Miércoles, 18-02-09
POR AMALIA F. LÉRIDA
A primeras horas de la tarde de ayer las dotaciones de varios furgones de la Policía empezaron a desalojar la calle de León XIII. A pesar la insistencia de vecinos y periodistas, los agentes no informaban sobre las razones de tal despliegue pero pronto se corrió la voz de que los «asesinos vienen para acá». De inmediato, la calle se llenó de curiosos y de pandillas de jóvenes, los balcones de vecinos y en las azoteas no cabía un alfiler.
Así, hasta que a las dos menos cuarto de la tarde un Peugeot 207 paraba de lante del portal de la casa y veloz como un rayo se bajó un hombre esposado y agachado -era Javier- que, a pesar de su diligencia para acceder al zaguán, fue visto por la multitud que ya había tomado posiciones para increparle, insultarle y pedirle a las autoridades que «nos lo dejen a nosotros». Cuando todo parecía que volvía a la calma, en sentido contrario a la circulación de la calle una sirena avisaba de otro turismo que llegaba escoltado con más policías. Escudriñando entre los cristales del Opel Astra se vislumbraba en el asiento trasero, a la derecha, la figura de un joven con una sudadera oscura que se tapaba la cabeza con la capucha. La multitud se percató pronto de que era Miguel. De nuevo el coche tuvo que ser protegido de quienes corrían detrás y se avalanzaban sobre él con las caras transformadas por el odio. Eran las dos menos diez y hasta las seis y media de la tarde no volvieron a salir.

