Actualizado Domingo, 25-01-09 a las 08:07
Sólo uno de cuarenta chicos afroamericanos acababa con éxito el colegio y podía ingresar en la Universidad, pero hoy en el «Urban Prep Charter Academy for Young Men» (www.urbanprep.org), instituto público para muchachos negros sin medios económicos situado al sur de Chicago y en el que se ingresa por sorteo, la cuota de éxito escolar hace que lo consiga prácticamente el 100% del alumnado. Un modelo que para Arne Duncan, responsable de la Educación norteamericana de esta era Obama que acaba de despegar, refuerza sus convicciones sobre las posibilidades muníficas de la educación diferenciada en la escuela pública, por la que tantos años lleva luchando.
Pero el apoyo explícito de Duncan en 2001 al proyecto del «Urban Prep», cuando era superintendente de los colegios públicos de Chicago, no habría servido de gran cosa si no hubiera contado con la voluntad decidida de unos padres, todos afroamericanos, que respaldaran sin reservas esta iniciativa para que el fracaso no arruinase la vida de sus hijos. El pasado lunes, veinticinco de estos chicos, y gracias a las donaciones privadas de las que se beneficia el centro escolar, iniciaban un largo viaje en autocar hasta Washington para asistir «al hecho histórico» -eso les hemos oído repetir en el vídeo de la web del instituto, en la que nos han ido dando cuenta de sus peripecias- de la ceremonia de inauguración presidencial del 44 mandatario de EE.UU. Desde esa página oficial se han hecho llamar los «little obamas» y nadie se ha atrevido a ponerlo en duda: su lema «creemos» no es sino el prefacio al «podemos» («yes we can») del primer presidente negro de la historia norteamericana. Y cada mañana, cuando entran uniformados al centro, repiten en voz alta «no vacilaremos ante ningún obstáculo que se interponga en nuestro camino; nunca sucumbiremos a la mediocridad, incertidumbre o miedo; nunca fracasaremos porque nunca nos rendiremos».
Cumplir las exigencias de la ley
Pero el caso del «Urban Prep de Chicago» no es una excepción. Otros centros que han llevado a sus aulas la educación diferenciada recogen réditos que jamás imaginaron. Así el «Septima Clark Public Charter School», de Washington DC, se ha convertido en la opción estratégica de aquellos padres que desean para sus hijos afroamericanos una educación capaz de garantizarles un futuro en igualdad de oportunidades con muchachos de raza blanca o nivel económico más elevado, y, en Baltimore, el colegio público masculino «Bluford Drew Jemison Science Technology Engineering Math Academy», cuyo alumnado pertenece en su totalidad a algún tipo de minoría, es actualmente uno de los tres únicos colegios de la ciudad que cumple los estándares académicos que marca la ley.
Y no sólo para los varones. También para las niñas de minorías socialmente desfavorecidas la formación en colegios diferenciados es determinante. El paradigma está en East Harlem, en la 106th Street de Nueva York, que desde que lo implantó en 1996, es un colegio que consigue tasas de éxito del 100% frente a la media del 42% de la ciudad de los rascacielos. Es más, a pesar de que el 90% de las alumnas proceden de familias sin estudios y que el 70% vive bajo el umbral de la pobreza, el acceso a la universidad es una realidad habitual entre las colegialas. Incluso el centro fomenta con todo tipo de ayudas (económicas, psicológicas, de guardería...) la escolarización de las madres solteras adolescentes. La Fundación Bill Gates y la periodista Oprah Winfrey, entre otros benefactores, colaboran en el sostenimiento de la «Young Women´s Lidership Academy» (www.ywlfoundation.org), gracias a lo que han podido abrir otros centros femeninos públicos en Bronx, Queens, Chicago, Philadelphia, Dallas y Austin. La propia Winfrey, en la ceremonia de graduación de 2001, dijo a las alumnas que iban a abandonar esta casa camino de la universidad: «Cuando oigo vuestras historias yo veo mi vida. Chicas, vosotras habéis demostrado que este otro tipo de educación puede ser». Un año después sería la entonces senadora Hillary Clinton quien aseveró ante un auditorio similar: «Esto demuestra que no debe haber ningún obstáculo para ofrecer educación «single-sex» en los colegios públicos».
Ahora todos estos casos han sido estudiados sobre el terreno por María Calvo, profesora de la Universidad Carlos III de Madrid y presidenta de EASSE-España (Asociación Europea de Centros de Educación Diferenciada), que además es autora, entre otros análisis, de «Iguales pero diferentes» y «Hombres y mujeres. Cerebro y educación» (ambos de editorial Almuzara). Precisamente, la investigadora apela a las demostradas científicamente diferencias cerebrales entre niños y niñas y su distinta forma de comportamiento y aprendizaje para defender la implantación de este modelo pedagógico en la escuela pública, tanto en EE.UU. como en España o en cualquier parte del mundo, aunque sabe que los prejuicios, que sin embargo no ampara la ciencia, no son pocos.
