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Domingo, 25-01-09
NO espere el lector de este artículo un panegírico al uso acerca del beatífico cuadragésimo cuarto -¡qué manía con utilizar los ordinales!- presidente de los EE.UU. que amaga con transformar en imperio del bien el que, caracterizado del mal, tan útil ha resultado a determinadas políticas occidentales (y no hablo de género, aunque también), que de las orientales no hace falta decir nada, sino de algo más profundo y, sobre todo, más cercano. Porque como probablemente Dios existe por mucho que lo vayan a poner en duda los traseros de los buses de la EMT y como a la mayoría esa existencia no nos hace en absoluto infelices sino todo lo contrario, mi amigo Rafael Trénor ya descubrió, siguiendo a los clásicos, que el propio mundo tiene alma y con paciencia y no poco tesón, ha dado en mostrárnosla.
Mientras la muy conocida Esfera Armilar, pensada a cuatro manos -pues se de buena tinta que las manos de Rafael piensan- con el malogrado Fernández Ordóñez duerme el sueño de los justos en los complejos presupuestos de la Generalitat, este valenciano de cuna tan noble como vocación universal, anda construyendo los vértices de esa alma cúbica que, inscrita en la esfera terrestre, terminará -porque la terminará- erigiéndose en la escultura monumental por excelencia, auténtica alianza de los elementos, las tierras y sus habitantes, para descrédito de otras más fútiles y ridículas que no pasan de pomposa consigna.
Antes de las Navidades regresaba de los fríos galpones abandonados en Puerto Español, allá por la argentina península de Mitre, a cuya vera y con el horizonte marítimo como nivel - herramienta imprescindible en su trabajo constructor- ha emergido con extraordinaria belleza el tercero de los vértices que ya han visto la luz y que, si Dios ayuda, «probablemente», encontrará en tierras gallegas un cuarto capaz de mostrar ese tetraedro mágico que de Durero a Román Jiménez ha ocupado tantas almas sensibles.
A su exquisito planetario en el que cada elemento se corresponde con el mármol que mejor lo representa de entre el extenso catálogo de Pietra Santa del que se nutre; a su propuesta para la tolerancia en los montes próximos a Salzburgo; al Axis Mundi que homenajea a la vez el español y a Cervantes; al apenas pergeñado Globo Celeste de Balansiya cuyo ancestro celosamente custodia Florencia, se suma esta representación pétrea y, si me lo permiten, arquitectónica, de los más hondos sentimientos. Consulten almadelmundo.com. Y disfrútenla como yo.
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