
Sábado, 28-02-09
El ex congresista Luis Eladio Pérez, su gran amigo de cautiverio, habló en su libro de una mujer valiente, capaz de enfrentarse sin miedo a los guerrilleros que la tildaban de oligarca y la trataban con mayor dureza que a ninguno. El policía John Frank Pinchao, que estuvo ocho años secuestrado y protagonizó una fuga de película, le dedicó su libro a Ingrid por todo lo que le enseñó en la selva. Otro legislador, Jorge Eduardo Gechem, dijo que gracias a Ingrid estaba vivo.
Pero con la publicación ayer del libro «Fuera del Cautiverio», escrito por Thomas Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves, los tres contratistas estadounidenses que estuvieron secuestrados a la vez que Ingrid, el respeto por las intimidades personales que se vivieron en la selva quedó atrás.
La crónica de los 1.967 días de secuestro se centra en el comportamiento de las personas secuestradas. Pero como de los 44 «canjeables» que las FARC querían intercambiar por rebeldes presos, Ingrid era la «joya de la corona», el libro, de 457 páginas está lleno de detalles que empañan la imagen de Betancourt, a punto de terminar su propio libro.
Altiva y egocéntrica
Keith Stansell, uno de los empleados de Northrop Grumman, la contrata para la que trabajaban cuando lo secuestraron en 2003, afirma que Ingrid se mostró «altiva y egocéntrica». Que robaba comida, ocultaba libros e incluso los acusaba de ser agentes de la CIA. «La vi intentar asumir el control del campamento con una arrogancia descontrolada», afirmó Stansell, en la presentación ayer del libro en Bogotá. «Algunos de los guardias nos trataron mejor que ella», contó tras explicar que cuando ellos llegaron al campamento, Ingrid no quería que estuvieran allí.
Los otros dos estadounidenses liberados con Stansell el 2 de julio pasado junto con Ingrid y 11 personas más, coinciden en cuanto a la dureza de los años vividos. «Eran literalmente campos de concentración», explica Marc Gonsalves. «Apenas había espacio para respirar», contó tras relatar cómo los rehenes competían no sólo por el espacio y el único diccionario español-inglés del campamento, sino también por las minúsculas raciones de comida. «Era una suerte si en el insignificante caldo con una ración de arroz se asomaba una pierna o cabeza de pollo».
Gonsalves, sin embargo, defiende a Ingrid, dice que tuvo una relación sentimental con élla, y le atribuye otro romance en la selva pues según los estadounidenses, Betancourt y Luis Eladio Pérez también fueron pareja sentimental. «Es una mujer fuerte. Solía hacerle la vida difícil a esos guerrilleros», la defendió Gonsalves tras confesar que aún se hablan por teléfono y por correo electrónico. «Nunca la vi quejarse o llorar cuando la amarraban a un árbol», contó mientras en Colombia el marido de Ingrid, Juan Carlos Lecompte, reconocía en una entrevista que Ingrid lo había defraudado.
Supervivencia
Como todos los libros de ex secuestrados, éste tiene sus buenas dosis de enseñanzas para sobrevivir en momentos extremos. Para los estadounidenses fue vital enfocarse en proyectos como convertir troncos de madera en barras de ejercicio o fabricar un ajedrez artesanal.
A la pregunta de por qué sacaron a relucir tan delicados temas personales, Stansell afirma a ABC. «Era como una infección que padecí durante muchos años. Quería inocularla y moverla. Mi historia no es sobre Ingrid. Es sobre lo que tuvimos que vivir», dijo.
Sus otros dos compañeros lo ven distinto. Marc, de 36 años, compara lo que pasó con experimentos científicos. «Cuando pones varias ratas en una jaula pequeña, al final se comen las unas a las otras. Lo mismo pasa con los secuestrados. Uno debe convivir con gente de diferentes nacionalidades y culturas en circunstancias estresantes y adversas y en un ambiente muy deprimente. Que algunos problemas surjan es normal. Es la naturaleza humana».
Para Tom todo es cuestión de cómo se maneja el poder. «Teníamos unos jefes que eran las FARC. Las FARC nos decían con una pistola qué teníamos que hacer y qué no. No queríamos más jefes entre nosotros. Teníamos gente entre nosotros -entre ella Ingrid- que quería mandar. Y eso era suficiente».

