Christopher Dickey: «Películas como Godzilla inspiran a Al Qaida»
Actualizado Domingo, 08-03-09 a las 11:29
Con Christopher Dickey nos vemos por primera vez las caras en el selecto Yale Club de Nueva York. En su biblioteca neoclásica llena de retratos de presidentes casi tomamos asiento bajo el de George W. Bush. Dickey se da cuenta y se levanta; acabamos a los pies de William Howard Taft. El ambiente es tan apacible y refinado que es fácil olvidarse de que esto es una cita de supervivientes. Hasta que Dickey dice: «Yo en el año 2001 ya vivía en París, pero el 11 de septiembre me encontraba en Nueva York, en mi apartamento en el Upper East Side. Estaba acabando una novela. Ese día le dije a mi mujer: hoy no me quiero distraer con nada, por favor no pongamos la tele. Hasta que el superintendente del edificio llamó a la puerta y dijo: “¿pero no ha visto usted lo que está pasando?”»
Pasan los años y, con pequeñas o grandes variaciones, la misma historia se repite en boca de millones de neoyorquinos —son ocho millones y medio—, y siempre es lo mismo, y nunca es igual. Una intenta colocar su propia batallita del 11-M y, aunque Dickey atiende muy cortés, no puede evitar que le salga un típico ramalazo egocéntrico.
—Sí, pero esto es distinto. De repente se hizo evidente que Nueva York es el primer objetivo del terrorismo mundial.
—¿Por qué?
—Por la concentración de poder económico y de medios de comunicación... Incluso por la particular forma de vida y de libertad que encarna esta ciudad... ¿Usted sabía que George W. Bush la odia?
Lo que Dickey cuenta es que, después de años devorando libros y películas de terrorismo-ficción en Nueva York, sus habitantes tomaron por fin conciencia de que la idea de matarles en masa podía ir en serio. Por ejemplo, cuando el dirigente de Al Qaida Abu Zubaydah contó a la CIA que su plan era volar «el puente de la película de Godzilla». Leyendo a Dickey nos enteramos de que las películas occidentales de catástrofes como «Godzilla» o «Independence Day» gozan de apasionadas audiencias en el Tercer Mundo, donde son una fuente de inspiración para Al Qaida. Esto no es ningún chiste.
«El puente de la película de Godzilla» no era otro que el puente de Brooklyn. Y sin embargo la policía de Nueva York no siempre ha sido la primera en enterarse de estas cosas.
—Antes creíamos que el gobierno podía protegernos, que ese era el trabajo de «los chicos de las tres letras», que es como llaman los policías a los miembros del FBI, de la CIA, etc.
Hasta que el 11-S pone en evidencia las limitaciones de la inteligencia federal. Y el nuevo alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, nombra jefe de policía a Ray Kelly, un ex marine que pasó por todos los niveles de responsabilidad del NYPD (Departamento de Policía de Nueva York) hasta dejarlo —en tiempos de Giuliani— para llevar primero la seguridad del Tesoro y después la del banco Bear Stearns. Desde sus oficinas presenció Kelly la caída de las Torres. En ese momento la llamada de Bloomberg se convirtió en la llamada del deber... y de la selva.
Dickey no oculta su admiración por Kelly: «Su objetivo era hacer todo lo que estaba en su mano, y también todo lo que no, para proteger la ciudad y para que nunca hubiese un segundo 11-S. Para él esto no era una tarea abstracta o burocrática como podía serlo para los federales. Para él era cuestión de vida o muerte».
Lo primero era obligar a los «chicos de las tres letras» a compartir información. «Pero ellos nunca comparten nada, sólo lo intercambian. Con lo cual Kelly decidió crear su propio servicio de inteligencia».
