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La 81 edición de los Premios de Hollywood no ha deparado sorpresas. «Slumdog Millionaire», gran triunfadora de la noche, hace realidad el mito de David contra Goliat, Sean Penn arrebata el galardón a Mickey Rourke y Kate Winslet obtiene su merecido y esperada estatuilla. Penélope Cruz, en su segunda nominación, se convierte en la primera actirz española en recibir un Oscar
Actualizado Miércoles, 25-02-09 a las 08:41
Un guión perfectamente marcado. Así es como podría definirse la crónica de la 81 edición de los Premios de Hollywood. No hubo que contener mucho el aliento a la hora de escuchar los nombres de los vencedores ni asustarse con las descorazonadas caras de los vencidos. Una a una las estatuillas fueron recibiendo dueño en un alarde de impostada improvisación que más se parecía a la crónica de una victoria anunciada que a una noche cinéfila como aquellas que iluminaban los rostros de los amantes del séptimo arte.

Así es, todo salió según lo acordado. Danny Boyle se fue a casa con ocho estatuillas bajo el brazo (incluidas tres de las grandes, la de mejor película, mejor director y mejor guión adaptado), Kate Winslet recibió con ocho años de retraso un Oscar que en ocasiones confundió con un «bote de champú», Sean Penn le arrebató su recuperado minuto de gloria a Mickey Rourke y «El curioso caso de Benjamin Button» se desinfló antes si quiera de llegar a despegar (sólo obtuvo tres galardones técnicos).

La reina PenélopeY Penélope, nuestra Anna Magnani, la maravillosamente loca Maria Elena de «Vicky Cristina Barcelona» (¿Scarlett Johansson sale en el film?) quedó por fin coronada en el Olimpo de las estrellas hollywoodienses con un Oscar a la mejor actriz de reparto. Estatuilla que la sitúa directamente en los anales cinematográficos al ser la primera actriz española en recibir tan laureado galardón. Con un «no me lo creo» describía la actriz española la sensación que la embargó cuando escuchó proncunciar su nombre a Tilda Swinton (Bardem alegó rodaje en Barcelona con Iñárritu, juzguen ustedes), su predecesora en el «cargo». Quince minutos de feliz soledad, los que dice se pasó llorando en un escogido rincón, le bastaron para tranquilizarse y asumir su rol, el de embajadora del cine español en el mundo.

Un mundo que esta noche más que nunca se ha visto colonizado por la siempre saludable multiculturalidad. Si el agitado (por lo divertido, no se crean) paseo del reparto de «Slumdog Millionaire» por la alfombra roja presagiaba una noche teñida con un claro acento indio, la irrupción de tonos africanos en la canción original que Peter Gabriel compuso para «Wall-E» (el entrañable robot se llevó el Oscar a la mejor película de animación... ¿sorprendidos?) confirmaba la riqueza de matices de la noche. Riqueza que se multiplicó cuando, como unas de las escasas sorpesas de la noche, el Oscar a la mejor película extranjera fue a parar a manos de la candidata japonesa, «Departures» (Takita Yojiro).

Pero no sólo de multiculturalidad vivió la noche, pues la música ejerció un importante papel como conductora de momentos importantes de la gala, con Hugh Jackman ejerciendo de perfecto maestro de ceremonias, tal vez influido por su incursión en Broadway y dispuesto a evitar todo atisbo de bostezo en una audiencia que aprovechaba cualquier premio «menor» para escapar al abrigo de un aperitivo (lo de la copa es opcional). Una escapatoria que se vio frustrada por la acumulación de los galardones relevantes al final de la gala, como debe ser.

Crónica de una victoria anunciadaLlama la atención, sin embargo, cómo desde los primeros compases de la gala, con Penélope Cruz ya coronada, «Slumdog Millionaire» se perfilaba como la gran triunfadora al recibir el Oscar al mejor guión adaptado (la novela «¿Quiere ser millonario?» de Vikas Swarup fue la maravillosa fuente de inspiración de Boyle y su equipo), mientras que a «El curioso Caso de Benjamin Button» no le sirvió, ni siquiera, la mágica estela de Scott Fitzgerald en la extenuante adaptación de David Fincher. Manías de los académicos, que son muy suyos para eso de las historias con poso y peso social («Milk» se llevó el Oscar al mejor guión original).

Y si por algo se caracteriza el Oscar de Kate Winslet es por su peso y su poso. Peso por lo merecido del galardón por su papel en «El lector» y poso por la larga estela de esta curtida actriz que, como ella misma reconoció al recoger el galardón, «llevaba ocho años ensayando delante del espejo con un bote de champú». Pero lo de esta noche era real y el espejo no se volvió a romper para la esposa de Sam Mendes. El mismo espejo en el que se reflejó Micky Rourke durante largo tiempo. Aunque en el caso de «El luchador», la turbia estela de su atormentada vida no se volvió nítida en la noche de los Oscar y la cara que se reflejó en la pantalla fue la de Sean Penn, mejor actor por su interpretación del político Harvey Milk bajo las órdenes de Gus Van Sant.

«Porque algún día todos tengamos los mismos derechos». Fue la frase que resonó con (más) fuerza en el patio de butacas cuando Sean Penn recogió la estatuilla e hizo, sin miedo a caer en la retórica política en ocasiones tan vilipendiada, una referencia explícita a la legalización del matrimonio entre homosexuales. La suya fue la única proclama de corte político que se escuchó en el transcurso de una gala que tuvo sus momentos más emotivos en el Oscar póstumo a Heath Ledger por su diábolico Joker en «El caballero Oscuro» (finalmente sus padres y su hermana recibieron el galardón), cuando Jerry Lewis recogió el premio humanitario a toda su carrera y, sobre todo, cuando los enormes ojos azules de Paul Newman inundaron el inmenso horizonte del Teatro Kodak al recordar a los que en 2008 abandonaron el Olimpo de los dioses de carne y hueso para trasladarse al de los merecidamente eternos.

Eternidad que «Slumdog Millionaire» cotiza ya en el difícil devenir de la industria cinematográfica. El Oscar al mejor director para Danny Boyle y su coronación como la mejor película del año bajaron el telon de una noche de guión. El guión que día a día escriben los profesionales del séptimo arte, la fábrica de sueños que nunca deja de echar humo.

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