Domingo, 15-02-09
ES una operación de liquidación política contra la oposición, manejada con ritmo estratégico y una escalonada cadencia de precisión. A partir de la evidencia de una trama corrupta, cuyo alcance se mantiene difuso para aumentar el efecto de la onda expansiva, el proceso judicial está siendo utilizado como jaleador de una rehala. Sin disimulo: la procaz exhibición de la cacería de Jaén no es más que una siniestra demostración de arrogancia. El diseño incluye un gran tiroteo final que arrase al Partido Popular ante la opinión pública, pero antes lo van a marear durante dos o tres meses con una jauría de acoso. Cuando llegue el momento, Garzón señalará nuevas imputaciones de aforados que le obligarán a soltar el sumario como quien deja caer un rifle recalentado de pólvora.
El objetivo es el aznarismo y sus secuelas, que Rajoy mantuvo en el tiempo por no atreverse a cortar el cordón umbilical de su liderazgo. Hay ex ministros de Aznar que ya no están acogidos a fuero parlamentario y pueden acabar «paseados» por las escaleras de la Audiencia. No importan tanto las responsabilidades penales que acaben resultando depuradas como el efecto demoledor de las acusaciones y la sospecha. El goteo de imputaciones puede arrastrar por el lodo a un PP que ahora mismo está luchando, como Macbeth, contra fantasmas, y cometiendo errores tan palmarios como el de intentar recusar al juez antes de obtener la admisión como parte en el sumario. Durante meses, quizás años, dirigentes y cargos públicos han sido sometidos a un escrutinio secreto y exhaustivo cuyos resultados van a ir apareciendo en los medios al margen de su relevancia penal. El juicio técnico, procesal, es lo de menos; de lo que se trata es de conseguir un veredicto genérico de condena y escándalo que destroce en pedazos cualquier posibilidad de alternativa política.
Aunque con casi toda probabilidad esté exenta de culpas, la actual dirección no carece de responsabilidades. El liderazgo pasivo de Rajoy aplazó demasiado tiempo la necesaria depuración interna, y prefirió la solución de continuidad al relevo de la nomenclatura que demandaba la nueva etapa tras la derrota de 2004. Pesó la necesidad de mantener la cohesión, y ahora va a pagar esa demora. Un juicio al aznarismo es también un juicio a este PP, cuyos militantes y cuadros se van a sentir además directamente enfocados. Todo eso lo sabe el poder, que ha manejado la investigación de la Fiscalía con una delectación implacable. Garzón es el instrumento ejecutor, la escopeta de una montería en la que Montesquieu ha resultado abatido a postazos como víctima colateral de otra caza mayor cuyas piezas aún no han entrado en el campo de tiro. Pero los ojeadores ya las tienen localizadas.

