Martes, 27-01-09
En el CAP se han mantenido los libros de hace años y las mismas programaciones, muchas desfasadas ya
El Curso de Adaptación Pedagógica (CAP) tiene los días contados. A partir del próximo curso, los titulados que quieran ejercer como profesores en Educación Secundaria (ESO, Bachillerato y FP) deberán realizar un Máster específico de un año de duración.
La obligación de cursar este Máster, que ha sido muy criticado, se deriva del nuevo diseño de la Universidad para adaptarla al Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). Consta de 60 créditos (un curso académico). Además se ofrecen 15 especialidades y 4 más para FP. Se exige también la acreditación del dominio de una lengua extranjera con el nivel B1.
POR M. MORENO
MADRID. «A los arbitristas y reformadores de oficio convendría advertirles: primero, que muchas cosas que están mal por fuera están bien por dentro; segundo, que lo contrario es también frecuente; tercero, que no basta mover para renovar; cuarto, que no basta renovar para mejorar...». Palabra de Antonio Machado. De la mano de esta sentencia del poeta de la Generación del 98 se abre una de las didácticas del Curso de Adaptación Pedagógica, el famoso CAP. Con el verbo machadiano, los directores de este des(concierto) académico invitan a los alumnos a la reflexión. Pero lo hacen con una partitura anticuada, con lo que el desarrollo de la obra resulta, por momentos, incoherente.
El CAP, la esperanza de muchos licenciados para encontrar las oposiciones que salven un futuro barnizado de negro por la crisis o el puente que los conduzca a un centro de Secundaria concertado o privado para impartir clases, es el mundo al revés. La Constitución Española proclama en el artículo 27 el derecho a la educación y el deber de que los centros docentes reúnan los requisitos que la ley establece. Desde el Ministerio de Educación divulgan una enseñanza de calidad y desde el Gobierno hablan de la modernidad y el futuro. Y hete ahí que la actual Ley Orgánica de Educación (LOE) es la única que no se estudia en el Curso de Adaptación Pedagógica. Los profesores que han impartido los seminarios, algunos de forma magistral y motivadora, son conscientes de ello, pero ¿tanto cuesta salvar este obstáculo?
Financiación
En la web del Ministerio de Educación se recuerda que la LOE instaura de manera definitiva un nuevo modelo educativo que llega a todas las etapas. «Y lo hace por primera vez con la financiación necesaria para dar respuesta a los nuevos retos del siglo XXI. Así, en 2008, el desarrollo de la LOE ha venido acompañado de cerca de 100 millones de euros para la puesta en marcha de programas concretos de mejora...». En ese sentido, para el CAP no se ha destinado ni un céntimo: se han mantenido los libros de hace años y las mismas programaciones, desfasadas ya.
En los tres «mamotretos» (así bautizan en los foros a los libros) que los alumnos deben memorizar se dedican amplios espacios al tema legislativo: «La Logse, la LOCE, que si esta ley o si la otra. Todas, menos la LOE. ¡Ésta es la formación de los futuros profesores!», critica un alumno. Salvo aquéllos que se han ocupado de conocer los aspectos más destacados de la normativa vigente por su propia cuenta, muchos ni siquiera saben en cuántas modalidades se estructura, por ejemplo, el Bachillerato. Eso sí, aquella Logse que hoy no vale para nada se la tendrán que saber de «pe» a «pa» para aprobar.
Los días previos al examen, celebrado el pasado 17 de enero, foros y móviles ardían: «Oye, ¿os sabéis ya todos los puntos de la Logse? Dicen que otros años han caído un montón de preguntas». Numerosos alumnos matriculados iban con su Logse bajo el brazo. Otros habían optado por la LOME (Ley Orgánica del Mínimo Esfuerzo) y por la NPTLC (No Perder el Tiempo con Leyes Caducas). Pero, claro, si docenas de páginas insisten sobre la Logse en el libro «Educación y Sistema Educativo», el más importante de la trilogía CAP según los profesores, ¿cómo arriesgarse a pasar por alto la ley?
La hora del examen
Llegó la hora H del día D. Miles de alumnos afrontaban un examen crucial en su carrera profesional. Lo hacían indignados, pues no conocían las condiciones de la prueba. Se sabía que eran cien preguntas tipo test, sesenta de la parte general y cuarenta de la didáctica específica (Lengua y Literatura, Matemáticas, Geografía e Historia, etcétera).
Los teléfonos del Instituto de Educación de la Universidad Complutense de Madrid echaban chispas los días previos al examen. Los interesados querían saber si las preguntas fallidas restaban. «Se les informará el día del examen», respondían los tutores ante la indignación de los matriculados. Y antes de la prueba se informó: «Cada respuesta errónea resta 0,25 puntos».
La Facultad de Económicas del campus complutense de Somosaguas era un hervidero de aspirantes a profesor. Maestros del futuro con leyes del pasado. Cien ítems aguardaban sobre la mesa de las decenas de aulas. Un centenar de preguntas con cuatro respuestas y una verdadera. Algunos iban «listos» para jugar a la lotería; otros repasaban (la legislación, por supuesto) minutos antes de la prueba. «Dejen sus bolsos y libros delante de la pizarra», indicó una profesora. La cuenta atrás comenzaba. Una hora y media para solventar la papeleta. Una cuestión, dos, tres... Noventa y ocho, noventa y nueve y cien. «Ozú», dijo una alumna andaluza cuando abandonó el aula. «¡Si en el examen «A» no ha caído ni una sola pregunta sobre las leyes después de tanto insistir en ellas!». «Ni en el «B»», espetó un compañero.
Inmenso caballo de batalla
Al final, primó el sentido común y no preguntaron sobre la caduca ley, pero sobre el ambiente flotaba una cuestión: ¿Por qué algunos profesores insistían en estudiar pormenorizadamente el libro? Después de tanto subrayar la necesidad de establecer criterios de evaluación, los responsables del CAP se saltaron la norma a la torera.
La opinión entre los centenares de alumnos era generalizada: la enseñanza, ese inmenso caballo de batalla en el que los políticos rara vez se ponen de acuerdo, necesita en muchos campos una renovación, adaptarse a los cambios que las leyes establecen, aunque éstas tengan grandes carencias. Si queremos que la savia nueva de España, el futuro de nuestro país, tenga el aprendizaje motivador y coherente que se busca, debe contar con los profesores más motivados, pero también mejor formados.
La cultura del silencio
A aquéllos que realmente aman la docencia y sueñan con dedicarse a ella les sobrecoge que su formación teórica penda de un deshilachado material. «Si el próximo año continúa el CAP y aún no entra en vigor el polémico Máster, que esperemos que no, deberían poner al día sus contenidos», señala una periodista matriculado en el CAP. Pero recuerden que, como esgrimió Machado, no basta con renovar.
Una máxima mayúscula reza en la trilogía estudiada: el rechazo a la educación bancaria y a la pedagogía del oprimido de Paulo Freire. Muchos son prisioneros de la cultura del silencio, pero otros que intentan velar por el futuro de nuestra enseñanza alzan la voz. Hay que saber leer la palabra, pero por encima de ello es necesario hacer una lectura del mundo educativo.

