Domingo, 15-02-09
El corazón de Eluana se apagó el lunes después de permanecer 17 años en coma. Su fin llegó con la retirada de una sonda que le alimentaba artificialmente y una larga batalla legal que ha dividido a Italia los últimos meses. Durante casi dos décadas Eluana permaneció en un estado extraño en la que su voluntad no gobernaba su cuerpo. Como estuvieron Eduardo, Javier o Manuel. Su pesadilla duró menos tiempo, pero salieron de ella y hoy pueden contarlo. Las suyas son vidas «resucitadas» a los que el coma aún les sigue pasando factura. No hubo milagros, pero sí una historia de superación para recuperar las capacidades perdidas.
Nadie que ha permanecido en estado vegetativo se despierta, sin más, como si hubiera sido un mal sueño. No abren los ojos y comienzan a hablar como si nada hubiera ocurrido. Esas historias sólo alimentan los guiones de películas como «Goodbye Lenin». La realidad es otra. Muchos sobreviven, pero casi siempre con graves secuelas físicas, psíquicas y cuanto menos emocionales.
Eduardo de Bordóns lo sabe bien. Su vida ha estado siempre unida al daño cerebral. Director Técnico del Centro de Rehabilitación Neurológica CRENE y profesor de la Universidad Complutense ha lidiado con los daños neurológicos desde que tiene conciencia. Uno de sus hermanos sufrió una lesión cerebral en el momento del parto. Después sus pasos profesionales se orientaron al mundo de la discapacidad. Se convirtió en terapeuta y ahora es uno de los miles de españoles con daño cerebral.
El año pasado, una desafortunada cirugía le sumió en un profundo sueño del que no despertó en dos semanas. Esos días no fueron una página en blanco para él. «Me he pasado 25 años en la Universidad explicando a mis alumnos que las personas en coma no son conscientes de nada y ahora sé que no es cierto. Mientras estuve sin consciencia oía cómo los médicos decían que no tenía solución. También noté el apoyo de mi mujer y mi madre. Ellas me dieron la fuerza necesaria para pelear por la vida. La mayoría de los médicos en las UCI recomiendan tocar a los pacientes, hablarles, ponerle música,.. Lo hacen sin mucha convicción. Yo ahora puedo afirmar que realmente es útil».
«Se equivocaron con Eluana»
En el centro de rehabilitación CRENE, el caso Eluana era imposible que pasara inadvertido. «Ha sido un comentario permanente», asegura Eduardo. «Creo que han tomado una decisión equivocada. Todos en este centro conocemos o hemos vivido situaciones límite. Niños que llegan como un auténtico trapo y logran andar. O como yo, con mis dos piernas paralizadas. Ahora camino gracias a la rehabilitación. No hay milagros. Salimos adelante con secuelas, pero estamos vivos. No podemos saber si habrá un avance que mejore nuestra situación. Nunca debemos tirar la toalla».
Para él, uno de esos progresos que le han cambiado la vida después del coma es un fármaco con aspecto de chupa-chups del que nunca se separa. Sabe dulzón, aunque no es ninguna golosina. Libera morfina en la cantidad justa para superar los «golpes de dolor», una secuela de la cirugía. «Hubo momentos en que pedía a gritos que me mataran». ¿Hubiera preferido no despertar? «Cuando hablo sobre ello con mi mujer, terminamos llorando. Mi respuesta es: quiero vivir, pero sin dolor».
La rehabilitación desde el primer día es la mejor arma para estos enfermos. «Soy un afortunado porque tengo un centro especializado en este tipo de tratamientos. Pero la mayoría de los afectados salen del hospital sin saber dónde acudir y cómo pagar su tratamiento». Las necesidades de los enfermos con daño cerebral motivó hace cuatro años un informe del Defensor del Pueblo que ha quedado en papel mojado.
«Yo elegí vivir»
A sus 35 años, Javier Dorado también tuvo que volver a aprender a caminar, a vestirse a conducir... Hace nueve años un accidente de tráfico cambió su suerte. El impacto le sumió en un sueño profundo del que no despertó en 23 días. «Somos médicos y no creemos en los milagros. Puede morir en cualquier momento», dijeron a su familia. No hubo fisuras en la respuesta: «Vamos a empezar a creer en ellos y a pensar que no se va a morir». Mientras estuvo en coma sus hermanos le acompañaron, le hablaron, le tocaron... «Tengo la convicción de que ese contacto me ayudó a superarlo. Elegí quedarme y vivir», cuenta Javier.
Al despertar no recordaba nada. Ese vacío en su cerebro empezó a rellenarse un año después del accidente, el día que volvió al hospital para dar las gracias a sus médicos. «Cuando caminaba por los pasillos oí unas voces que identifiqué con las enfermeras que me habían cuidado». A partir de ese momento empezó a recordar. Los comentarios, las voces y aquella sensación tan agradable. «Nunca jamás he sentido tanta angustia y, al mismo tiempo tanto bienestar. No vi la luz al final de túnel como se cuenta. Sí oscuridad, momentos de mucho ruido y angustia que he querido identificar con la muerte. Y también sensaciones agradables. Me he visto flotar, he sentido un cuerpo liviano que no pesaba, mucho bienestar.. Desde entonces, he perdido el miedo a morir. Pero me gusta lo que me da la vida, los besos de mi hija, mis amigos, mi trabajo...».
Es difícil comparar estados vegetativos que han durado semanas con los 17 de años de Eluana. Javier sí encuentra paralelismos: «Nadie sabe cómo estaba ella. En eso sí soy me puedo comparar. Yo estuve en coma. Igual que Jesús Neira y estoy seguro de que, como yo, se debatieron entre el querer vivir y no poder hacerlo».
Cada uno de esos 23 días sin consciencia suman «una experiencia inigualable». «Me ha aportado una sabiduría, que considero un regalo. De aquí (se señala la cabeza) estoy mejor. Me expreso como no lo hacía antes del coma. Valoro la vida cómo nunca». Y lo dice, pese a que nueve años después, trabaja con su fisioterapeuta para recuperar por completo el control de su lado izquierdo.
«El camino es duro»
Manuel no ha logrado recordar aquellos 17 días en los que no despertaba. Pero las historias del coma de Eluana o la del profesor Jesús Neira no pasan indiferentes. «Cuando oía a la mujer de Neira decir que se irían de viaje en cuanto se recuperara su marido, sonreía. Sí se irán, pensaba, pero dentro de mucho tiempo. Esto es muy duro y muy lento». ¿Y si sus padres hubieran decidido por él dejarle marchar?. «No sé, yo ahora estoy agarrado a la vida», sonríe. Han pasado tres años desde que la hemorragia cerebral le dejó en coma, con sólo 34 años. «Acabo de tener una sobrina. A ver si nos lanzamos a caminar juntos».

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