«Los últimos test cerebrales, que influyeron mucho en la decisión de Duncan, -apostilla la investigadora- también se llevaron al Senado, donde se planteó la situación alarmante del fracaso escolar. Y los americanos, en materia educativa, lo mismo que en cuestiones de política antiterrorista, se unieron como una piña, sin distinguir entre demócratas y republicanos. Exploraron otros caminos y entendieron que no atender a las diferencias sexuales era perder una oportunidad. Tenga en cuenta que estaban muy asustados, sobre todo por la grieta de los sexos, ya que, frente a un número importante de chicas que se graduaban, muchos chicos se quedaban atrás y los expedientes disciplinarios desbordaban los colegios, de manera que nueve de cada diez afectaban a varones. Entonces fue muy significativo el caso de un chico de 17 años, Doug Anglin, de Milton (Massachusetts) que en 2006 presentó una queja ante el Departamento de Educación por entender que su instituto, donde las niñas duplicaban a los niños en premio de estudios, violaba sus derechos civiles, discriminándole por el hecho de ser varón». Esto favoreció un cambio de legislación de manera que el 25 de octubre de 2006 se aprobó una norma que modificaba la rígida ley de 2001 con el fin de dotar a los distritos escolares de mayor libertad para llevar a cabo estos innovadores proyectos, cuyo coste estaban dispuestos a cubrir al 100% con recursos federales. A cambio, la Administración fijó metas de rendimiento y rigurosos criterios académicos obligando a que cada cinco años se pase un minucioso control «ex post» (National Assessment of Educational Progress), de tal manera que sólo se renueva la autorización si los resultados son positivos. Con esta esta nueva norma, cualquier centro público o que reciba financiación de la Administración, y que cumpla los requisitos, puede transformarse en un colegio de educación diferenciada u ofrecer ciertas clases para un solo sexo. La adscripción a este nuevo método siempre es voluntaria.
La profesora Calvo dice que resulta aleccionador, por ejemplo, el caso del «Thurgood Marshall Elementary School», de Seattle, que ya en 2001, y tras sólo un año de experiencia con clases «single-sex» (solo un sexo), «el porcentaje de chicos que logró los estándares académicos exigidos estatalmente pasó del 10 al 35% en matemáticas y del 10 al 53% en lectura y escritura». E insiste en que este concepto de colegio está muy lejos del modelo de gueto, «que hemos visto proliferar en España con la población emigrante y otras minorías, donde en vez de perseguir la excelencia académica trata de juntar a los que carecen de oportunidades con el único fin de que «estén» hasta los 16 años cuando vence el mandato de escolarización en España».
En España sólo para la elite
La investigadora, cuyo exhaustivo análisis de la situación norteamericana se puede consultar en www.easse.org, cree que el panorama norteamericano podría ayudar a ver la educación diferenciada con otros ojos en España, donde sólo está al alcance de un grupo de privilegiados que pueden costearla de forma privada. Y aún así sólo hasta la universidad.
Porque volviendo al modelo americano, no podemos olvidar que ese peso pesado del flamante Gobierno de Obama que es la secretaria de Estado Hillary Clinton se licenció en una universidad exclusivamente femenina, la de Wellesley, donde además empezó su carrera política como presidenta del senado de la Universidad, y donde dio el discurso de graduación. Allí también se forjaron mujeres como Mai Ling, que casada con Chang Kai Chek, cabeza de la modernidad democrática en China, tuvo un papel prominente en la política de su país; madame Nerhu, representante de las Naciones Unidas, o Madelein Albright. primera mujer secretaria de Estado en EE.UU. Y más de casa, las hijas de Emilio Botín, que también fueron alumnas del prestigioso college de Boston. A ninguna de ellas, que se sepa, la educación diferenciada por sexos la discapacitó o la dejó marcada por la discriminación.
Cuando una vez le pregunté a Elena Gascón, directora del Departamento de Español de Wellesley, si la mejor forma de lograr la igualdad con los hombres era luchar desde un campus aparte me dijo: «No, no, la igualdad no, aquí tratamos de conseguir la excelencia y de marcar la diferencia en el mundo. Es verdad que en una universidad mixta también se puede aprender que una mujer podrá ser lo que quiera, pero le aseguro que no con tanto convencimiento».

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