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Miércoles, 11-02-09
A lo largo del mes de enero, Rodríguez Zapatero consiguió eludir la comparecencia ante el Congreso de los Diputados en sesión extraordinaria gracias al pacto del PSOE con los grupos minoritarios. Sin duda, el presidente prefería lanzar mensajes prefabricados a través de la televisión o de los mítines partidistas. Sin embargo, lo mismo que no consiguió entonces convencer a los ciudadanos, tampoco ayer pudo ofrecer buenas razones a los parlamentarios. España ostenta, por desgracia, el liderazgo de la Unión Europea en materia de desempleo y es posible que se supere la cifra de cuatro millones de parados a pesar del voluntarismo que transmite el Ejecutivo. Después de rechazar de forma temeraria el reconocimiento de la crisis e incluso de llamar «antipatriotas» a quienes simplemente decían la verdad, la reacción del Gobierno se limita a una serie de ocurrencias tan discutibles como la financiación de obras locales en condiciones poco convincentes o, como hizo ayer, al anuncio de un recorte de 1.500 millones de euros en gasto corriente, con varios meses de retraso. Mientras tanto el drama sigue creciendo, porque bajo las cifras abstractas se oculta en cada caso una grave tragedia personal y familiar.
Ayer, en el Congreso, Zapatero ofreció un discurso lleno de generalidades e imprecisiones. Es lógico que esté «preocupado» por los parados y que reclame la «cooperación» de las fuerzas sociales y políticas, pero es evidente que de ello no se desprende ningún resultado concreto. Su credibilidad es cada vez más limitada, por mucho que recurra a la retórica y envuelva su discurso con apelaciones a la unidad frente a la crisis. La medida más concreta que ofreció está directamente copiada de una propuesta del PP, buena prueba de la falta de ideas que caracteriza al Ejecutivo. Con un discurso sólido y convincente, Mariano Rajoy puso de relieve la debilidad del enfoque socialista. El presidente del PP mostró a Zapatero la cruda realidad de una situación que ha colocado al Ejecutivo en un callejón sin salida. Como dijo el líder de la oposición, Rodríguez Zapatero contribuye a «empeorarla» con su ineficacia y pasividad. No obstante, el PSOE cuenta con la complacencia de los sindicatos y con sus propias maniobras de distracción a base de debates artificiales. Así, pretende salir del paso sin aportar nada a la confianza imprescindible para la recuperación económica y, lo que es peor, sin ofrecer soluciones a la angustia de muchos millones de ciudadanos.
En definitiva, Rodríguez Zapatero hizo ayer un discurso repleto de lugares comunes y de promesas sin fundamento. En la situación actual, los poderes públicos deben transmitir confianza a una opinión pública cada vez más escéptica ante los planteamientos de un gobierno cuyo vicepresidente económico muestra una actitud pasiva y cuyo ministro de Industria ofrece cada día una nueva ocurrencia. El responsable principal, en su calidad de presidente del Gobierno, demostró ayer, una vez más, que no está en condiciones de asumir una tarea que exige mucho más que una retórica vacía. Ni en la calle ni en el Parlamento resulta convincente este Gobierno, desbordado por la magnitud de una crisis que hace pocos meses negaba y que, ahora, avanza imparable ante la falta de respuesta de un presidente empeñado en una absurda huida hacia adelante.
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