Actualizado Domingo, 08-03-09 a las 16:32
«No vamos a remover el pasado. Hablaremos del presente y, sobre todo, del futuro». La frase suena a postrer disculpa por una intromisión que empezó el 11 de marzo de 2004 en la improvisada morgue instalada en el pabellón 6 del Ifema y que no ha parado hasta hoy, en el momento en que suena el teléfono al olor de un nuevo aniversario. Entonces eran personas anónimas y desesperadas, aguardando la confirmación de sus más terribles sospechas, que el mensaje «familiares de fulano de tal» sonara por megafonía o, en el mejor de los casos, que un voluntario de Protección Civil, un bombero o un policía se acercara a comunicarles la noticia con voz entrecortada. La prensa se infiltraba entre los parientes, amigos y conocidos de las víctimas que se apelotonaban en la entrada. No había capilla ardiente ni velatorio; sólo una nave donde trabajaban los forenses para la identificación de los cadáveres, pero el recinto ferial fue lugar de peregrinación durante unas jornadas interminables. Aunque sólo se permitía el acceso a padres, hijos o hermanos el filtro se fue haciendo más permeable, y los informadores empezaron a cosechar testimonios detrás de un velo de vergüenza. Cinco años ya de aquello. Por el camino, empedrado de sufrimiento, José, Juan Antonio, Almudena, Jesús, Teresa, Maribel, Florian, Alicia, Juanjo, Ángeles, Esther, María José y tantos otros que ya están en las hemerotecas han tenido que soportar heridas y ausencias, un polémico juicio y la niebla de la confusión política.
Y han sobrevivido.
La vida sigue
No remover el pasado. Una disculpa más bien torpe. Pocos desean olvidar; los familiares de las víctimas, menos que nadie. Pero no todos han navegado en la resaca de aquella espantosa tragedia de la misma forma. La vida sigue y la cruda realidad alcanza incluso a aquellos que creíamos metidos en una campana de cristal. «Acabo de perder mi empleo», se lamenta Juan Antonio Díaz, que el 11-M se encontraba en el andén de la estación de Atocha esperando la llegada de un tren que iba a llevarle, como cada mañana, a Coslada, donde trabajaba en una empresa de maquinaria. De repente, la explosión le envió al limbo. Estuvo quince días inconsciente en la UVI, con gravísimas heridas en el cuerpo y en el rostro, especialmente en un ojo, y en el alma, problema éste que creía superado después de muchas sesiones con el psicólogo. Hasta que se ha dado de bruces con el despido. Con el signo de estos tiempos. Así que la conversación deriva hacia la crisis económica y la escasez de oportunidades —piensa en su hijo, que está terminando la carrera de Periodismo—, mientras el 11-M queda en el fondo del desván de las pesadillas.
Hay quien desea regresar al anonimato. Quien duda sobre la bondad de hablar otra vez. Quien prefiere reservarse para otros foros, como el Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo, donde se siente más arropado y comprendido. Quien está demasiado ocupado. «Lo siento, Pilar no puede ponerse, está preparando una asamblea de la asociación». «¿No tiene diez minutos durante los próximos veinte días?». «No, ya le he dicho que está muy liada con lo de la asamblea». Y quien acepta el trato de no tocar temas espinosos para seguir conversando. «De acuerdo, hablemos del futuro». De los días que se extienden más allá de una fecha concreta. De los libros por escribir, de los viajes por hacer, de las películas por ver... de las experiencias por vivir. Por ellos mismos y por los que se fueron.
Otros, en cambio, temen el proverbial carácter olvidadizo de los españoles, el hartazgo del público por el «periodismo aniversario», y no renuncian a su labor reivindicativa para luchar por lo que consideran su principal misión: preservar la memoria y la dignidad de los fallecidos. No el 11-M. No esta semana. Sine díe. Porque la resaca, en efecto, nos durará toda la vida.

JUAN JOSÉ GONZÁLEZ: «Mi mujer me diría: sigue adelante, vive tu vida; sé feliz»
Mi vida sin ellos
Juanjo mira a Paula y ve a Ana. Así que tiene una respuesta sencilla cuando su hija, de nueve años, le pregunta «cómo era mamá». Alegre, vitalista, extrovertida, inteligente. Era psicóloga clínica y trabajaba en la Asociación de la Prensa. Más allá del intenso cariño que se profesaban, Juanjo tiene una deuda existencial con su esposa. «Soy como soy por Ana. Me rescató de los malos rollos y me enseñó lo que es la dignidad. He salido adelante de este trance gracias a ella», confiesa. El piso de Santa Eugenia donde vivían quedó cerrado a cal y canto hace cinco años. Probablemente no regresen nunca allí, aunque la niña continúa yendo al mismo colegio del barrio «porque no quiero que se desarraigue». La pequeña familia rota se reagrupó en la modesta casa de Vicálvaro donde los abuelos paternos «invernaban». «Somos de Baillo, un pueblecito de la comarca de La Cabrera, en el suroeste de León. Después de la muerte de Ana, mis padres vinieron a ayudarme. Y hasta ahora».
Conoció a la que sería la mujer de su vida a los 17 años. «Ella vivía en Vallecas y yo trabajaba en un almacén frente a la ventana de su casa», rememora. Lo que empezó como un cruce de miradas cuajó en una gran historia de amor que se vio interrumpida violentamente un 11 de marzo. «Los primeros años fueron difíciles. Estuve muchos meses de baja, yendo a la consulta de un psicólogo cada quince días. Le debo mucho a esta persona y seguimos viéndonos, pero no como médico y paciente, sino como amigos. ¿Cómo me va en 2009? No puedo quejarme. Le he dado un barniz de normalidad a mi vida, algo que considero fundamental para mi hija y para mí. Tengo un empleo de funcionario en el Ayuntamiento de Torrejón, leo, escucho música... y paso todo el tiempo que puedo con la niña, le echo una mano con los deberes, salimos al cine, a pasear, a comprar chucherías... Parecemos novios. Por suerte, Paula es una niña feliz. Cuando murió su madre tenía cuatro años y sus recuerdos están envueltos en una nebulosa. A veces, cuando me ve triste, me pregunta por ella. Le cuento anécdotas para motivarla. Visitamos a su abuela materna, que tiene 90 años y vive en Arganda, para que no olvide sus raíces».
El futuro está ligado a una petición que siente como si cada día se la susurraran al oído. «Mi mujer me diría: sigue adelante, vive tu vida, sé feliz. Mi prioridad es mi hija, pero sin olvidarme de mí mismo. Dentro de poco nos independizaremos de mis padres, aunque no volveremos a Santa Eugenia. Me gustaría retomar los viajes —una pasión que compartía con mi mujer— y conocer gente nueva. Sigo queriendo a Ana... y morirá conmigo».
En realidad, Ana no morirá con Juanjo. Y él lo sabe cada vez que posa su mirada en Paula.