Entonces Kelly llamó a David Cohen, un antiguo alto cargo de la CIA caído en desgracia —le llamaban casi oficialmente Fucking Cohen— y le adjudicó 600 agentes. Había nacido una nueva forma de lucha antiterrorista. Dickey lo expresa así: «Todo el mundo que sabe algo de terrorismo y del mundo árabe tiene claro que la guerra de Irak fue una absoluta estupidez... No se combate el terrorismo invadiendo países sino intercambiando inteligencia y penetrando en las comunidades». Una de las revoluciones del antiterrorismo policial versus el militar es que la prioridad del primero no es tanto arrestar al culpable como evitar el delito. La prioridad es llegar a tiempo. Por eso cuando a Kelly lo despiertan a las dos de la madrugada —en Nueva York— del 11 de marzo de 2004 con la noticia de las bombas de Atocha, no lo duda un segundo: sin encomendarse a Dios ni al diablo, ni mucho menos al FBI, despacha a varios agentes a Madrid.
Para entonces el NYPD ya tenía a varios agentes desplazados fuera del país. Pero era la primera vez que caían como cazas de combate sobre el escenario de un atentado reciente. Las autoridades españolas de la época, recuerda Kelly en su libro «Protegiendo la ciudad», ofrecieron toda su colaboración. No así el FBI, que protestó enérgicamente y trató de entorpecer la labor de los «cops».
Y sin embargo aquella operación fue importantísima para mejorar la seguridad en Nueva York. Esa misma tarde se adoptaron medidas inspiradas en lo ocurrido en Madrid: se ampliaron los perímetros de seguridad en el transporte público y se reforzó la campaña para implicar a los pasajeros en la vigilancia («si usted ve algo, diga algo»). En 2008 se firmó el acuerdo para intercambiar información entre las policías de Nueva York y de Madrid, que se suma así a una coalición internacional de policías municipales con ramificaciones en Amman, París, Lyon, Londres, Montreal, Toronto, Santo Domingo, Singapur y Tel Aviv.
El otro gran logro de la policía de Nueva York es haberse dotado de un brazo armado lingüístico que no tiene parangón en ninguna otra fuerza antiterrorista del mundo. Dickey no sabe si reír o llorar cuando piensa en la CIA y exclama: «Aparte de lo inmoral que es, ¿qué sentido práctico tiene torturar a alguien a quien ni siquiera eres capaz de interrogar en su idioma?».
Durante años la inteligencia federal americana fue un muro impenetrable para los extranjeros, porque imperaba una mentalidad de guerra fría y miedo a los «topos». No así la policía, un destino laboral clásico para inmigrantes buscando integración. «Kelly y Cohen investigaron cuántos agentes de policía de Nueva York hablaban segundas lenguas como el árabe, el urdu, el farsi, etc... ¡y les salieron cientos!».
Gracias a ellos se multiplicó la capacidad de prevenir atentados como el que estuvo a punto de producirse cuando dos egipcios planeaban poner una bomba en el Metro: «...Pero se lo contaron a un joven estudiante de su país que había ganado una “green card”, y que a lo único que aspiraba era a salir adelante y a traerse a su familia. Y de repente le cuentan que quieren hacer volar por los aires todo ese futuro. El pobrecillo, sin casi hablar inglés, salió a la calle a buscar un policía. Al primero que vio le dijo desesperado: «¡bomba!».
El libro de Dickey concluye retratando a una policía que vela día y noche, armada de helicópteros capaces de escudriñar a la gente en sus cuartos de baño y de detectar por el calor de sus cuerpos si están durmiendo en sus camas, de lectores de matrículas capaces de medir la frecuencia con que el mismo coche pasa por el mismo sitio, de 62.000 agentes capaces de converger en un solo punto en minutos, etc... ¿Pero no es todo ello una acumulación casi enloquecedora de información y de poder?
Dickey admite en su libro que lo que más le impresiona de la policía de Nueva York es que confía en ella. Especialmente después de permanecer junto a ella toda una larga noche de fin de año en Times Square, con la feliz multitud expuesta a los ojos de cada fanático del mundo. Una diana perfecta. Rodeada, eso sí, por una fortaleza policial invisible.
Así es como puede concluir Dickey: «Transcurrieron los últimos segundos del año..y sólo el confetti explotó en la escena. No pasó nada más en Times Square. La policía de Nueva York había hecho su trabajo». <SC70,75>

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