
Cristina Fernández Cubas, Antonio Sarabia y Luis Fayad por la playa /HAY FESTIVAL
Actualizado Sábado, 31-01-09 a las 17:59
“En tiempos de crisis se venden más libros”, comenta Felix Romeo en la terraza del Hotel Charleston Santa Teresa, sorprende como aquí en la colombiana Cartagena de Indias (“la heroica”), la gente, agota los libros, que son carísimos tras cada una de las sesiones. Uno lo subrayó tras el encuentro con el ensayista español José Luis Pardo y su trabajo «Esto no es música» (Galaxia Gutemberg).
Todo ocurre en el Hay Festival que, bajo el patrocinio de Mapfre, tiene lugar estos días. Emociona la pasión que despiertan los autores, el cariño con que cada uno trata al libro recién comprado. Como si de un diamante se tratara. Así, la literatura se enreda por las viejas calles coloniales en una amalgama de palabras, idiomas, historias y relatos que recuperan el raro sabor de una memoria compartida.
Martín Amis, Cristina Fernández Cubas, Salman Rushdie, Carlos Monsivais, Luis Sepúlveda, John Snow, Junot Díaz, Eduardo Lago, José Luis que Pardo, Laura Restrepo, Fernando Vallejo, Jung Chang, entre tantos llegados de cualquier sitio, se cruzan por los claustros de conventos reconvertidos en auditorios, por los teatros habilitados para la conversación, por bibliotecas populares, plazas y estancias para describir el invisible territorio de las palabras.
Relato compartidoEn Cartagena los detalles se convierten en un relato compartido, y se narra al cobijo de las piedras que desde 1501 conforman el entramado de fortalezas y mansiones de una de las ciudades de América más espectaculares. Un hilo anónimo, una singular red de complicidades se dan cita frente al Atlántico, cerca del Castillo de San Felipe de Barajas –uno de los monumentos más deslumbrantes de la ingeniería y arquitectura militar que la Corona de España construyó en América- para rescatar del olvido la extraña sensación de que la literatura posee, en estos tiempos de penuria moral, una luminosa vía de ensueños, que se prolonga al atardecer por el gran cordón de muralla abalaustrada, que no sólo protege a la ciudad amurallada, sino a todos los que buscan en los cafés de la plaza de la Aduana las más increíbles leyendas de piratas míticos, amores desdichados, herencias traicionadas y máscaras de la memoria.
Nada como las crisis económicas para resaltar el alto valor de la imaginación literaria. Se habla de personajes históricos narrados como figuras de la ficción, de crítica a la crítica literaria, del presente sin futuro de un pasado latinoamericano, del malestar errante de la cultura de masas, del vallenato, del amazonas como mágica geografía del sueño, del John Updike, de lo digital y lo impreso, de la contemporaneidad del siglo de oro español, de la China del siglo XX y de la potente brevedad del aforismo. Un paraíso en la tierra que una vez vivió cien años de soledad, pero conservó la pasión de traspasar la realidad a través de la fuerza indeleble de las palabras. Los viajes conservan el poso de una transformación.
La literatura no es sino un viaje a través de las distintas memorias que se cruzan, como aquí en Cartagena se cruzan estos días, los escritores en un laberinto sin centro. El lenguaje es el más cabal instrumento para entender las cosas; la conversación, la metáfora sin fin de una voluntad por comprender lo que la imaginación de uno (el escritor) ha convertido en memoria de otros (los lectores). Aquí, los lectores se multiplican, se confunden entre los autores y componen un vívido paisaje de sombras, camino de cualquier calle.
Todo ocurre en el Hay Festival que, bajo el patrocinio de Mapfre, tiene lugar estos días. Emociona la pasión que despiertan los autores, el cariño con que cada uno trata al libro recién comprado. Como si de un diamante se tratara. Así, la literatura se enreda por las viejas calles coloniales en una amalgama de palabras, idiomas, historias y relatos que recuperan el raro sabor de una memoria compartida.
Martín Amis, Cristina Fernández Cubas, Salman Rushdie, Carlos Monsivais, Luis Sepúlveda, John Snow, Junot Díaz, Eduardo Lago, José Luis que Pardo, Laura Restrepo, Fernando Vallejo, Jung Chang, entre tantos llegados de cualquier sitio, se cruzan por los claustros de conventos reconvertidos en auditorios, por los teatros habilitados para la conversación, por bibliotecas populares, plazas y estancias para describir el invisible territorio de las palabras.
Relato compartidoEn Cartagena los detalles se convierten en un relato compartido, y se narra al cobijo de las piedras que desde 1501 conforman el entramado de fortalezas y mansiones de una de las ciudades de América más espectaculares. Un hilo anónimo, una singular red de complicidades se dan cita frente al Atlántico, cerca del Castillo de San Felipe de Barajas –uno de los monumentos más deslumbrantes de la ingeniería y arquitectura militar que la Corona de España construyó en América- para rescatar del olvido la extraña sensación de que la literatura posee, en estos tiempos de penuria moral, una luminosa vía de ensueños, que se prolonga al atardecer por el gran cordón de muralla abalaustrada, que no sólo protege a la ciudad amurallada, sino a todos los que buscan en los cafés de la plaza de la Aduana las más increíbles leyendas de piratas míticos, amores desdichados, herencias traicionadas y máscaras de la memoria.
Nada como las crisis económicas para resaltar el alto valor de la imaginación literaria. Se habla de personajes históricos narrados como figuras de la ficción, de crítica a la crítica literaria, del presente sin futuro de un pasado latinoamericano, del malestar errante de la cultura de masas, del vallenato, del amazonas como mágica geografía del sueño, del John Updike, de lo digital y lo impreso, de la contemporaneidad del siglo de oro español, de la China del siglo XX y de la potente brevedad del aforismo. Un paraíso en la tierra que una vez vivió cien años de soledad, pero conservó la pasión de traspasar la realidad a través de la fuerza indeleble de las palabras. Los viajes conservan el poso de una transformación.
La literatura no es sino un viaje a través de las distintas memorias que se cruzan, como aquí en Cartagena se cruzan estos días, los escritores en un laberinto sin centro. El lenguaje es el más cabal instrumento para entender las cosas; la conversación, la metáfora sin fin de una voluntad por comprender lo que la imaginación de uno (el escritor) ha convertido en memoria de otros (los lectores). Aquí, los lectores se multiplican, se confunden entre los autores y componen un vívido paisaje de sombras, camino de cualquier calle.

