«El puritanismo es temer que alguien en algún lugar del mundo esté siendo feliz»
El escritor de origen británico, Salman Rushdie /EFE
Actualizado Lunes, 02-02-09 a las 11:59
Lleva sombrero blanco, gafas de sol graduadas, bebe una cerveza y tiene buen color en la cara, que le ha tomado en los pocos días que lleva en Cartagena de Indias (Colombia) como invitado estrella del Hay Festival. Sonríe como un niño malo.
—Sé que está harto, porque se sintió muy molesto cuando al llegar, encontró en el aeropuerto un gran despliegue policial, pero el 14 de febrero se cumplirán veinte años desde que Jomeini dictó su fatwa contra él y tengo que empezar por preguntarle por ella.
—La fatwa no me importa. Es sólo una vieja historia.
—Entonces hablemos de su nueva novela, «La encantadora de Florencia», que aparecerá dentro de unas semanas en España, publicada por Mondadori, donde vuelve a enfrentar Oriente con Occidente.
—Hasta el Renacimiento, Europa se había acercado muy poco a la India. Vasco de Gama, algunos otros exploradores, los portugueses de Goa… pero lo cierto es que casi nunca se habían adentrado hacia el norte del país. Por otra parte, ningún indio había ido a Europa. Y pensé que sería una buena idea crear un personaje indio en esa Italia de los príncipes. Me basé en algunos datos históricos, pero mi protagonista es una mujer que escapa de su confinamiento.
—Hay otros pares enfrentados en la novela, como la magia y el humanismo.
—La gente entonces creía más en la magia que en su fe (ya fuera el cristianismo o el islamismo): de hecho, el emperador Akbar puede discutir sobre religión pero en ningún caso puede poner en entredicho la magia. La magia era una parte importantísima de la vida, tanto en India como en Europa.
—Pero el humanismo tiene un papel importante.
—Sí, porque el emperador, como los pensadores europeos, se da cuenta de que no había sólo sirvientes, sino que todos éramos seres individuales. Ya entonces todo fluía entre extremos: por un lado el puritanismo, y ahí aparecen muchas voces críticas contra el emperador por dejar de lado la religión, y por otro el hombre libre. Es el punto de partida para el mundo moderno. El mismo debate que existe 400 años después… Dios, el hombre, la libertad.
—Un tercer par que destaca en la novela es la teoría del poder, encarnada por Maquiavelo, frente a la práctica del poder, encarnada por el emperador.
—Es curioso, pero en la autobiografía del primer emperador (abuelo del emperador de mi novela) hay frases que podrían ser de Maquiavelo… no se conocieron pero tuvieron la misma idea del poder. En mi novela está muy presente el tema de la moralidad y el poder. ¿Puede ser bueno un gobernante? ¿Cómo pasa del bien al mal? Los príncipes italianos comienzan con un deseo de hacer el bien pero pronto se ven conducidos al mal. Mi emperador tuvo un gran poder, a diferencia de Maquiavelo que no lo tuvo, pero siempre estuvo obsesionado por los mismos asuntos: ¿había una forma de, sin ser un déspota, aunque sin renunciar al gobierno, ser un buen gobernante? Lo cierto es que sueña con un poder ideal pero no puede ser otra cosa que un déspota.
—Presenta en la novela a una mujer bruja que no tiene mucho que ver con la imagen que solemos tener.
—Es curioso, pero en el Renacimiento se transformó la idea que se tenía sobre las brujas. Hasta entonces eran todas feas, pero de repente pasaron a ser bellas. Creo que fue producto de la búsqueda del paradigma en la antigüedad clásica. En el Orlando el furioso hay 12 brujas y las 12 son bellísimas. Mi protagonista combina la belleza con el poder oculto, pero tiene que moverse en ese camino con mucho cuidado… porque los gustos pueden volver a cambiar.
—Y tanto en Florencia como en India, hay en esa época una gran libertad sexual.
—En India, entonces, aparecen una gran cantidad de manuales de sexo, para ayudar a las personas a tener una vida más feliz. Y lo mismo sucedía en Florencia, una ciudad que pensamos llena de tranquilidad pero que vivía en plena locura: ¡cuando se entusiasmaban demasiado le pegaban fuego a algo!
—Me gustan mucho unas frases que incluyó en Pásate de la raya (Plaza & Janés): «Para demostrar que el fundamentalista se equivoca, tenemos que saber primero que se equivoca. Tenemos que estar de acuerdo en qué es lo que importa: besarse en público, los bocadillos de jamón, la divergencia de opiniones, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más justa de los recursos mundiales, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas». ¿Sigue estando de acuerdo?
—¡Por supuesto! El puritanismo es temer que alguien en algún lugar del mundo esté siendo feliz. La mejor respuesta al puritanismo es la felicidad. No tenemos, de ninguna manera, que convertirnos en el espejo de las personas que nos odian. Tenemos la obligación de ser felices.

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