La machacona insistencia de José Luis Rodríguez Zapatero en que las 31.000 obras del fondo municipal habilitado por el Gobierno serán un bálsamo contra el paro choca con el tufillo a economía subsidiada y de corto vuelo que desprende la medida
Domingo, 01-02-09
Primero fueron las once mil vírgenes bíblicas, después los cien mil hijos de San Luis y ahora las treinta y una mil obras de Zapatero. Hay números pergeñados con vocación literaria o histórica, con un mayor o menor fundamento. Cuando el presidente del Gobierno había repetido ya por enésima vez la cifra mágica en el último «reality» de éxito («Tengo una pregunta para usted»), en aplicado cumplimiento de los principios «goebbelsianos» de reiteración de la propaganda, la cara de recelo y hastío de los ciudadanos que le interpelaban sólo era comparable a la endeblez del plan propiamente dicho, supuesto bálsamo para el desempleo. Puestos a convertir dígitos en citas de autoridad, la más aplastante es la de las 800.000 familias en «paro total», las que no ingresan ningún sueldo, dato del que se evade Zapatero, enfrascado en proclamas tan voluntaristas como huecas, resumibles en un único grito de guerra: ¡Todos al tajo! Y para que no quepa duda sobre quién auspicia ese oasis laboral de pico y pala urdido en Moncloa, las obras (en no pocas ocasiones meras chapucillas de zanja) deberán estar presididas por un cartel de dimensiones colosales (tres por cuatro metros, sobre patas de dos metros de altura) con la leyenda de patronazgo gubernamental «ad hoc».
El recuerdo del PER
Pero el invento huele levemente a PER, a aquel ya lejano «Plan de Empleo Rural» que en Andalucía y Extremadura, so pretexto de la realización de «peonadas» (jornadas de trabajo) a cambio de subsidios, rindió tantos servicios al felipismo. Cumplió su función de enmascarar una realidad económica átona y sombría, sirvió como sustento clientelar del PSOE en sus feudos y dio lugar a fraudes monumentales.
En este caso, los 8.000 millones destinados a los Ayuntamientos de toda España para «crear empleo» a través de la realización de obras públicas propuestas por los Consistorios puede ser vendido como parche (poroso), pero no como elemento dinamizador de la economía en crisis sin precedentes. Porque la receta es ilusoria: se supone que los parados empleados este año en esas obras (280.000) reactivarán su consumo (de productos nacionales por orden de Miguel Sebastián), verán la luz al final del túnel y dejarán sus pueblos como una patena.
Lo que no se sabe es qué ocurrirá el día siguiente, una vez acabada la obra de turno, porque, como ha tenido que reconocer el propio Gobierno, el fondo municipal sólo dará de sí para emplear durante siete meses al 10 por ciento de los parados. Mientras, las verdaderas fórmulas solventes, como la reactivación de los créditos a las pymes a través del ICO están ya puestas sobre el papel pero andan «atascadas» sobre el terreno. Así, esos pioneros y emprendedores a los que tanto espolea ahora Zapatero tropiezan con hechos tozudos: lo mucho que cuesta conseguir liquidez para poner en pie un negocio.
Como en el viejo PER, también en este plan se ha buscado el recurso a una Administración interpuesta (los ayuntamientos), a la que echar los perros por una eventual mala gestión o expectativas frustradas.Aunque, al menos, esos 8.000 millones gestionados por el Ministerio de Administraciones Públicas estarán sometidos a un control férreo que, en principio, no deja resquicio para los «pufos» de otras épocas. Como ha explicado la titular del Departamento, Elena Salgado, «las partidas estarán sometidas al control de la Intervención General del Estado».
Pádel, rugby y automodelismo
Pero, ¿en qué se concreta realmente el munífico fondo municipal que el gurú José Blanco ha calificado como «clave» para superar la crisis? Valgan como ilustración algunos de los proyectos ya concretados en una provincia cualquiera tomada al azar, en este caso la de Alicante; en Almudaina (127 habitantes), 100.000 euros se utilizarán para rehabilitar el lavadero público, en Torrevieja se construirán campos de fútbol y de rugby y zona deportiva de raquetas, en Alicante pistas de pádel con un coste de 160.000 euros y en Elche se destinará un millón de euros para la mejora de las piscinas municipales, otros 90.000 para un circuito de automodelismo y 98.400 más para ampliar las gradas del campo de rugby. Quizá el paro no se ataje a medio plazo, pero la nueva España cardiosaludable puede arrasar en los Juegos Olímpicos de Londres.
Todas las infraestructuras del «plan Z» (a su vez incluido dentro del «plan E»), son apenas una tirita para una brecha demasiado profunda, pero no han recibido críticas por lo que suponen en sí mismas (menos es nada y hay que salir al paso de una situación dramática), sino por el botafumeiro en que las envuelve Zapatero, que no acierta a ofrecer a los ciudadanos más solución que ésta, de tan corto vuelo. Mariano Rajoy ya ha calificado de «cachondeo» tan pobre estrategia contra el desempleo y ha denunciado que sólo en los cartelones anunciadores se despilfarrarán 30 millones. Un filón de ataque al Gobierno, el de los carteles, que casi hace descarrilar la gruesa e inadecuada intervención del alcalde de Salamanca, el popular Julián Lanzarote, quien bromeó con la posibilidad de contrarrestar esa propaganda con rótulos sobre las mujeres asesinadas en 2008 o sobre accidentes de aviación.
Última ocurrencia
Mientras, al Ejecutivo se le agotan las ideas, pero no las ocurrencias: el «think tank» gubernamental no desiste (para algo hay 77 flamantes asesores en Moncloa) y estos últimos días ha deparado nuevas aportaciones, como la última formulada por Zapatero, que ha animado a los jóvenes parados de la construcción a que «vuelvan a estudiar», en busca de ciudadanos sobradamente preparados que, de paso, no computen en las desoladoras estadísticas del INEM. No quiere un país de destripaterrones, pero fía el futuro de la octava potencia del mundo a abrir zanjas. Nada menos que 31.000.

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