Lunes, 02-03-09
Cuando José Blanco instó en el verano a Emilio Pérez Touriño a adelantar las elecciones al otoño del pasado año, el PP confiaba en la soberbia del presidente de la Xunta para que no produjera esa circunstancia. Seis meses más tarde, aquel partido al que todas las encuestas daban un mal pronóstico electoral no sólo ha recuperado el diputado que le faltaba para la mayoría absoluta, sino que alcanza un pequeño colchón hasta los 39 escaños, pulverizando las expectativas del bipartito.
El factótum que ha llevado al PP de vuelta a la Presidencia de la Xunta es Alberto Núñez Feijóo. No sólo ha conseguido vertebrar un discurso propio en la Comunidad, sino que además ha blindado a su formación de los escándalos que arreciaban en Madrid con la «Operación Güertel» casualmente en ebullición durante la campaña y utilizada desde la izquierda mediática para desgastar a los populares. Y por si fuera poco, tuvo que prescindir de su cabeza de lista por Orense tras saberse que Luis Carrera tuvo un problema con la Hacienda Pública.
Tan sólo en Baleares se había dado el caso de que el partido que perdía una mayoría absoluta la recuperara cuatro años más tarde, con Jaume Matas al frente. Feijóo apenas ha tenido tres años, desde que en enero de 2006 logró la presidencia del partido, tras suceder a Manuel Fraga después de unas primarias de guante blanco, en las que el apoyo de Mariano Rajoy fue esencial, principalmente para desvincular al barón orensano José Luis Baltar de su respaldo incondicional de José Cuiña.
El panorama con el que se encontró Feijóo en el partido a su llegada a la presidencia era, hasta cierto punto, desolador. Una formación abatida por la derrota -menos dolorosa de lo esperada, eso sí-, sin preparación en sus equipos humanos para afrontar la oposición, con una renovación generacional pendiente y un discurso pendiente de urgente actualización.
Discurso urbano
La llegada de Feijóo produjo un cambio de ciclo esencial en el partido. Aquella implantación rural que sostenía las amplias mayorías absolutas de Manuel Fraga fue paulatinamente dejando paso a un resurgimiento de los populares en las grandes ciudades. Quedó evidenciado en las últimas elecciones municipales, donde se produjo la paradoja de ascender considerablemente en cinco de las siete grandes ciudades pero no gobernar en ninguna, en virtud de las alianzas PSOE-BNG.
Ese hecho de perder poder en las ciudades y en la Diputación de Lugo, de larga hegemonía popular, hizo tambalearse por momentos el proyecto popular. El retroceso vivido en las elecciones generales de 2008 tampoco ayudó e hizo que surgieran nuevas dudas alrededor de la oposición de Feijóo. Los resultados de ayer disipan toda sombra.
En estos tres años, Feijóo ha mantenido el «reformismo» y el «galleguismo» como las líneas de actuación de su partido. Acusado por la oposición de ceder al discurso centralizador del PP nacional, el popular gallego fue responsabilizado de «traicionar a Galicia» al impedir un nuevo Estatuto de Autonomía que cedía a las presiones de los nacionalistas.
Victoria en la recta final
El PP ha ganado la Xunta en los primeros dos meses del presente 2009. Ni siquiera las encuestas más favorables de inicio de campaña les otorgaban los 39 escaños. Pero el varapalo de la crisis, el creciente desempleo, los líos internos de PSOE y BNG en el seno del bipartito y el discurso homogéneo, austero y centrado en la economía han catapultado al líder de los populares, ayudados por los escándalos que han desnudado la verdadera naturaleza del bipartito autonómico.
Ahora tiene por delante una tarea difícil, a ratos titánica. Su fama de gestor le precede, pero necesitará algo más que discursos bien armados para hacer frente a una crisis que todavía no ha golpeado a Galicia con la crudeza que se espera. Sabe que el paro no va a frenarse sencillamente por el cambio de gobierno, y que su Ejecutivo va a estar en el ojo del huracán en todo momento, después de hacer de la «regeneración democrática» uno de los lemas de su proyecto.
En el PP a nivel nacional, Núñez Feijóo es, ahora sí, barón con gobierno, y una persona bien relacionada con todas las familias populares. No esconde que sus años en Madrid fueron algunos de los más felices que ha vivido, pero también es consciente de que cualquier veleidad de ascender en el terreno político supondría traicionar su propio compromiso con Galicia.

