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Domingo, 01-02-09
CON una ambigüedad perfectamente calculada, Rodríguez Zapatero deja caer de vez en cuando una supuesta duda sobre su continuidad como candidato a la presidencia del Gobierno al terminar la presente legislatura. La insinuación siempre discreta del líder provoca -como es natural- un inmediato cierre de filas en el aparato del partido, con evidentes matices entre la apología y la resignación, según el mayor o menor grado de proximidad al jefe. Por un procedimiento más o menos sutil, estamos muy posiblemente en presencia del viejo truco del dirigente que hace un amago de retirada para buscar el apoyo de los suyos en circunstancias difíciles. Rodríguez Zapatero sabe que la crisis económica pasa factura y que no se puede vivir siempre a base de lanzar cortinas de humo y promesas sin contenido o de tender trampas al adversario para aprovechar las debilidades ajenas. El presidente del Gobierno es un profesional de la política que conoce bien los entresijos de su partido y maneja con habilidad los circuitos internos. Su pésima trayectoria como gobernante y su escasa firmeza en el terreno de los principios tienen como contrapartida la capacidad para las tácticas y maniobras a corto plazo. No hay ningún motivo objetivo para dudar de que, después de algunos amagos de cara a la galería, será de nuevo candidato en 2012, si es que las graves circunstancias que vive la sociedad española no le obligan a un improbable adelanto electoral.
Contando con que la crisis no será eterna y con la ventaja que otorga el manejo de los resortes del poder, es muy probable que el actual presidente pueda competir con posibilidades para gobernar durante una tercera legislatura. Vistos los precedentes, las consecuencias serían muy perjudiciales para el interés general de España como nación, como estado y también como sociedad moderna y dinámica. Por eso resulta urgente que el PP supere los conflictos internos, muchas veces artificiales, para ponerse a trabajar en lo que les importa a los ciudadanos: una alternativa eficaz, construida sobre la suma de esfuerzos y a partir de una firmeza ideológica que debe ser perfectamente compatible con la habilidad estratégica. Al margen de las opciones electorales, la experiencia demuestra que cuando el liderazgo en el seno de un partido se prolonga más de lo conveniente, la organización queda resentida hasta el punto de que la situación desemboca en una etapa traumática. Lo saben muy bien en el PSOE, porque a partir de su tercera victoria en las urnas, Felipe González comenzó un proceso irreversible de decadencia. Líderes carismáticos como José María Aznar y Jordi Pujol marcaron intensamente la vida de sus formaciones respectivas, dejando tras de sí una herencia difícil de gestionar para los sucesores. Rodríguez Zapatero dista mucho de ser un personaje político de alto nivel, pero con el paso del tiempo su estilo de hacer política marca una pauta en el PSOE que -si se prolonga más allá de los ocho años- puede provocar unas grietas internas que tardarán mucho tiempo en recuperarse.
Cuanto más se deja querer para que su gente le aclame, más se percibe la fragilidad de un líder poco fiable que siempre busca una ventaja inmediata sin reparar en las consecuencias. Sin embargo, el hecho de que la maniobra sea burda y previsible, no impide que sea eficaz para los fines que persigue. Tal vez el presidente del Gobierno sabe que su aparente estado de gracia con los ciudadanos pertenece ya al pasado y, en este sentido, es muy significativa la incomodidad y la falta de sintonía con la gente que demostró en su reciente comparecencia en televisión. Aunque sea de forma artificial, necesita por ello reforzar el impulso político dentro de su propio partido. Por tanto, no son inocentes en modo alguno estas aparentes dudas sobre su candidatura futura. Si alguien quiere abandonar de verdad la política, una vez cumplido su plazo, nadie le impide hacerlo, como demuestra el ejemplo de Aznar. Lo demás, son juegos artificiales para ver si alguien pica en el anzuelo.
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