Actualizado Martes, 03-03-09 a las 14:47
Raúl Castro ha completado el proceso de sucesión dinástica. La totalidad del gabinete ya le responde disciplinadamente, con la excepción de Ramiro Valdés, un comandante histórico experto en coger gente presa y maltratarla sin compasión, con el que estuvo enemistado por muchos años. Fidel, pues, es ya irrelevante, y su muerte, cuando ocurra, será un suceso político que no tendrá otra importancia que la curiosidad de saber si lo creman y esparcen sus cenizas en la Sierra Maestra, lo momifican y lo acuestan, como a Lenin, rosadito y dócil, en la Plaza de la Revolución, o lo entierran en Birán, donde parece que están convirtiendo su casa natal en un mausoleo rural con olor a bosta de vacas y cantío de gallos. Mientras tanto, el viejo Comandante, enfundado en un chándal, cuando las tripas y las neuronas lo autorizan, se entretiene escribiendo unos parrafillos tontilocos a los que pomposamente califica de “reflexiones”, en lo que el forense le notifica que se acabó el baile.
Los grandes perdedores en estos cambios son Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, dos delfines que esperaban desde hace años su turno generacional para ocupar el poder, pero ambos cometieron el inmenso error de declarar en diciembre de 2005 que Cuba tenía dos presidentes, Fidel y Hugo Chávez, y que la revolución estaba dispuesta a sacrificar su soberanía y su bandera en la asociación con Venezuela. Raúl, naturalmente, les hizo la cruz. De gente así, tan lejana a él y tan cercana a Hugo Chávez, ese hombre que le da de comer, pero que le parece un cruce imposible entre Cantinflas y el Che Guevara, Raúl jamás podía esperar la lealtad que suele demandar de sus subordinados.
Las estrellas ascendentes, en cambio, son Bruno Rodríguez, abogado y nuevo canciller, hijo de Carlos Rafael Rodríguez, un viejo economista marxista y tercera figura del régimen hasta su muerte, ocurrida en 1997, y Marino Murillo, quien reemplaza a José Luis Rodríguez como Ministro de Economía, un reformista in pectore que murió virgen, porque en su larga vida burocrática nunca pudo contarle a nadie que el comunismo le parecía un disparate. Con ellos, y con los ocho generales sembrados en la cúpula dirigente, Raúl piensa revitalizar la exangűe sociedad cubana, mejorar rápidamente su miserable nivel de vida, y llegar al Sexto Congreso del Partido Comunista, convocado para septiembre u octubre, con el objeto de plantear las líneas maestras de su nuevo rumbo y sentar las bases para una transmisión ordenada de la autoridad cuando él también haya pasado a mejor vida (lo dudo).
¿Qué tiene Raúl en la cabeza? Algunos cambios económicos, inversiones extranjeras a raudales, preferiblemente en asociación con el gobierno, y mucha disciplina para aumentar la producción. De cambios políticos:
cero. Raúl va a tratar de manejar a la sociedad cubana de la misma manera que manejó al ejército durante medio siglo: ordeno y mando.
Mucha vigilancia. Mucho palo y tentetieso. Raúl cree que el problema está en el desorden y el robo de los cubanos, como el pobre Gorbachov, que tampoco era muy listo, creía que el problema de la URSS radicaba en el alcoholismo de los rusos.
¿Nada va a cambiar? Sí: Raúl no está interesado en polemizar con Washington ni en hacer la revolución planetaria. El “Socialismo del siglo XXI” de su protector Chávez le parece una manera boba de perder el tiempo. Él ya pasó por eso. Él sólo quiere ser un dictador doméstico, eficaz y tranquilo, y dedicar los últimos cinco años de su vida a arreglar los desaguisados de los cincuenta que gobernó su hermano. Nada más.

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