Domingo, 08-03-09
POR MARTA MOREIRA
VALENCIA. El pasado 27 de febrero, las llamas comieron las entrañas del antiguo teatro Princesa de Valencia, cuyo derribo es ahora perentorio. El accidente ha levantado una polvareda de polémica en la escena social y política, que en ocasiones soslaya una de sus principales razones de fondo: el abandono de los propietarios, que a menudo no llegan a un acuerdo económico con las administraciones públicas. La rehabilitación de algunas de las salas con fines culturales es una azaña difícilmente asumible por el capital privado.
La evolución técnica de la industria del cine ha provocado varias crisis en el sector a lo largo de la historia; momentos en los que los empresarios debían invertir grandes sumas de dinero o morir. Así comenzó a tejerse una red de cines fantasma en Valencia que llegó a su apogeo entre los años ochenta y noventa. El aspecto desvenzijado y decandente del Capitol o los Martí persisten como símbolo de una forma de ver cine condenada a la extinción.
Crisis en la industria
La capital del Turia abrazó el consumo cinematográfico desde los inicios de la industria. La primera sesión cinematográfica tuvo lugar el 10 de septiembre de 1896 en el Circo Apolo, donde se proyectó «La coronación del zar», gracias a la instalación del equipo de Charles Kalb, ténico que operaba independientemente de los Lumi_re. El siguiente teatro que ofreció la novedad fue precisamente el Princesa, que proyectaba documentales sobre la vida cotidiana de la ciudad para su habitual público zarzuelero.
Pero el verdadero asentamiento del cine, con la introducción de películas extranjeras europeas, aconteció en la década de los veinte. A este periodo corresponde la aparición de salas en las zona centro, como el Gran teatro, el Coliseum, y otros salones adaptados como el Suizo, el Astoria y el Goya. Todas han desaparecido.
La reconversión del cine sonoro
La primera gran crisis del cine tuvo lugar en los años treinta con la normalización del cine sonoro. Los nuevos rollos de películas «alltalking» requerían una costosa reconversión tecnológica que no todos los empresarios quisieron asumir. Al principio se creyó que podía ser una moda pasajera.
A esta circunstancia se une la delicada situación política y económica que atravesaba el país, coincidente con el final de la dictadura de Primo de Rivera y la crisis de la peseta.
Comienzan a llegar las películas de los Hermanos Warner en Estados Unidos, pero también las de una las primeras grandes productoras del cine español, la valenciana Cifesa. Otros importantes impulsores del celuloide de la época fueron el director y productor Maximiliano Thous, Mario Roncoroni o Joan Andreu.
Según apunta Miguel Tejedor Sánchez en el libro «Valencia. Ciudad de cines», «El arca de Noé» (Warner) fue la primera película son sonido incorporado y sincrónico que se visionó en Valencia. El acontecimiento tuvo lugar en el cine Olympia, que fue junto con el Lírico el primero en ofrecer una alternativa al cine mudo. La sala de la calle San Vicente es una de las pocas que hoy preserva su encanto original y sigue en activo, gracias a la adquisición del teatro por Enrique Fayós a principios de los años ochenta.
En plena efervescencia de la industria del cine norteamericana -cuyos excesos relata magníficamente Kenneth Anger en el mítico libro «Hollywood Babilonia»-, surgen en Valencia o se remodelan salas emblemáticas como el Capitol -adquirido recientemente por La Caixa para un centro de Obra Social-; el Gran Vía; el Avenida -cine de reestreno convertido en un aparcamiento tras su cierre en 1992-; el Tyris -edificio de estética decó inaugurado en 1933 por Emilio Pechuán- o el Rialto, magnífico ejemplo de modernismo racionalista que alberga ahora la sede de la Filmoteca Valenciana y el teatro Rialto.
Década de los cuarenta
La década de los cuarenta, en plena posguerra española fue duro para la industria española. Durante la contienda fueron los filmes alemanes e italianos los que ocuparon las carteleras. Pero los empresarios valencianos supieron capear las adversidades y seguir ofrececiendo entretenimiento para su público, incluso en los barrios periféricos. Llegaron a funcionar cincuenta cines, entre los que existía una competencia feroz.
Sin embargo, casi ninguna de estas salas se mantienen en pie actualmente, y los que lo hacen se dedican a otro negocio. Un ejemplo es el cine Jerusalén, desde hace años convertido en discoteca.
La eclosión del vídeo en los ochenta y la aparición de nuevas formas de consumir cine en los años noventa -multisalas construidas con el confort como máxima prioridad- propiciaron el cierre de uno de los más emblemáticos, el Rex, donde sólo la instalación de aire acondicionado implicaba una inversión enorme.
Otros, como el Olympia o El Musical de El Cabanyal, volvieron a sus orígenes como teatro en virtud de un proceso de rehabilitación integral. Lamentablemente, ésta es una excepción. En la mayoría de los casos, los propietarios dejaron caer estos céntricos inmuebles en el más absoluto abandono.

