Los hijos bastardos de Darwin: La eugenesia y las teorías racistas
Actualizado Jueves, 12-02-09 a las 18:24
La obra de Charles Darwin removió los cimientos del conocimiento científico. Como ha dicho algún estudioso, se trató de la aportación más decisiva desde los hallazgos de Copernico. Con Darwin y su teoría de la selección natural de las especies, no sólo se removieron los cimientos del conocimiento ceintífico establecido. También brotó lo que la historiografía denominó «darwinismo social», una corriente que Gobiernos de diferente signo quisieron instrumentalizar como coartada para sus proyectos políticos, proyectos que muchas veces se cimentaron sobre la violencia y la opresión.

Extrapolar a las sociedades humanas, las conclusiones que el naturalista inglés sacó en relación con los ecosistemas naturales, tal y como autores de la época como Herbert Spencer, sirvió para justificar las desigualdades sociales e incluso las políticas racistas que los Gobiernos de las potencias europeas aplicaban en sus colonias con total desprecio para la población autóctona.

Pasó poco desde que en 1858 Darwin explicara que en la naturaleza se opera una selección en la que sólo los mejor diseñados subsisten hasta que se quiso pensar que idéntico mecanismo regía entre los hombres. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche afirmaba en una obra de elocuente título, «Voluntad de Dominio», que sería deseable que existiera una casta de superhombres que llevara las riendas de la colectividad y domeñara al resto de sus semejantes, igual que ocurre en el reino animal.

La noción de unas criaturas como mejores que otras animó un afán por depurar la especie humana. Había nacido la eugenesia. El más reputado historiador de la actualidad, el británico Eric Hobsbawm, ha definido a la eugenesia como «un movimiento político, protagonizado por la burguesía y la clasde media, que urge a los gobiernos a tomar medidas para la selección genética de la especie humana».

El delirante culmen de la Alemania hitlerianaLa veda se había abierto. Las tesis de la superioridad racial comenzaban un desarrollo que tendría su delirante culmen en la Alemania hitleriana. En 1913, ante el inminente comienzo de la Primera Guerra Mundial, el general Bernahrdi, en su obra «Alemania y la Próxima Guerra», planteaba que la victoria en el campo de batalla tembién dependería de una mejor aptitud genética.

El imperialismo europeo, que alcanza su apogeo en el XIX, no dudó en recurrir al racismo como argumento legitimador de su presencia en confines de la tierra en las antípodas de su órbita cultural. Una pretendida superioridad de la civilización europea,cuya raíz última estaría en una preeminencia étnica, sirvió para jusitificar las políticas imperialistas de franceses, británicos y otros.

No deja de ser sintomático que la fórmula jurídica más empleada fuera la del protectorado, como si los nativos respondieran al arquetipo del «buen salvaje» que definió Montesquieu, unos seres bondadosos, pero en este caso necios a los que hay que tutelar.

Paradigma del modo de pensar en este sentido fue el discurso pronunciado por Lord Salisbury en 1898, el que ha pasado a la historia como el de las «naciones moribundas». Salisbury era el primer ministro británico en la época en la que el vetusto imperio español terminaba de desintegrarse. También este fenómeno lo explicaron los partidarios de la eugenesia acudiendo al RH.

Las teorías que en el campo de la biología formuló Darwin siguen hoy vigentes. El darwinismo social por el contrario quedó denostado. El racismo en el mundo actual, aunque sigue existiendo, ya no es ni ni explícito ni oficial.

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