
Marisa Tomei y Micky Rourke /ABC
El cenicero humano
S. GAVIÑA
Mickey Rourke pertenece la lista de actores que vivieron el estrellato y el glamour de Hollywood durante unos años para desaparecer después víctimas de sus excesos personales y de un mal olfato cinematográfico. Rourke comenzó a probar las mieles de éxito en la década de los ochenta gracias a títulos como «La ley de la calle», «El corazón del ángel» (una de sus intepretaciones más celebradas) y, por supuesto, «Nueva semanas y media», título que encabeza la lista de filmes de contenido erótico y que aupó a la fama a la explosiva Kim Basinger (en la película llama a Rourke «el cenicero humano»). El filme le convertiría en un sex-symbol. Sin embargo, la suerte dejó de sonreírle. En los 90, su desmedida afición al boxeo le obligaría a someterse a varias intervenciones de cirugía plástica. A ello se sumarían dos divorcios y una elección de títulos que no logran encauzar su carrera. La redención le llega ahora de la mano de Aronofsky
Mickey Rourke pertenece la lista de actores que vivieron el estrellato y el glamour de Hollywood durante unos años para desaparecer después víctimas de sus excesos personales y de un mal olfato cinematográfico. Rourke comenzó a probar las mieles de éxito en la década de los ochenta gracias a títulos como «La ley de la calle», «El corazón del ángel» (una de sus intepretaciones más celebradas) y, por supuesto, «Nueva semanas y media», título que encabeza la lista de filmes de contenido erótico y que aupó a la fama a la explosiva Kim Basinger (en la película llama a Rourke «el cenicero humano»). El filme le convertiría en un sex-symbol. Sin embargo, la suerte dejó de sonreírle. En los 90, su desmedida afición al boxeo le obligaría a someterse a varias intervenciones de cirugía plástica. A ello se sumarían dos divorcios y una elección de títulos que no logran encauzar su carrera. La redención le llega ahora de la mano de Aronofsky
Viernes, 20-02-09
Hace años que Mickey Rourke se despeñó desde su tabernáculo de la cima hasta el asfalto, y ahora, al segundo bote, lo recoge Darren Aronofsky, uno de esos cineastas especiales que miran el mundo a través del culo de un vaso. Lo que ha recogido de Mickey Rourke el director de «Pi» o «Réquiem por un sueño» son los restos, los despojos, y después de haberse divertido con ellos los gatos (o cirujanos) callejeros, y con esas escurrajas ha construido un personaje, Randy, «the Ram», un luchador de pressing catch, tan descuajeringado física y moralmente como el propio Rourke: si no fueran el mismo, serían primos hermanos.
La película recoge al personaje ya de espaldas y envuelto en el sudario de sus días de gloria, completamente muertos y mal enterrados, como los extras del «Thriller» de Michael Jackson, que malvive en una caravana y que se sube aún a la lona para amortiguar el dolor de los golpes que recibe fuera de ella. Anabolizantes y trompazos.
Aronofsky sospecha que el material que usa es de derribo, un perdedor puro en su mejor momento de estercolero, y rehúsa disputarle el protagonismo: una mirada clara y a la altura de los ojos de los demás, una cámara sencilla (en su caso, la sencillez no es una virtud: es un milagro), una desacomplejada narración en la que los sentimientos no molestan y los clichés, tampoco...
Un cineasta «estupendo» nunca hubiera hecho coincidir a un fracasado y una prostituta de buenos sentimientos, y a una hija amargada, y a un mundo, el de ese teatro guiñolesco, trágico y enternecedor de la lucha libre, en el que endriagos y monstruos se meten en su papel como Sir Lawrence Olivier en su Hamlet... Un cineasta «estupendo» hubiera temido lo que rezuma esta historia tristísima y terminal. Un cineasta «estupendo» no hubiera tenido el arrojo de permitir esa escena de manual en la que Mickey Rourke, cara a cara con su hija, deja que un pedazo de lagrimón se escurra por el «steak-tartare» de su rostro... Pero Aronofsky ha demostrado, más que nunca, su valor como cineasta, escuchando más a sus personajes que a su estupendo ego.
Un cineasta «estupendo» nunca hubiera hecho coincidir a un fracasado y una prostituta de buenos sentimientos, y a una hija amargada, y a un mundo, el de ese teatro guiñolesco, trágico y enternecedor de la lucha libre, en el que endriagos y monstruos se meten en su papel como Sir Lawrence Olivier en su Hamlet... Un cineasta «estupendo» hubiera temido lo que rezuma esta historia tristísima y terminal. Un cineasta «estupendo» no hubiera tenido el arrojo de permitir esa escena de manual en la que Mickey Rourke, cara a cara con su hija, deja que un pedazo de lagrimón se escurra por el «steak-tartare» de su rostro... Pero Aronofsky ha demostrado, más que nunca, su valor como cineasta, escuchando más a sus personajes que a su estupendo ego.
Mickey Rourke hace el papel de su vida (léase como se lea), se arroja a él en cuerpo y en alma. Y la otra película que se deja Aronofsky sin orear, pero contada, es la de ella, el personaje de barra que interpreta Marisa Tomei, tan despojado como saturado.



