Un agujero taladra su frente. Es la cicatriz del tercer tiro. ¿Pero quién creyó que una pistola bastaría para acallarla? Hoy su 1,75 de estatura y su belleza de cine cabalgan heroicas sobre una silla de ruedas. Su plan: salvar mujeres
Nadia Otmani: «El segundo tiro me dejó sin piernas, pero el de la frente no pudo cegarme»
La esperanza
Otmani (Fez, 1960) ha pasado de empresaria a líder de trabajadoras inmigrantes, de tomar 36 pastillas a ninguna, de llevar pañales a arrastrarse hasta el baño más próximo. Su proyecto (formación y trabajo) busca arraigar en África y cerrar la tumba del mar. La Comunidad de Madrid le apoya
Actualizado Viernes, 06-03-09 a las 09:08
-Resucitó de entre los muertos.
-Cuando mi padre murió -lo mató Hassán I en 1984, tras ser su guardaespaldas y mano derecha de su hermano-, mi hermana vino a estudiar a España. Yo había terminado Empresariales en Casablanca y tenía mi propia empresa de importación de moda francesa. Mi hermana conoció a un iraní, se casó con él y tuvo dos hijos. Yo venía continuamente a verla en medio de mis viajes de negocios entre Fez y París. ¡Cuántas veces me pidió que pusiera un negocio en Madrid! Incluso abrí una cuenta en un banco marroquí de la calle de Serrano. Pero yo no quería irme de Fez, alejarme de sus olores, de su medina, de mis raíces... A ella no le iba bien y tampoco decía gran cosa... Siempre tan reservada... Hasta que no pudo más y me dijo que buscáramos un piso. Se quería marchar, pero sabía que él no la dejaría.

El 5 de octubre de 1998 -mi vuelo salía dos días después-, discutieron y me llamó porque él se había ido de casa. Me extrañó en un hombre tan frío y calculador. Abrí la puerta de su urbanización en Barajas. Ella estaba con Ismael, de dos años, en brazos, y él sacó la pistola. La cubrí y grité que corriera y me disparó en la espalda. Caí al suelo, y seguí gritando que corriera, que corriera con los niños, y me disparó otra vez por detrás, en la cabeza. Ya no podía arrastrarme, mis piernas no respondían... Me sentí como una muñeca de trapo. Otra bala me dio en la frente y en una fracción de segundo perdí la vista. Grité y grité dónde estaban los niños y concentré toda la fuerza en ver y lo logré. ¿Sabe?, todo está aquí: en la cabeza.
-Y en el corazón.
-Desde el principio asumí lo que me había pasado y aún hoy, diez años después, no sé de dónde me viene la fuerza para contarlo. Pasé de ser puro nervio, todo el día de arriba para abajo, de tener una empresa, a no tener nada, en esta silla que tampoco ha podido ser una barrera.
-¿Pasó mucho tiempo en volver a su vida?
-Rápido. Unos once meses. No me quedaba otra. Lo había perdido todo y tocaba fondo. Para mí la depresión es un lujo que no me puedo permitir. En el hospital Ramón y Cajal di con una doctora, Fernández Cheto -se da cuenta, siempre son mujeres-, que luchó para operarme inmediatamente frente a otros criterios y me salvó. Luego, dio la batalla para trasladarme a la UCI del hospital de parapléjicos de Toledo. Pero la asistente social que nos atendió a mí y a mi hermana nos dijo que qué pintábamos en España y que nos fuéramos a Marruecos, que aquí no teníamos derecho a nada. Una mala trabajadora por la que ninguna otra mujer debería pasar. Tuvo la culpa de que mis sobrinos, nacidos en Madrid, se fueran a Marruecos al decirle a mi hermana, que estaba muerta de miedo, que estarían mejor allí; por ella nos vimos desamparadas. Y me propuse que ninguna otra se viera como nosotras, y así nació Al Amal, la esperanza: con ella me levanto cada día.
-Pero las siguen matando...
-¿Y dónde está el fracaso de la Ley de Violencia? En que no hay apoyo, en que todo es papel, en que una mujer con una paliza no puede ir de aquí para allá, no puede esperar ni un segundo, y por eso las llevo a mi casa con sus hijos, para que estén a salvo, porque es una emergencia y no hay tiempo. ¿Cree que si el que me disparó, que ya está en la calle, vuelve a por mí, con una orden de alejamiento caducada, tendré tiempo de sacar este móvil que me han dado, marcar no sé qué número, llamar y esperar a que alguien me socorra?
-¡Dios mío, no se sabe ni el número!
-No me lo sé porque es una vergüenza. Es una tomadura de pelo a las mujeres. El día 25 de febrero el ministro de Trabajo y la secretaria de Inmigración nos citaron en Ferraz a las asociaciones de inmigrantes. Me acerqué a Rumí y le pregunté de qué derechos de las mujeres hablaba, porque a mí no me engañan -diez años después no ha recibido nada-. Y esa mujer sin corazón encendió un cigarro y se marchó sin contestarme, sin decirme ni adiós. Lloré de rabia.

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