Ha sufrido once robos en los últimos 18 años, cinco de ellos con violencia. En el último, el sábado pasado, le pusieron una pistola en la sien. Tras 43 años regentando una joyería, tira la «toalla» con cierto sabor agridulce
«¡Tengo miedo todos los días!»
Agapito Cantero, nervioso y preocupado, después de 43 años regentando una pequeña joyería junto a la plaza de Manuel Becerra | IGNACIO GIL
«No queremos que nadie nos condicione la vida»
«¿Qué vamos a hacer ahora?» Es la pregunta que se hace toda la familia de Agapito Cantero, tras el último y violento atraco sufrido por este. «No queremos que nadie nos condicione la vida. Ni estar con el alma en vilo y sin pegar ojo», explica Angelita, su mujer. Sabe que su marido es duro de roer. Que no le va a ser fácil dejar un trabajo «del que está enamorado», y cuyo oficio aprendió de su padre, Rosito, un relojero de los de antes, que le enseñó a los siete años a limpiarlos con gasolina y una brocha. Ella ha vivido con él todo estos años de esfuerzo y lucha. Y también algunos de los robos que han sufrido, aunque no ha estado presente en los violentos. «Sufrimos el primer butrón de la capital. Fue en 1981, y entraron en la tienda por una contigua que había en donde ahora hay un banco. Ese fue también gordo, pues nos quitaron 42.000 euros y no teníamos seguro. Lo pasamos fatal porque estábamos pagando nuestra casa y no podíamos comprar género. Íbamos adquiriendo según vendíamos», cuenta Angelita. Luego llegó el «mazazo», otro asalto a mano armada con tres sujetos y otra pistola, otro con una navaja...
Martes, 17-02-09
Vivir para contarla. Es lo que le ocurre a Agapito Cantero, que se ha pasado 43 años viendo pasar la vida detrás del mostrador de su minúscula y modesta joyería-relojería, Ros-May, situada en el número 2 de la calle del Marqués de Zafra, junto a la plaza de Manuel Becerra. Vendiendo relojes, cadenas y pulseras, primero para los hijos de sus clientes y luego para los nietos de esos; y haciendo todo tipo de composturas para la gente del barrio.
Ha criado y educado a sus tres hijos y tiene dos nietas, pero ha vivido y vive, única y exclusivamente, para su oficio. Más que por los beneficios que puede obtener, por pura vocación, porque disfruta de lo que hace. De su trabajo. Esa es su gran riqueza.
Sin embargo, está nervioso y preocupado, como toda su familia. No es para menos. Todos ellos llevan varias noches en blanco. Están asustados. Por lo que pueda pasarle. Igual que el propio Agapito, aunque trata de resistirse cuanto puede. «¡Claro que tengo miedo todos los días!, pero estoy enamorado de mi trabajo», explica.
Un asalto de tres minutos
A pesar de ello, le ha echado valor, porque ha sufrido once robos en 18 años, cinco de ellos con violencia. Por suerte, sin consecuencias físicas. Las psicológicas son otro cantar. El último fue el sábado pasado, cuando fue asaltado por cuatro suramericanos a las 10.25, justo cuando su mujer había ido cinco minutos a casa a subir la compra. «No tardaron ni tres minutos. Uno de ellos ya había venido el viernes, con la excusa de comprarle una cadena de «calabrote» o barco -gruesa- a su novia por San Valentín. Dijo que en cualquier momento se pasaría para comprarla porque no llevaba dinero», dice.
Regresó el día de autos y muy bien acompañado. «Había dos clientas en la tienda, se la enseñé y dijo que iba a por la «plata», que le hiciese una rebajita. Las dos mujeres se fueron y cuando yo me disponía a guardarla en la caja fuerte, entró, gritando: «¡No la cierres, que te mato!. ¡Esto es un atraco!. Y saltó por el mostrador, rompiendo el cristal y apuntándome en la sien con la pistola».
Simultáneamente, otro individuo se situó en la entrada e hizo una seña con la mano a alguien. Este saltó por el otro lado del mostrador, cerrándole el paso. Acto seguido llegaron los otros dos. Agapito no paró de gritar los tres minutos del atraco. «¡Cállate o te mato!», le repetía el asaltante. «¡Tú mátame, pero no pienso callar!», replicaba él, aún afónico.
Agapito no dudó un segundo y pulsó la alarma. Los nervios hicieron que se equivocara y tocara la de Cruz Roja en lugar de la de Policía. «Dio igual porque nadie contestó; por eso llamaron a mi casa y hablaron con mi mujer que se asustó y bajó corriendo». Cuando llegó, ya había terminado el atraco.
Los asaltantes se llevaron varias mantas y plafones con medallas, pulseras, cadenas y cruces que sacaron de la caja fuerte. Nada de las estanterías porque no podían abrirlas. «Salieron a la calle, con ellas en los brazos, sin meterlas en la bolsa que traían», dice, atónito.
Cuando se marcharon salió a toda prisa y aún pudo ver «cómo se metía el último delincuente por la ventanilla en el coche que les esperaba en doctor Esquerdo, en el carril bus, para ganar tiempo y no tener que dar la vuelta y sortear a los coches por las vallas que separan la acera de la carretera».
80.000 euros tirando por lo bajo
Ahora tiene un enorme moratón en un brazo, el runrún por todo lo que pasó y lo que pudo haber pasado, y unas pérdidas de unos 80.000 euros en mercancía a precio de coste.
Tenía previsto echar el cierre definitivo el 1 de abril, y jubilarse porque tiene 68 años aunque su trabajo es su vida. Ahora está entre la espada y la pared porque los suyos quieren que lo deje ya. Que no espere más. Él, escucha a Angelita, su mujer, su compañera de fatigas, y no responde.
Él sigue hablando de su trabajo y de lo feliz que fue cuando arregló un reloj de bolsillo de 1753 que muestra, toda una reliquia. «Tarde dos años, pero me sentí tan bien...». ¡Que lo siga contando!

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