sgarbi, el gigoló suizo que, por tener más larga la ambición que los encantos, se quedó sin licencia para seguir explotando los deseos de una de las más ricas herederas alemanas, nieta de una concuerna de Josep Goebels; pero son eventuales discontinuos, perecederos. Garzón es un espectáculo permanente. En una España sin valores y desconcertada, los héroes tradicionales, pletóricos de solvencia, ya no llaman la atención. Garzón es la medida exacta de nuestro merecimiento colectivo. Él, mejor que nadie, ha sabido navegar por la confusión e incertidumbre de nuestra normativa legal, en la que se confunden los poderes del Estado y, por si eso fuera poco, ha cobrado el sueldo que se corresponde con su trabajo sin pasarse por el despacho. Para muchos es un ejemplo y para otros, un espectáculo.
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