Viernes, 06-02-09
Venerado y al mismo tiempo injustamente ignorado. El artista neoyorquino Paul Thek (1933-1988), considerado por muchos «un artista de culto», mantuvo toda su vida una relación amor-odio con su ciudad natal, por la que pasó de puntillas; una circunstancia que marcaría su obra y le empujaría a cruzar el charco. En un continuo vagar por el viejo continente, este creador rebelde y ajeno a las modas de su tiempo recorrió Italia, Holanda, Alemania, Francia... pero nunca encontró su sitio. Ahora, cuando acaban de cumplirse veinte años de su muerte, el universo creativo de Thek irrumpe en España en una ambiciosa retrospectiva que inaugura el Museo Reina Sofía.
La muestra, organizada en colaboración con el ZKM, Museum für Neue Kunst Karlsruhe y la Sammlung Falckenberg Hamburg, revela el implacable efecto que el trabajo de Thek tuvo y sigue teniendo en el arte contemporáneo. En total, el museo reúne 350 obras del artista, entre objetos, pinturas, dibujos, instalaciones y fotografías. De la obra expuesta destaca la serie «Relicarios Tecnológicos» (1964-1967), que el autor creó tras una visita a las catacumbas capuchinas de Palermo. En unas urnas de metacrilato, Thek introduce trozos del cuerpo humano realizados en cera pero dotados de extremo realismo. Su objetivo: ironizar sobre la corriente minimalista que dominó el Nueva York de los años sesenta y, de paso, apostar por la humanización del arte.
Personalidad contradictoria
«En aquellos años me sentí enjaulado, como un miembro inútil de la sociedad que se limitaba a producir objetos cada vez más extraños. Yo quería restituirle al arte la crudeza de la carne», llegó a decir el artista. Una vez en Amsterdam, Thek fundaría Artist´s Co-op, el grupo de amigos artistas con los que creó sus «Procesiones». y con el que quiso criticar el individualismo imperante entre sus coetáneos. Estas instalaciones son entendidas como obras corales en continuo proceso de creación, a veces inconclusas. «Son trabajos de duración limitada, que el grupo creaba expresamente para el espacio de exposición», señaló el comisario, Roland Groenenboom, durante la presentación de la muestra.
Dentro de este grupo, sobresale «Fishman», creada a partir del molde del cuerpo de Thek, y que, según Groenenboom, supone su renacimiento como artista en Europa. «Aquí encontró otro ambiente, que tenía que ver más con sus emociones y sus raíces católicas», explicó el comisario. Sin embargo, su personalidad contradictoria y difusa marcaría su obra.
Un recorrido por la exposición deja patente la ambigüedad de un hombre que vivió entre dos continentes y que, pese a manifestar abiertamente su homosexualidad, remarcó sus raíces católicas y manifestó su necesidad de casarse y tener un hijo. En 1976, quizá cansado de Europa, Thek volvería a su Nueva York natal, donde murió a los 55 años de sida. «Paul Thek es de los creadores que crecen con el paso del tiempo. Su trabajo es paradigma de muchas emergencias del arte actual -destacó el director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel-; no dejará a nadie indiferente».

