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Jueves, 29-01-09
SERGI DORIA
BARCELONA. Lo iba a llamar «Postals de l´Havana» pero, tras un viaje a la isla del Coma-Andante, Teresa Amat bautizó su crónica como «Castracions». Con voluntad divulgativa y argumentario políticamente incorrecto, Amat deconstruye las hagiografías de la Revolución, tan habituales en la intelectualidad «progre» y la farándula de este país.
Del burdel de Estados Unidos a burdel para un turismo de medio pelo que persiguen jineteras y jineteros. Medio siglo de castrismo ha convertido una de las sociedades más avanzadas de Latinoamérica en un campo de concentración tropical. El hambre agudiza el ingenio y los cubanos, apunta Amat, «se las componen para poder conseguir una computadora, normalmente un PC recicladísimo obtenido en el mercado negro». El Régimen es un tiránico patrono que cobra en dólares y euros de sus empresas mixtas y paga salarios irrisorios en pesos cubanos a los trabajadores. La autora de «Castracions» (Proa) subraya la paradoja: «Curiosamente, el sistema que "sólo" pretendía universalizar el derecho a tener cubiertas las necesidades básicas resulta que ha universalizado la miseria».
Cotejando bibliografía y cibergrafía, Amat cuantifica y califica la siniestra estafa revolucionaria, jaleada por unos compañeros de viaje inasequibles al desaliento. Lo que se presentó como última utopía del siglo XX, tras el fiasco de la Revolución Soviética es puro totalitarismo, un germen ya latente en los orígenes del castrismo. La Cuba actual padece «castroenteritis aguda». Un pueblo rehén de los temibles Comités de Defensa de la Revolución, enganchado a consignas tan sobadas como su cartilla de racionamiento: «Que el gobierno te llegue a planificar la dieta debe ser muy revolucionario», ironiza Amat, «pero si además esta dieta es escasa, deficiente y malsana, lo más apropiado es calificarlo de criminal. Sobre todo, cuando se debe a la incapacidad y enrocamiento de posturas políticas irracionales que se pretenden enmascarar echando la culpa a enemigos imaginarios, algo que resulta además muy rentable».
La crónica incómoda de la autora catalana se cierra con unas semblanzas demoledoras de «compañeros de viaje» que mitificaron a Castro y al Che que fotografió Korda: de Sartre a García Márquez, pasando por Cortázar, Debray, el editor Barral o Vázquez Montalbán. Sus visiones del castrismo componen para Amat, «la foto fija de la utopía, el auténtico inmovilismo en estado puro».
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