ÁNGELES PEDRAZA: «Mi terapia es ayudar a otras víctimas»
Mi vida sin ellos
Ángeles paseaba la última Navidad por la Plaza Mayor de Madrid cuando un bombero le ofreció un calendario de 2009. Lo habitual: fotos de tipos cachas posando por una buena causa. Pero... ¡un momento! A éste en concreto lo conocía. Es Alberto. Entonces, como en un flashback cinematográfico, Ángeles se vio en el pabellón 6 del Ifema esperando respuestas. Y lo vio de nuevo. Un joven bombero que se acercaba tímidamente con un carné de identidad en la mano. El DNI de Miryam, su hija de 25 años, rubia, guapa, recién casada, una luchadora que dejó de respirar en la calle Téllez cuando iba a su trabajo en una gestoría. «Alberto se quedó conmigo toda la noche», recuerda Ángeles. «Fue muy cariñoso. Le busqué después de aquello para darle las gracias y, lo que son las cosas, me lo encuentro casi cinco años después en la Plaza Mayor vendiendo calendarios».
¿Qué ha sido de Ángeles durante este tiempo? «El día siguiente a los atentados pedí a mis amigos que me compraran todos los periódicos. Por si se me olvidaba algún detalle de lo ocurrido. El 14 de marzo, después del entierro de mi hija, empecé a escribir. Y seguí todas las noches, como si fuera un diario». El resultado, un libro titulado «Miryam fue uno de ellos», vio la luz en julio de 2005. Prólogo de María San Gil y Rosa Díez. Cartas, frases y canciones de algunos ídolos de Miryam (Alejandro Sanz, Fernando Alonso, Jesús Vázquez, Fran Perea e Irene Villa). Los derechos están cedidos a la Asociación de Víctimas del Terrorismo, de la que Ángeles es vicepresidenta. «Me siento bien ayudando a las personas que se encuentran en mi misma situación; es como una terapia. Mi trabajo en la AVT ocupa gran parte de mi tiempo. No hay nada peor que perder un hijo, pero no soportaría pasar página, que la gente se olvidara de nosotros. Necesitamos que se nos recuerde».

MARIA JOSÉ SALAZAR: «Nuestras historias no se fueron»
Mi vida sin ellos
La historia de María José es la de un regreso al lugar de su felicidad. Allí vivió con su marido, nacieron sus dos hijos, entonó una canción de cuna de letra improvisada, recitó versos de Pablo Neruda y de Gabriela Mistral y navegó lagos esmeraldas que se nutren de glaciares. También hay un cóndor que habla y sirve de guía a un niño en el Bosque de los Pasos Invisibles, un paraíso vedado a los turistas a petición del Ecodoctor, el protector de la floresta. Alguien que no conozca a María José sacaría una conclusión a bote pronto: estamos ante un ejercicio de escapismo. Pero, en realidad, «Félix en los Andes» empezó a escribirse antes del 11 de marzo de 2004. Tiene su origen hace tres lustros en Santiago de Chile, donde el marido de esta periodista, militar, trabajó en la agregaduría de Defensa de la embajada. «Chile nos marcó para siempre», confiesa María José. «Cuando volvimos a España, en 1995, quise plasmar nuestras vivencias en un libro de cuentos. Mi esposo se entusiasmó con la idea y no dejó de animarme. Después de su muerte, nuestros hijos han cogido el relevo y me pinchan para que no abandone el proyecto. Les digo que si ellos hacen los deberes yo no paro de escribir».
María José se ha dejado contagiar por el realismo mágico; ha establecido una alianza con la fantasía, pero describiendo seres y estares auténticos. Ha volado a Chile en tres ocasiones para refrescar su memoria. Félix, el nombre de su marido, es también el del niño protagonista del relato, que realiza un viaje iniciático en busca de una naturaleza deslumbrante, de palabras nuevas para nombrar las cosas. Un paseo por el paraíso. «Con el atentado no se fueron nuestras historias. Al contrario: se hicieron más necesarias que nunca». La canción de cuna no dejó de crecer.

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