Gonzalo Anes es el timonel de un viejo pero nada antiguo navío, la Real Academia de la Historia, un buque que surca desde 1735 las aguas a veces sombrías, otras veces luminosas, pero siempre bravas de nuestra Historia, que arriba ahora a un nuevo puerto con la publicación de este Atlas. «Cuando se hace un trabajo como éste -explica el Director de la RAH-, con estos resultados, siempre se queda uno tranquilo». Tranquilidad que nace de un trabajo hecho a fuego lento, con minuciosidad y exhaustivas revisiones por parte de los académicos, de forma que tal como subraya Anes «nos ha dejado a todos satisfechos pensando que se trata de una obra muy útil que nos va a servir a todos, tanto a los investigadores y especialistas como al gran público».
Este Atlas es el puerto de atraque de una travesía comenzada en 1735, cuando un grupo de ilustrados dio los primeros pasos de lo que sería la Real Academia de la Historia. Primero, apenas si fueron una tertulia, pero en poco tiempo su número creció y también sus necesidades. Pasaron de reunirse en un piso particular a hacerlo en la Real Biblioteca, y pronto vieron la necesidad de ponerse al amparo del Rey, Felipe V, y solicitar su «regia protección». El Monarca así lo hizo, y el 18 de abril de 1738, aquella tertulia pasó a denominarse Real Academia de la Historia, cuyo fin era dar vida a un «Diccionario Histórico-Crítico Universal de España», del que se esperaban «grandes utilidades en beneficio común», y se indicaba también que «la vasta obra», además de poner en claro «la verdad de los sucesos» habría de desterrar «las fábulas introducidas por la ignorancia o por la malicia».
«Un trabajo inabarcable»
Durante años, los académicos se aplicaron a la tarea, pero el trabajo se acumulaba, máxime cuando a la Academia, como Cronista de Indias, también se le encargó realizar una Historia de América. «Llegó un momento -cuenta Gonzalo Anes-, en el que la cantidad de trabajo era inabarcable y, finalmente, tanto la Cronología como el Diccionario, quedaron aparcados durante los siglos XVIII, XIX y XX». Ahora, casi trescientos años después, «por fin hemos podido concluir el Atlas Cronológico, con lo que la Academia cumple con un compromiso secular, contraído cuando se fundó».
ACHE nace, pues, con vocación de rigor y de objetividad, o como le gusta decir a Gonzalo Anes, «sin adjetivos». «Sí, eso es cosa mía», sentencia el director de la RAH. «Uno de mis maestros fue don Ramón Carande, y recuerdo que él siempre me decía en tono de queja lo mucho que tardaba en poner en limpio las cuartillas que escribía a mano para sus grandes libros. Yo, sabedor de sus grandes cualidades literarias, le preguntaba sobre el porqué de aquel retraso, y él me decía: «Mire usted, porque no quiero escribir con adjetivos, y por lo tanto tengo que buscar sustantivos que califiquen. Así que cuando comenzamos el Atlas, me dije, adjetivos ni uno, y menos aún, adverbios».
Anes defiende que «de todas las épocas, la más difícil de entender es siempre la más cercana. ¿Por qué? Porque hay intereses mucho más vibrantes en quienes estudian e investigan, que les hace no ser todo lo objetivos que debieran de ser». ¿Estamos, entonces, ante la malicia y la ignorancia contra la que querían revelarse los académicos del XVIII? «Como alguien me ha dicho, ahora, en vez de malicia «o» ignorancia, tal vez debamos hablar de malicia «e» ignorancia». Malicia, ignorancia y también el vicio tan actual de «mirar el pasado con la lupa de hoy, de forma que no se puede entender nada. El pasado no se puede contemplar como una película con buenos y malos, aunque eso pueda resultar gratificante para los que sólo quieren que en la Historia «ganen» los suyos».
Algo de lo que precisamente huye este Atlas, que nace, como vuelve a subrayar Gonzalo Anes, «sólo como información, vaciado de contenido ideológico y como un conjunto vertebrador y válido para todos los españoles. Finalmente, no puedo dejar de agradecer la profesionalidad con que la editorial SM ha hecho realidad este viejo proyecto de la Academia».

