Lunes, 02-03-09
NADA es hoy más trascendente que evacuar al PNV. Como una mala y larga pesadilla. Reiterada. Eta no es más que anécdota: crónica negra, trivial y dolorosa. La tragedia es el Estado dentro del Estado que condena a las provincias vascas a repetir un lúgubre pasado: las guerras carlistas. Porque a esto se reduce todo en el PNV: a apostar contra la historia; a apostar por anclarse en tierra y sangre y mito de los antepasados y, a la medida ellos, tallar una dorada leyenda campesina. En la voz de Ibarreche no hay presente ni futuro; sí, pretérito perfecto que enraíza a los fieles en el mito tectónico del solar paterno. La suya es la salmodia de un chamán. Yo, en tanto, rumio a Gide: ¿Raíces yo? No soy un árbol.
¿Es un partido, lo fue alguna vez, el PNV? No. Ni siquiera el Partido, a la manera eclesial de las secciones de la Komintern, que debían, al cabo, rendir cuentas minuciosas ante el único poder central del camarada Stalin. El PNV es el Estado, no la parte. Como Estado fue concebido en el alucinado retorno al pastoril origen, que funda el ideal de Sabino Arana: valle bucólico de las almas puras, porque aún no contaminadas por progreso y sangre y lenguas foráneas. Allí no existiría conflicto de partes. Ni partidos, en literal consecuencia: ¿qué uso dar a un partido en esa unánime congregación de ángeles antes de la caída? PNV y leyenda vasca son lo mismo. PNV es advocación presente de la eterna Patria Vasca: idéntica a la nación, igual que idénticos son a los de ella su bandera y su himno. Sin PNV, Eta hubiera oscilado entre dos paralelas y prosaicas derivas. Bien el bandolerismo crónico que se instala en los intersticios de los Estados modernos y allí vegeta -a veces, prósperamente- como artefacto de extorsión y delincuencia tolerada: así la Cosa Nostra en Sicilia, la Ndrangheta en Calabria, la Camorra napolitana. O bien el suicida asalto al paraíso que aniquiló a una generación europea en los setenta: RAF alemana, Brigadas Rojas en Italia, Acción Directa francesa... La existencia de un Estado-PNV puso el espacio simbólico al cual vinieron a ajustarse los hijos díscolos -y, en su autoepopeya, heroicos- que exigen todas las mitologías fundacionales de patria. Sin este espacio mítico que pone la leyenda, la sangre vertida queda sólo en cosa de olor desagradable, que apenas brilla un segundo, antes de virar al ocre.
Ser dueño del Estado sirve para preservar el brillo. Aun de la sangre. Siempre que uno tenga, claro está, la certidumbre de que esa posesión suya es para siempre. Se hace entonces de lo sórdido leyenda. Porque es indispensable esa afectiva roca, para sobre ella alzar el fantástico negocio de ser uno con la nación, indistinguible. El PNV ha sido, a lo largo de tres decenios, la sola ley que ha unificado a todo, a todos, en el relato mítico de una tierra de príncipes destronados. O de santos. Y, por encima de desgarros de familia, al fin siempre en familia resueltos, que la tribu se sienta idéntica en su angélica añoranza de la aldea originaria. Sin PNV en el poder, la sangre que vertió Eta sería sólo sangre. Seca. Y Eta nada que no sea cualquier mafia bien tejida. Sin PNV en el poder, las tres provincias vascongadas serían eso: provincias. Como cualesquiera otras. Sin teologal añoranza de la idílica vuelta a lo pasado; que, por supuesto y como conviene a toda mitología, no pasó nunca.
Y es lo que esta ahora en juego. Una vez más. A pocos políticos tengo por más nulos que Pachi Nadie. Pero aun Nadie podría -y debe- llegar a ser saludable alivio frente al Todo aniquilador que fue y es el PNV. Mitología congelada. Tiempo del mito: tiempo que no pasa.

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